El Salvador’s prompt and generous response to Venezuela is commendable. The rescue workers have been an example of dedication and sacrifice. The many tons of medicine, food, and assorted equipment sent are invaluable in a catastrophe of the magnitude devastating Venezuela. In this way, El Salvador joined its efforts with those of other Latin American and European countries. Unfortunately, human pettiness, always present, tarnished the generosity of the 300 members of the Salvadoran contingent and the altruism of the humanitarian aid.
The solidarity has not been selfless. Setting aside the motivations of the Venezuelan circle surrounding the ruling family, the Salvadoran intervention could not avoid a spectacle that, given the circumstances, was grotesque. Presidential House exploited the catastrophe to exalt nationalism in a rather graceless manner—that is, Bukele. Using misfortune to aggrandize a political figure is repugnant.
The first member of the contingent to step off the plane came down wrapped in the national flag. One of the people pulled alive from the rubble was also wrapped in the flag, even before receiving first aid. Members of the contingent display it ostentatiously. The emphasis falls not on the Salvadoran people, but on Bukele, projected as the hero of the mission.
For days, his X account has followed the rescue workers’ efforts in the first-person plural. Thus, he speaks of “we,” “we hear,” “we follow,” “we deliver”… as if Bukele himself were directing the contingent’s activities on the ground. The omnipresent camera gave him access to the rescue operations, from the first contact with the trapped person to their release. He even celebrated the discovery of a pet. All of this without forgetting to invoke the name of God at every step.
It is impossible to avoid comparing the presidential X account’s interest in the progress of the rescue and humanitarian efforts—including psychological care and attention to minors—with its complete lack of interest in the fate of Salvadorans affected by the recent rains, and in that of the destitute, who number in the tens of thousands.
It is incomprehensible to send Venezuelans food, drinking water, medical personnel, psychologists, early-childhood programs, and even veterinarians “for affected animals,” when hundreds of Salvadoran communities lack all of these things. They survive in scarcity and misery, in need of everything, including medical and psychological care. Their young children, victims of malnutrition, abuse, and neglect, also demand special care, recreational activities, safe spaces, and education. All of this “without thinking about time, without thinking about conditions.”
Generosity toward Venezuela is an affront by comparison for the desperate Salvadoran masses. Their anguish and suffering leave Bukele’s X account indifferent. Presidential House does not share with Venezuelans from the nation’s poverty, but from a largesse it denies to Salvadorans. The reason for this duplicity is propaganda. The country’s destitute are not advertising material. Rather, they are a nuisance to a regime whose calling card is the creation of a wonderful country. The Venezuelan disaster victims, by contrast, offer a unique opportunity to showcase Bukele’s generosity and compassion. Earthquake-ravaged Venezuela is a window open to the world from which a humane, magnanimous, and sensitive leader is projected.
If in Venezuela “every life saved represents an enormous hope,” here, the discarded are nothing new. They have always been there as a constitutive element of the national reality. Their bothersome and disturbing presence is unavoidable. That is why “the new El Salvador” hides them behind luminous megastructures. “The new El Salvador” is not for everyone.
The assistance generously provided to Venezuela is not reprehensible; on the contrary, it should be appreciated and acknowledged, but in its proper measure. It is ignoble to manipulate their tragedy to serve selfish interests. It is unjust to give to others what is denied to one’s own people in order to project a compassionate image in a context that resists accepting Bukele’s model. Tragedy invites solidarity, sharing from one’s own poverty and in a selfless manner. The Salvadoran people have shown this in countless calamities.
Popular wisdom holds a maxim to judge interventions like that of Bukele’s model. It condemns them, judging them a lantern in the street and darkness at home. Consistency demands being a light both inside and out. And there is much to illuminate in the inner workings of a regime that operates in darkness.
The gospel of the reign of God teaches those who invoke it that the left hand must not know what the right hand is doing (Mt 6:3). Good works must be performed with discretion and humility, avoiding the search for public recognition and approval. Good must be done selflessly, without seeking praise or rewards. The God of Jesus condemns pettiness and exhibitionism.
Rodolfo Cardenal Director Centro Monseñor Romero Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) San Salvador, El Salvador
El Diario de Hoy: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/venezuela-solidaridad-y-mezquindad/84946/2026/
Venezuela: solidaridad y mezquindad
Rodolfo Cardenal
La respuesta pronta y generosa de El Salvador a Venezuela es encomiable. Los rescatistas han sido un ejemplo de entrega y sacrificio. Las muchas toneladas de medicamentos, de alimentos y de equipos varios enviados son inapreciables en una catástrofe de gran envergadura como la que asuela a Venezuela. De esa manera, El Salvador sumó sus esfuerzos a los de otros países latinoamericanos y europeos. Lamentablemente, la pequeñez humana, siempre presente, enturbió la generosidad de los 300 integrantes del contingente salvadoreño y el altruismo de la ayuda humanitaria.
