The roar of helicopter blades tore through the leaden sky over Chalatenango between May 27 and June 9, 1982. These were not rescue missions; they were Salvadoran army helicopters descending near the Sumpul and Gualsinga rivers to carry out the military operation “Limpieza,” known among surviving families as the “Guinda de Mayo.”
As peasant communities fled in terror through the brush to save their lives, a state and military machine was set in motion with a purpose as silent as it was chilling: to separate children from their parents through terror, death, and uprooting.
In total, 55 boys and girls vanished in the whirlwind of that military offensive. Forty-four years later, Margarita Zamora, an investigator with Asociación Pro-Búsqueda, reveals in an exclusive interview with Infobae the details of one of the most macabre practices of the Salvadoran civil war: a systematic modus operandi designed for the trafficking of minors, camouflaged under the guise of humanitarian aid.
“The army’s practice was to murder the parents and take the children. That way, there was no one left to claim them,” Zamora explains with a painful composure. The families’ disarray during the flight made capture easy. Exhausted mothers dragging two or three children, carrying babies in their arms while dodging bursts of rifle fire, were left completely vulnerable.
After executing the parents on the ground, military units transported the survivors by helicopter to areas like La Sierpe or Victoria, in Cabañas.
The military horror immediately gave way to civilian bureaucracy. The children were handed over to the Red Cross, volunteer women, and local orphanages under false records declaring “total moral and material abandonment.”
Their identities were erased, and they were labeled as lost orphans. “They were never lost,” the investigator emphasizes. “They weren’t out for a stroll; they were guindeando, running to save their lives.”
Behind the institutional language of “salvation” operated a clandestine network of local lawyers and senior military commanders, as referenced in historical reports of interviews with members of the General Staff at the time, who turned the tragedy into a multimillion-dollar business.
International adoption procedures were priced between $5,000 and $15,000 per child. Lawyers with established commercial routes distributed them around the world:
Foreign couples paid the sum believing they were helping destitute orphans, unaware that the blood of the biological parents still stained the original files.
27 boys, 27 girls, and the unknown child in the womb
The breakdown of the Guinda de Mayo victims, recently compiled by Pro-Búsqueda, reconstructs the broken identities of the operation.
The exact number of disappeared children consists of 27 boys and 27 girls. The last case is the most disturbing: a baby whose sex remains unknown because the army captured the pregnant mother mid-flight, and all traces of both have been lost to this day.
All of them were between zero and ten years old when they were taken. Of the 55 cases documented in this operation, Pro-Búsqueda has managed to resolve 31; 17 have already experienced the “postponed embrace,” reuniting alive with their family roots.
However, 13 have been found dead; the investigation confirmed they were executed en masse in a single location annihilated by the troops, though a lack of judicial will has allowed for the exhumation of only six.
Case number 31 represents a paradox of trauma: a young man located in France, whose biological identity was confirmed through DNA testing, but who has so far decided not to reunite with his biological family.
The wall of the state and the biological clock
Twenty-four names still float in absolute uncertainty in Chalatenango. Among them are the files of sisters Erlinda and Ernestina Serrano Cruz, a landmark case with an international ruling that compels the Salvadoran state to investigate their whereabouts and punish the individuals responsible for the massacre. Yet impunity remains unbroken.
“The main obstacle continues to be the state’s refusal to open the military archives. The officers who participated in these massacres hold the information; these events are not erased from memory. There is a lack of political will to give us the truth,” Zamora denounces.
The victims’ parents grow old and die empty-handed. In response, Pro-Búsqueda safeguards a genetic profile bank created thanks to the pioneering drive of Father Jon de Cortina (R.I.P.) and Dr. Cristian Orrego.
Even if the biological parents die, their genetic codes remain ready to be cross-referenced against the DNA of any adult in the world who today, now over 40 years old, doubts their origins and suspects they were a baby taken from El Salvador’s war.
The search does not stop. It is a belated but steadfast attempt to write the lines of a blank page for dozens of stolen identities who still do not know that, in a corner of El Salvador, a destroyed root has never stopped waiting for them.
Padres ejecutados, hijos raptados: la desaparición forzada de más de 50 niños salvadoreños en la “Guinda de Mayo”
Por Elizabeth Minero
El estruendo de las hélices rasgaba el cielo plomizo de Chalatenango entre el 27 de mayo y el 9 de junio de 1982. No eran misiones de rescate; eran los helicópteros del ejército salvadoreño que descendían en las inmediaciones de los ríos Sumpul y Gualsinga para ejecutar el operativo militar “Limpieza”, conocido entre las familias sobrevivientes como la “Guinda de Mayo”.
Mientras las comunidades campesinas huían despavoridas entre la maleza para salvaguardar la vida, un engranaje estatal y militar se activaba con un propósito tan silencioso como estremecedor: separar a los hijos de sus padres mediante el terror, la muerte y el desarraigo.
