Violence is usually imagined as an explosion: the gunshot of a war, a physical assault, or the toll of a bloody crime. Central American history, however, shows that its deepest and most enduring mechanisms operate far more quietly.
At the closing session of the 17th Central American History Congress on July 24, distinguished Costa Rican historian Patricia Alvarenga delivered a keynote lecture that invited the audience to look at the present through the mirror of our past.
The occasion coincided with the 30th anniversary of the publication of her landmark book, Cultura y ética de la violencia. El Salvador 1880-1932, a work that transformed the way we understand how political and social power build consensus in the country.
To honor this historic contribution, the Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) presented, in issue No. 24 of the journal Tiempos de América published by Universitat Jaume I de Castellón, a dossier coordinated by Sajid Herrera, professor and director of UCA Editores, and enriched by scholars from the institution, extending Alvarenga’s theses to other key periods of Salvadoran history.
Alvarenga’s Legacy
When Patricia Alvarenga studied the period between 1880 and 1932, she discovered that state domination was not sustained solely through the use of repressive force. Power needed to construct an “ethics of violence”: a set of moral values, notions of order, hierarchy, and discipline in which certain sectors of the peasant and indigenous population themselves ended up participating, whether through appropriation, adaptation, or collaboration.
“Violence is not just repressive action; it is a normative horizon. It determines what is accepted and what is rejected in a society,” reflects the professor at the Universidad Nacional in Costa Rica, in a conversation with eldiariodehoy.com before the closing of the congress.
Three decades later, the contributions of this research remain relevant, because they teach that violence—in all its forms—does not disappear or vanish into thin air when a historical period ends; when its structural causes are not resolved, it simply mutates and changes its face.
The research presented by the UCA in the Latin American history journal Tiempos de América delves into this, drawing on Alvarenga’s theoretical framework to show how hegemonic powers have refined violence over time. Here we mention just three of those contributions:
1 The violence of the image (1948). David Rocha Cortez’s study analyzes how the military regime of President Óscar Osorio used official publications and images to define who was a “pure and productive” citizen (the soldier, the disciplined worker) in El Salvador. The subtle violence lay in erasure: leaving agrarian conflict, inequalities, and dissident bodies out of the frame in order to sell an illusion of progress and harmony.
2 Media and gender violence (1970s and 1980s). Drawing on the thought of Jesuit social psychologist Ignacio Martín-Baró, Nathaly Guzmán examines how mass-consumption telenovelas normalized machista aggression, hypersexualization, and family authoritarianism. Because these patterns went unquestioned, they were internalized in daily life as “natural” behaviors.
3 Violence as “political pedagogy” in the postwar period (1992-2025). Ivon Rivera Andrade’s work reveals that after the 1992 Peace Accords, state violence did not end but became a pedagogical strategy. Through security discourses, news reports, and official communications, the state molded a punitive subjectivity in the citizenry, teaching people to accept and desire harsh punishment as the only path to guaranteeing order.
Authoritarian Discourses and the Loss of Critical Thinking
It is worth underscoring that when reflecting on Central America’s current reality, one can feel the danger of naturalizing new expressions of violence that must be studied from the academy. For example, hate speech on social media, popular cultural expressions, music, and youth fiction that glorify the violent figure.
For the Costa Rican historian, it is indeed necessary to study these new expressions of violence, which may be the reflection of a social environment where authoritarianism is once again narrowing the margins of human freedom worldwide.
Likewise, regarding policies focused exclusively on mass incarceration as a solution to violence, Alvarenga maintains that punishment alone does not solve the root of the problem.
“It’s fine that prison exists for those who commit a crime, but violence is not eliminated by decree or by locking people up. It is resolved by building community coexistence, occupying public and private spaces for solidarity, and guaranteeing the conditions for a dignified life,” she noted.
Against a backdrop where punitive discourses and everyday aggressions threaten to become the norm, Patricia Alvarenga and the UCA scholars agree on a crucial point: the critical teaching of history is a powerful tool for protecting democracy.
Learning history is not just about memorizing dates or official narratives; it is about awakening in the classroom that “bug of doubt.” Knowing the past allows new generations to understand why we think the way we think and to prevent the collective imagination from being trimmed to fit by whichever power holds sway.
Alvarenga’s final warning at the close of the congress rang out as a wake-up call for all of Salvadoran society, for all of Central America, and for the world: “If we lose the capacity to think, we lose everything.”
El Diario de Hoy: https://www.eldiariodehoy.com/arte-y-cultura/violencia-historia-elsalvador-patricia-alvarenga-congreso/87220/2026/
Más allá de la represión: cómo la violencia moldea la historia y la moral en El Salvador
R. Mixco
La violencia suele imaginarse como un estallido: el disparo de una guerra, la agresión física o la cifra de un crimen sangriento. Sin embargo, la historia centroamericana demuestra que sus engranajes más profundos y duraderos operan de forma mucho más silenciosa.
En la jornada de clausura del XVII Congreso Centroamericano de Historia el pasado 24 de julio, la destacada historiadora costarricense Patricia Alvarenga ofreció una conferencia magistral que invitó a mirar el presente a través del espejo de nuestro pasado.
