Organizing from exile — what for? — Organizarnos desde el exilio, ¿para qué?

May 30, 2026

Organizing from exile — what for?
I was forced out of El Salvador in 2021. I promised myself I would leave activism behind. Four years later, I understand that promise was impossible — and why it matters that it was. — Salí forzada de El Salvador en 2021. Me prometí dejar el activismo. Cuatro años después, entiendo que esa promesa era imposible —y por qué es importante que así sea.

I left El Salvador in August 2021 without saying goodbye to anyone. Without saying goodbye to my family, or to my dogs who stayed behind staring at the door. Without hugging the friends who truly know me. I left behind my career as a lawyer, my years of activism for women’s rights, the life I had built. I left because there was no alternative. And I left afraid.

I had no idea of the challenges that awaited me, especially as a woman, a Central American, a migrant, and a mother.

During those weeks, I walked long distances in southern Mexico holding my daughter’s hand, boarding buses and shared taxis without really knowing where they were going, feeling like a nobody. Both of us. In those days, as the world became a hostile place for us, I made myself a promise: when this is over, I will never be an activist again. I will never fight for human rights again. I felt guilty for taking the risk, for dragging her into this. For thinking that calling out the corruption of Bukele’s government would have no consequences.

I couldn’t keep that promise.

More than four years have passed since then, and life shoved me back onto the path of defending human rights. Mexico, which at first was just the place where we landed, became something like an opportunity. First came the interviews, the chance to tell what had happened, why I had to flee El Salvador. Then the work as a defender came back, putting me face to face with other exiled people — not just Salvadorans, but Central Americans — with stories that touched me in ways I didn’t expect. Women who got out after years of unjust imprisonment. Women who left children behind. Women who had defended the truth in their countries and paid a price for it that no one should ever have to pay.

This experience challenges my conscience as a human rights defender, as an activist for democracy — a democracy now completely undermined by Nayib Bukele’s dictatorship. I understood that exile is not just a parenthesis in someone’s life; it is a condition. And that condition must be embraced and transformed into something more.

Then came the news of Ruth López’s arrest.

Ruth is a lawyer, a human rights defender, and one of the clearest voices El Salvador has had against the corruption of the Salvadoran government. Her unjust arrest was no surprise to those of us who know how the regime operates, but it was still a blow. The kind of blow that wakes you from any comfortable numbness. And it was the trigger for something that was already brewing among us — Salvadorans in exile — in cautious conversations, slowly overcoming the distrust that fear sows among people who have learned to be wary of everything.

And we organized. We realized that since June 2025 we are a community, part of the Central American political diaspora. That is how the Salvadoran Exile Roundtable in Mexico was born. A collective without hierarchies, without political parties, operating from the conviction that the margin of freedom exile gives us — a privilege we didn’t ask for but have — must be used to do something real.

But what does it mean to do “something real” from the outside?

It means supporting those inside El Salvador who continue to stand with the fight for the release of political prisoners like Ruth López, Enrique Anaya, Fidel Zavala, and many more; the victims of the state of exception, in effect for four years now, with thousands of innocent people detained, documented cases of torture, deaths in prison; those fighting for the right to health care, denouncing the lack of medicine, the mass firing of health workers; those still defending what is left of the El Espino forest.

It also means raising our voices internationally about what the Bukele government has built: not the security miracle its propaganda machine sells, which has millions of people fooled and mesmerized, but a system of control that has dismantled democratic institutions, guaranteed his unconstitutional reelection, and turned fear into state policy.

It means building dignified reception networks for the Salvadorans who will keep arriving — because they will keep arriving — so they know they are not alone and always keep in mind, as Ruth López said: “this will pass one day.”

I write this also as an invitation. To other collectives of Salvadorans in exile, wherever you are: let’s connect. Let’s share what we know. Let’s break the isolation the regime wants us to feel. El Salvador needs us clear-eyed, organized, and alive to help build a new democracy. For the day we can return. And that day will come.

Because all of this will pass.

Salvadoran lawyer and human rights defender. Specialist in criminal litigation. In exile in Mexico since September 2021. She currently works in a protection program for human rights defenders from Central America. She is the founder of the Salvadoran Exile Roundtable.

FocosTV: https://focostv.com/la-promesa-que-no-pude-cumplir-exilio/

Organizarnos desde el exilio, ¿para qué?

Por Bertha María Deleón

Salí de El Salvador en agosto de 2021 sin despedirme de nadie. Sin decir adiós a mi familia, a mis perros que se quedaron mirando la puerta. Sin abrazar a las amigas que me conocen de verdad. Dejé atrás mi carrera de abogada, mis años de activismo por los derechos de las mujeres, la vida que había construido. Salí porque no había alternativa. Y salí con miedo.