En total, 55 niños y niñas se desvanecieron en el torbellino de aquella ofensiva bélica. 44 años después, Margarita Zamora, especialista en investigación de la Asociación Pro-Búsqueda, revela en entrevista exclusiva con Infobae los detalles de una de las prácticas más macabras del conflicto armado salvadoreño: un modus operandi sistemático diseñado para el tráfico humano de menores, camuflado bajo el ropaje del auxilio humanitario.
“La práctica del ejército era asesinar a los padres y llevarse a los niños. De esa manera, no había nadie que los reclamara”, explica Zamora con una serenidad dolorosa. El desparpajo de las familias en la huida facilitaba la captura. Madres exhaustas que arrastraban a dos o tres infantes, cargando bebés en brazos mientras esquivaban las ráfagas de fusilería, se ponían en total vulnerabilidad.
Al ejecutar a los progenitores en el terreno, las guarniciones militares transportaban a los sobrevivientes en helicópteros hacia sectores como La Sierpe o Victoria, en Cabañas.
El horror militar daba paso inmediato a la burocracia civil. Los niños eran entregados a la Cruz Roja, a damas voluntarias y a orfanatos locales bajo actas falsas que declaraban un “abandono moral y material total”.
Se borraba su identidad y se catalogaban como huérfanos extraviados. “En ningún momento fueron extraviados”, enfatiza la investigadora. “Ellos no andaban paseando; andaban guindeando, corriendo para salvar sus vidas”.
Detrás del discurso institucional de “salvación” operaba una red clandestina integrada por abogados locales y altos mandos castrenses mencionando reportes históricos de entrevistas a miembros del Estado Mayor de la época que convirtieron el drama en un negocio millonario.
Los trámites de adopción internacional se cotizaban entre los 5,000 y 15,000 dólares por niño. Abogados con rutas comerciales ya establecidas los distribuyeron por el mundo:
Parejas extranjeras pagaban la cifra creyendo que auxiliaban a huérfanos desamparados, desconociendo que la sangre de los padres biológicos aún manchaba los expedientes de origen.
27 niños, 27 niñas y la incógnita del vientre
El desglose de las víctimas de la Guinda de Mayo, sistematizado recientemente por Pro-Búsqueda, reconstruye las identidades rotas del operativo.
La cifra exacta de infantes desaparecidos la componen 27 niños y 27 niñas. El último caso es el más perturbador: un bebé cuyo sexo se desconoce porque el ejército capturó a su madre embarazada en plena fuga, perdiéndose el rastro de ambos hasta el día de hoy.
Las edades de todos ellos oscilaban entre los cero y los diez años, al momento de ser arrebatados. De los 55 casos documentados en este operativo, Pro-Búsqueda ha logrado resolver 31 casos; 17 ya experimentaron el “abrazo postergado” al reencontrarse vivos con sus raíces familiares.
Sin embargo, 13 han sido localizados fallecidos; la investigación confirmó que fueron ejecutados de forma masiva en un solo lugar aniquilado por las tropas, aunque la falta de voluntad judicial solo ha permitido la exhumación de seis de ellos.
El caso número 31 constituye una paradoja del trauma: un joven localizado en Francia, cuya identidad biológica fue confirmada mediante pruebas de ADN, pero de momento ha decido no reencontrarse con su familia biológica.
La pared del estado y el reloj biológico
Aún quedan 24 nombres flotando en la incertidumbre absoluta de Chalatenango. Entre ellos se encuentran los expedientes de las hermanas Erlinda y Ernestina Serrano Cruz, un caso paradigmático con sentencia internacional que obliga al Estado salvadoreño a investigar el paradero y castigar a los responsables individuales de la masacre. Sin embargo, la impunidad se mantiene incólume.
“El principal obstáculo sigue siendo la negación del Estado a abrir los archivos militares. Los oficiales que participaron en estas masacres tienen la información; estos hechos no se borran de la memoria. Falta voluntad política para darnos la verdad”, denuncia Zamora.
Los padres de las víctimas envejecen y mueren con las manos vacías. Ante esto, Pro-Búsqueda resguarda un banco de perfiles genéticos diseñado gracias al impulso pionero del padre Jon de Cortina (Q.E.P.D.) y el doctor Cristian Orrego.
Aunque los padres biológicos mueran, sus códigos genéticos permanecen listos para cotejar el ADN de cualquier adulto en el mundo que hoy, superando los 40 años, dude de su procedencia y sospeche haber sido un bebé extraído de la guerra salvadoreña.
La búsqueda no cesa. Es el intento tardío pero firme de escribir las líneas de una página en blanco para decenas de identidades robadas que aún ignoran que, en un rincón de El Salvador, hay una raíz destruida que jamás dejó de esperarlos.