La cita coincidió con la conmemoración de los 30 años de la publicación de su libro emblemático, Cultura y ética de la violencia. El Salvador 1880-1932, una obra que transformó la forma de entender cómo el poder político y social construyen consensos en el país.
Para homenajear este aporte histórico, la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) presentó en la edición No. 24 de la revista Tiempos de América de la Universidad Jaume I de Castellón, un dossier coordinado por el catedrático y director de UCA Editores, Sajid Herrera, y enriquecido por académicos de la institución, que extiende las tesis de Alvarenga hacia otros periodos clave de la historia salvadoreña.
El legado de Alvarenga
Cuando Patricia Alvarenga investigó el periodo entre 1880 y 1932, descubrió que la dominación estatal no se sostuvo únicamente mediante el uso de la fuerza represiva. El poder necesitó construir una «ética de la violencia»: un conjunto de valores morales, nociones de orden, jerarquía y disciplina en los que ciertos sectores integrantes de la propia población campesina e indígena terminaron participando, ya fuera por apropiación, adaptación o colaboración.
«La violencia no es solo acción represiva; es un horizonte normativo. Determina qué se acepta y qué se rechaza en una sociedad», reflexiona la catedrática de la Universidad Nacional, en Costa Rica, en una conversación con eldiariodehoy.com previa a la clausura del congreso.
Tres décadas después, los aportes de esta investigación siguen vigentes, porque enseñan que la violencia -en todas sus manifestaciones- no desaparece ni se esfuma en el aire cuando concluye un periodo histórico; cuando sus causas estructurales no se resuelven, simplemente muta y cambia de rostro.
Las investigaciones presentadas por la UCA en la revista de historia de América Latina Tiempos de América ahonda en esto, retomando el marco teórico de Alvarenga para demostrar cómo los poderes hegemónicos han perfeccionado la violencia a lo largo del tiempo. Acá mencionamos solo tres de esos contenidos:
1 La violencia de la imagen (1948). El estudio de David Rocha Cortez analiza cómo el régimen militar del presidente Óscar Osorio utilizó publicaciones e imágenes oficiales para definir quién era un ciudadano «puro y productivo» (el soldado, el obrero disciplinado) en El Salvador. La violencia sutil radicó en la invisibilización: dejar fuera del encuadre el conflicto agrario, las desigualdades y los cuerpos disidentes para vender una ilusión de progreso y armonía.
2 La violencia mediática y de género (décadas de 1970 y 1980). A partir del pensamiento del psicólogo social jesuita Ignacio Martín-Baró, Nathaly Guzmán examina cómo las telenovelas de consumo masivo normalizaron la agresividad machista, la hipersexualización y el autoritarismo familiar. Al no cuestionarse estos patrones, se interiorizaron en la cotidianidad como conductas «naturales».
3 La violencia como «pedagogía política» en la posguerra (1992-2025). El trabajo de Ivon Rivera Andrade revela que, tras los Acuerdos de Paz de 1992, la violencia estatal no se extinguió, sino que se convirtió en una estrategia pedagógica. A través de discursos de seguridad, reportajes y comunicaciones oficiales, el Estado moldeó una subjetividad punitiva en la ciudadanía, enseñándole a aceptar y desear el castigo duro como el único camino para garantizar el orden.
Discursos autoritarios y pérdida del pensamiento crítico
Vale subrayar que al reflexionar sobre la realidad centroamericana actual, se puede palpar ese peligro de naturalizar nuevas expresiones de violencia que deben ser estudiadas desde la Academia. Por ejemplo, los discursos de odio en redes sociales, expresiones culturales populares, música y ficciones juveniles que glorifican la figura violenta.
Para la historiadora costarricense, sí es necesario estudiar estas nuevas expresiones de violencia, que podrían ser el reflejo de un entorno social donde el autoritarismo vuelve a estrechar los márgenes de la libertad humana a nivel mundial.
Asimismo, respecto a las políticas orientadas exclusivamente al encarcelamiento masivo como solución a la violencia, Alvarenga sostiene que el castigo por sí solo no resuelve la raíz del problema.
«Está bien que exista la cárcel para quien comete un delito, pero la violencia no se elimina por decreto ni llevando a la gente a la prisión. Se resuelve construyendo convivencia comunitaria, ocupando los espacios públicos y privados para la solidaridad, y garantizando condiciones para una vida digna», apuntó.
Frente a un panorama donde los discursos punitivistas y las agresiones cotidianas amenazan con volverse la norma, Patricia Alvarenga y los académicos de la UCA coinciden en un punto crucial: la enseñanza crítica de la Historia es una herramienta poderosa para proteger la democracia.
Aprender historia no consiste solamente en memorizar fechas ni relatos oficiales, sino en despertar en las aulas el «gusanito de la duda». Conocer el pasado permite a las nuevas generaciones comprender por qué pensamos como pensamos y evitar que el imaginario colectivo sea recortado por el poder de turno.
La advertencia final de Alvarenga en el cierre del congreso resonó como una llamada de atención para toda la sociedad salvadoreña, para toda Centroamérica y el mundo: «Si perdemos la capacidad de pensar, lo perdemos todo».
El Diario de Hoy: https://www.eldiariodehoy.com/arte-y-cultura/violencia-historia-elsalvador-patricia-alvarenga-congreso/87220/2026/