No tenía idea de los desafíos que me esperaban, sobre todo por mi condición de mujer, centroamericana, migrante y madre.

Durante esas semanas, caminaba largas distancias al sur de México con mi hija de la mano, abordando camiones y taxis colectivos sin saber bien adónde iban, sintiéndome nadie. Las dos. En esos días, mientras el mundo se volvía un lugar hostil para nosotras, me hice una promesa: cuando esto termine, no vuelvo a ser activista. No vuelvo a luchar por los derechos humanos. Me sentía culpable de asumir el riesgo, de haberla metido en esto. De haber pensado que señalar la corrupción del gobierno de Bukele no tendría consecuencias.

Esa promesa no la pude cumplir.

Han pasado más de cuatro años desde entonces, y la vida me llevó, a empujones, al camino de la defensa de los derechos humanos. México, que al principio fue solo el lugar donde llegamos, se convirtió en algo parecido a una oportunidad. Primero vinieron las entrevistas, la posibilidad de contar lo que había pasado, por qué tuve que huir de El Salvador. Luego, vino de vuelta el trabajo como defensora, que me fue poniendo enfrente a otras personas exiliadas –no solo salvadoreñas, sino centroamericanas– con historias que me tocaron de maneras que no esperaba. Mujeres que salieron después de años de cárcel injusta. Mujeres que dejaron hijos e hijas atrás. Mujeres que habían defendido la verdad en sus países y pagaron por ello un precio que ninguna debería pagar.

Esta experiencia interpela mi conciencia como defensora de derechos humanos, como activista de la democracia, hoy totalmente socavada con la dictadura de Nayib Bukele. Entendí que el exilio no es solo un paréntesis en la vida de alguien, es una condición. Y que esa condición debe asumirse y transformarse en algo más.

Entonces llegó la noticia sobre la captura de Ruth López.

Ruth es abogada, defensora de derechos humanos y una de las voces más claras que El Salvador ha tenido contra la corrupción del gobierno salvadoreño. Su captura injusta no fue una sorpresa para quienes conocemos cómo opera el régimen, pero sí fue un golpe. El tipo de golpe que te despierta de cualquier adormecimiento cómodo. Y fue el detonador de algo que ya se estaba incubando entre nosotros –salvadoreñas y salvadoreños en el exilio— en conversaciones cautelosas, venciendo poco a poco la desconfianza que el miedo siembra entre personas que han aprendido a cuidarse de todo.

Y nos organizamos. Tomamos conciencia que desde junio de 2025 somos una comunidad, parte de la diáspora política centroamericana. Así nació la Mesa del Exilio Salvadoreño en México. Un colectivo sin jerarquías, sin partidos políticos, y que opera desde la convicción de que el margen de libertad que el exilio nos da –y que es un privilegio que no pedimos pero que tenemos– tiene que usarse para hacer algo real.

¿Pero qué significa hacer “algo real” desde fuera?

Significa apoyar a quienes dentro de El Salvador siguen acompañando la lucha por la liberación de presos políticos como Ruth López, Enrique Anaya, Fidel Zavala y muchos más; a las víctimas del Régimen de Excepción, vigente desde hace cuatro años, con miles de personas inocentes detenidas, casos documentados de tortura, muertes en prisión; a quienes están luchando por el derecho a la salud, denunciando la falta de medicamentos, despidos masivos de personas trabajadoras de salud; a quienes siguen defendiendo lo que queda del bosque El Espino.

Significa además alzar la voz internacionalmente sobre lo que el gobierno de los Bukele ha construido: no el milagro de seguridad que vende su maquinaria de propaganda y tiene a millones de personas engañadas, fascinadas; sino un sistema de control que ha desmontado la institucionalidad democrática, ha garantizado su reelección inconstitucional y convertido el miedo en política de Estado.

Significa construir redes de recepción digna para las salvadoreñas y salvadoreños que seguirán llegando, porque seguirán llegando, para que sepan que no están solos y tengan siempre en mente, como dijo Ruth López: “esto un día va a pasar”.

Escribo esto también como una invitación. A otros colectivos de salvadoreñas y salvadoreños en el exilio, donde quiera que estén: articulémonos. Compartamos lo que sabemos. Rompamos el aislamiento que el régimen quiere que sintamos. El Salvador nos necesita lúcidos, organizados y vivos para coadyuvar a la construcción de una nueva democracia. Para el día en que podamos volver. Y ese día va a llegar.

Porque todo esto va a pasar.

Abogada salvadoreña y defensora de derechos humanos. Especialista en litigio penal. Exiliada en México desde septiembre de 2021. Actualmente trabaja en un programa de protección de personas defensoras de derechos humanos de Centroamérica. Es fundadora de la Mesa del Exilio Salvadoreño.

FocosTV: https://focostv.com/la-promesa-que-no-pude-cumplir-exilio/