According to the Gospel of John, Jesus held an extended dialogue with Pilate during the trial in which the Roman governor judged him. Pilate’s interest lay in clarifying whether the accusations brought against Jesus had any basis. In the course of that conversation, Jesus declared to him: “My kingdom is not of this world; if my kingdom were of this world, my servants would fight so that I would not be handed over to the Jews; but my kingdom is not from here” (John 18:36).
Jesus’s assertion that his kingdom is not of this world has been used by comfortable Christians or those politically aligned with a regime to disengage from the suffering of victims. If Jesus’s purpose was not for this world, then abuses of power and the corruption of rulers lack real importance, because, in the end, the only thing that matters is life in the hereafter. In this way, Jesus’s words are misinterpreted to justify the abuses of the powerful, whether out of political sympathy or personal gain.
But on the contrary, Jesus’s teachings and deeds demonstrate that his kingdom manifests itself in the real world; that is, it is very much a kingdom of this world. Jesus did not only speak of the kingdom as something abstract; he made it visible through concrete acts of restoration in real people. His death and resurrection crowned that irruption, because in them sin, death, and the dominion of evil were defeated, and with that, a new reality was inaugurated in this very world.
That is why a correct interpretation of the Scriptures shows that Jesus’s words should not be understood as if he had said: “My kingdom has nothing to do with history or society.” Rather, the purpose of the declaration “My kingdom is not of this world” was to establish that the kingdom of Jesus does not proceed from the logic of worldly power, does not originate in this world, and is not founded on force, domination, or violence; but it does break into this world to transform it in favor of life, justice, and the vulnerable.
In other words, Jesus’s statement emphasizes the origin and character of the kingdom, not its alienation from history. A careful exegetical reading shows that in John 18:36 the emphasis is on the fact that Jesus’s kingdom does not come “from” this world the way the kingdoms of Pilate, Caesar, or any other ruler do. That is why Jesus adds that if his kingdom were of that kind, his servants would fight with weapons.
The kingdom of God has a real historical dimension. The good news that Jesus came to share understands the kingdom as the fulfillment of God’s will for this world, which is tied to the concrete fate of victims. Where hatred, oppression, exclusion, and contempt for the human person prevail, the “anti-kingdom” is at work—that is, historical forces contrary to God’s design and to the mission of the church.
In keeping with the spirit of the Scriptures, Christians are called to strive to embody the authentic good news of truth, reconciliation, and justice. Often this involves the responsibility to censure political power when it oversteps the limits of the authority delegated to it, and to advocate on behalf of victims, rather than disengaging by twisting the meaning of the Lord’s words.
“My kingdom is not of this world” does not mean that the kingdom of Christ is alien to this world, but that it is not born of its logic of domination, even though it does enter history to judge and transform it. This rules out a spiritualist reading that detaches Christians from social problems, since the kingdom announced to the little ones touches concrete life. At the same time, it places the Church in a critical posture toward the powers of this world: because the kingdom of Christ does not spring from Caesar, no government should be absolutized, but rather discerned from the perspective of the poor, justice, and mercy.
Senior Pastor of the Misión Cristiana Elim.
El Diario de Hoy: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/mi-reino-no-es-de-este-mundo/76015/2026/
«Mi Reino no es de este mundo»
Mario Vega
Según el evangelio de Juan, Jesús mantuvo un amplio diálogo con Pilato durante el proceso en que este lo juzgaba. El interés del gobernador romano consistía en esclarecer si las acusaciones formuladas contra Jesús tenían algún fundamento. En el curso de esa conversación, Jesús le declaró: «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí» (Juan 18:36).
La afirmación de Jesús de que su reino no es de este mundo ha sido utilizada por cristianos acomodados o políticamente comprometidos con un régimen para desentenderse del sufrimiento de las víctimas. Si el propósito de Jesús no era para este mundo, entonces los abusos de poder y la corrupción de los gobernantes carecen de verdadera importancia, porque, al fin y al cabo, lo único que cuenta es la vida en el más allá. De este modo, las palabras de Jesús son malinterpretadas para justificar los atropellos de los poderosos, ya sea por simpatía política o por beneficios personales.
Pero, por el contrario, las enseñanzas y los hechos de Jesús demuestran que su reino se manifiesta en el mundo real, es decir, sí es un reino muy de este mundo. Jesús no solo habló del reino como algo abstracto, sino que lo hizo visible en acciones concretas de restauración en personas reales. Su muerte y su resurrección coronaron esa irrupción, porque en ellas quedaron derrotados el pecado, la muerte y el dominio del mal, y con ello, quedó inaugurada una nueva realidad en este mismísimo mundo.
Es por eso que la correcta interpretación de las Escrituras indica que las palabras de Jesús no deben ser entendidas como si hubiese dicho: «mi reino no tiene nada que ver con la historia o la sociedad». Más bien, el propósito de la declaración «mi reino no es de este mundo», era el de establecer que el reino de Jesús no procede de la lógica del poder mundano, no nace de este mundo, no se funda en la fuerza, la dominación o la violencia; pero sí irrumpe en este mundo para transformarlo en favor de la vida, la justicia y los vulnerables.
Dicho de otro modo, la afirmación de Jesús enfatiza el origen y el carácter del reino, no su enajenación de la historia. Una lectura exegética cuidadosa demuestra que en Juan 18:36 el acento está en que el reino de Jesús no viene «de» este mundo como vienen los reinos de Pilato, del César, o de cualquier otro gobernante. Por eso Jesús añade que, si su reino fuera de ese tipo, sus servidores pelearían armadamente.
El reino de Dios tiene una dimensión histórica real. La buena nueva que Jesús vino a compartir entiende el reino como la realización de la voluntad de Dios para este mundo, la cual, está ligada a la suerte concreta de las víctimas. Donde predomina el odio, la opresión, la exclusión y el desprecio por la persona humana, está actuando el «antireino», es decir, fuerzas históricas contrarias al designio de Dios y a la misión de la iglesia.
De acuerdo con el espíritu de las Escrituras, los cristianos son llamados a esforzarse por encarnar las auténticas buenas nuevas de verdad, reconciliación y justicia. Muchas veces eso pasa por la responsabilidad de censurar al poder político cuando sobrepasa los límites de la autoridad que le ha sido delegada y ejercer abogacía a favor de las víctimas; en lugar de desentenderse retorciendo el sentido de las palabras del Señor.
«Mi reino no es de este mundo» no significa que el reino de Cristo sea ajeno a este mundo, sino que no nace de su lógica de dominación, aunque sí entra en la historia para juzgarla y transformarla. Esto impide una lectura espiritualista que desentienda a los cristianos de los problemas sociales, pues el reino anunciado a los pequeños toca la vida concreta. A la vez, sitúa a la Iglesia en una postura crítica frente a los poderes de este mundo: como el reino de Cristo no brota del César, ningún gobierno debe ser absolutizado, sino discernido desde los pobres, la justicia y la misericordia.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.
El Diario de Hoy: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/mi-reino-no-es-de-este-mundo/76015/2026/