La solidaridad no ha sido desinteresada. Dejando de lado las motivaciones del círculo venezolano que rodea a la familia gobernante, la intervención salvadoreña no ha podido evitar el espectáculo, grotesco, dadas las circunstancias. Casa Presidencial instrumentalizó la catástrofe para exaltar de manera poco elegante el nacionalismo, es decir, a Bukele. Utilizar la desgracia para engrandecer una figura política es repugnante.
El primer miembro del contingente que descendió del avión bajó arrebujado en la bandera nacional. A una de las personas rescatadas con vida de entre los escombros también la envolvieron en la bandera, aun antes de prestarle los primeros auxilios. Los miembros del contingente la exhiben ostentosamente. El énfasis no recae en el pueblo salvadoreño, sino en Bukele, proyectado como el héroe de la misión.
Durante días, su X ha dado seguimiento a las labores de los rescatistas en segunda persona del plural. Así, habla de nosotros, escuchamos, seguimos, entregamos… como si él mismo Bukele dirigiera in situ las actividades del contingente. La cámara omnipresente le dio acceso a las operaciones de rescate, desde el primer contacto con la persona atrapada hasta su liberación. Incluso celebró el hallazgo de una mascota. Todo ello sin olvidar invocar el nombre de Dios a cada paso.
Es imposible evitar comparar el interés de la X presidencial en el desarrollo de las labores de rescate y de asistencia humanitaria, incluida la psicológica y la atención a los menores, con su total desinterés en la suerte de los damnificados salvadoreños por las recientes lluvias y en la de los desventurados, que se cuentan por decenas de miles.
Es incomprensible enviar a los venezolanos alimentos, agua potable, personal sanitario, psicólogos, programas para la primera infancia, incluso veterinarios “para animales afectados”, cuando centenares de comunidades salvadoreñas carecen de ello. Sobreviven en la escasez y la desdicha, necesitadas de todo, de cuidados médicos y psicológicos. Sus hijos menores, víctimas de la desnutrición, el maltrato y el abandono también demandan cuidados especiales, actividades recreativas, espacios seguros y educación. Todo ello “sin pensar en el tiempo, sin pensar en condiciones”.
La generosidad con Venezuela es agravio comparativo para las multitudes salvadoreñas desesperadas. Sus angustias y sufrimientos dejan indiferentes a la X de Bukele. Casa Presidencial no comparte con los venezolanos desde la pobreza nacional, sino desde una liberalidad que niega a los salvadoreños. La razón de esta doblez es la propaganda. Los indigentes nacionales no son material publicitario. Más bien estorban a un régimen que cuya carta de presentación es la creación de país maravilloso. Los damnificados venezolanos, en cambio, ofrecen una oportunidad única para exhibir la generosidad y la compasión de Bukele. La Venezuela terremoteada es una ventana abierta al mundo desde la cual se proyecta un mandatario humano, magnánimo y sensible.
Si en Venezuela, “cada vida salvada representa una enorme esperanza”, aquí, los descartados no son novedad. Siempre han estado ahí como elemento constitutivo de la realidad nacional. Su presencia molesta y perturbadora, es inevitable. Por eso, “el nuevo El Salvador” los oculta detrás de mega estructuras luminosas. “El nuevo El Salvador” no es para todos.
La asistencia generosamente prestada a Venezuela no es reprochable, al contrario, debe ser apreciada y agradecida, pero en su justa medida. Es innoble manipular su tragedia para servir intereses egoístas. Es injusto dar a otros lo que se niega a los propios para proyectar una imagen compasiva en un medio que se resiste a aceptar el modelo de Bukele. La tragedia invita a la solidaridad, a compartir desde la propia pobreza y de manera desinteresada. El pueblo salvadoreño ha dado muestras de ello en incontables calamidades.
La sabiduría popular atesora una máxima para calificar intervenciones como la del modelo de Bukele. La reprueba por juzgarla candil de la calle y oscuridad de su casa. La coherencia pide ser luz dentro y fuera. Y mucho hay que iluminar en las interioridades de un régimen que se desenvuelve en las tinieblas.
El evangelio del reinado de Dios enseña a quienes lo invocan que la mano izquierda no debe saber lo que hace la derecha (Mt 6,3). Las buenas obras deben ser realizadas con discreción y humildad, evitando buscar el reconocimiento y la aprobación públicas. El bien debe hacerse de manera desinteresada, sin buscar elogios o recompensas. El Dios de Jesús reprueba a mezquindad y el exhibicionismo.
Rodolfo Cardenal Director Centro Monseñor Romero Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) San Salvador, El Salvador
El Diario de Hoy: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/venezuela-solidaridad-y-mezquindad/84946/2026/

