Bloomberg Línea — Used clothing now accounts for nearly one in every three garments imported into El Salvador, in a market driven by consumers seeking options up to four times cheaper than new clothing.
A report published in April by Garson & Shaw and Full Cycle Resource Consulting shows that the sector has become “a fundamental economic lifeline,” driven by years of pressure on Salvadoran household incomes, high informal employment, and a price gap that is hard to ignore.
The report analyzed more than 21 million garments sorted in Salvadoran distribution chains and found that 99.56% of items sell for under US$15. The most common price was US$3.00.
According to the findings, between 2019 and 2023, new clothing imports in El Salvador fell 32%, while the share of used clothing within total textile imports rose from 21.6% to 31.1% — which in practice means that nearly one in every three garments imported into the Central American country is now secondhand.
The sector’s growth trajectory held steady. In 2025, El Salvador imported US$73.4 million in secondhand clothing and footwear, equivalent to 38,175 metric tons, according to data from the Central Reserve Bank (BCR).
Of that total, nearly 97% came from the United States. The rest was distributed, on a smaller scale, among Germany, Poland, Canada, China, and Hungary.
Sorted clothing
The structure of the business has also evolved. Far from being improvised, the sector operates through highly integrated chains, with companies controlling the importing, sorting, warehousing, and retail processes.
For Salvadoran Alis Guevara, “secondhand shops are about looking carefully, and you find items at very good prices in great condition or even brand new.”
In warehouses, shipments go through pre-sorting and sorting processes. First, categories such as shirts, pants, and dresses are separated, and then each garment is evaluated based on quality, style, and sales potential. That classification determines whether it is sold in premium stores, standard outlets, or liquidation channels.
The system seeks to extract value from virtually every piece. Garments that don’t sell in the first few weeks enter cycles of staggered markdowns over two to three months, until they reach prices between US$0.15 and US$0.33 per unit. Whatever remains can be sold wholesale or by the kilogram.
The report also details how the used clothing industry is meticulously calibrated to the socioeconomic reality of each area.
While in San Salvador and the rest of the Central region — which has the highest formal employment and GDP generation — the average price per garment is US$3.42, in the Eastern region it drops to US$2.42, and in the Western region, where informal employment exceeds 71%, the average price plummets to US$0.92.
Even within this accessibility-focused model, a digital niche has emerged that demonstrates the sector’s adaptability.
A small fraction of the clothing — just 3% of sorted items — meets the standards to be sold online as “premium” merchandise.
These garments, dominated by fast fashion brands and major chains like Shein, Forever 21, and Old Navy, a subsidiary of The Gap, Inc (GAP), sell at an average price of US$12 — a pattern suggesting that both resale value and consumer demand depend not only on the quality of the garment but also on perceived appeal and brand recognition.
International regulations
In February of this year, the United States and El Salvador formalized an agreement that clarified the tariff treatment of used clothing under CAFTA-DR.
The understanding confirmed that exports of used clothing from the U.S. qualify for preferential treatment, resolving disputes that for months had generated uncertainty among importers and customs authorities.
For the U.S. industry, represented by the Secondary Materials and Recycled Textiles Association (SMART), the agreement clarified an issue that could generate uncertainty and disrupt trade flows.
However, the stability of this ecosystem faces pressures that go beyond customs. In Europe and North America, debates around the circular economy and Extended Producer Responsibility (EPR) frameworks have spurred proposals to require mandatory sorting of clothing before it is exported.
The aim is to guarantee quality and traceability, but in destination markets the measure is perceived as a threat.
On this point, a recent report on Guatemala illustrates the issue. There, so-called “raw clothing” — unsorted bales arriving from the U.S. — is the foundation of the business.
“We discovered that local sorting activity is not only valuable but vital. It adds economic value, creates jobs, and ensures that clothing can meet the specific needs of local markets,” said Jennifer Wang, founder of Full Cycle Resource and lead author of the report.
According to the analysis, nearly 90% of clothing imported into Guatemala is reused, and the sector is an engine of employment, led predominantly by women. Imposing sorting in the country of origin, according to the specialists, would not reduce waste but rather eliminate local jobs and the economic benefits generated by local sorting activities.
Bloomberg Línea: https://www.bloomberglinea.com/latinoamerica/el-salvador/un-tercio-de-la-ropa-importada-en-el-salvador-es-de-segunda-mano-el-auge-del-mercado-de-los-us3/
Un tercio de la ropa importada en El Salvador es de segunda mano: el auge del mercado de los US$3
Fátima Romero
Bloomberg Línea — La ropa usada ya representa casi una de cada tres prendas importadas en El Salvador, en un mercado impulsado por consumidores que buscan opciones hasta cuatro veces más baratas que las prendas nuevas.
Un informe publicado en abril por Garson & Shaw y Full Cycle Resource Consulting muestra que el sector se ha convertido “en un salvavidas económico fundamental”, impulsado por años de presión sobre los ingresos de las familias salvadoreñas, alta informalidad laboral y una diferencia de precios difícil de ignorar.
El informe analizó más de 21 millones de prendas clasificadas en cadenas de distribución salvadoreñas y concluyó que 99,56% de los artículos se venden por debajo de los US$15. El precio más frecuente fue de US$3,00.
Según los hallazgos, entre 2019 y 2023, las importaciones de ropa nueva en El Salvador cayeron 32%, mientras que la participación de la ropa usada dentro del total de importaciones textiles subió de 21,6% a 31,1%, que en la práctica significa que casi una de cada tres prendas importadas al país centroamericano ya es de segunda mano.
La trayectoria de crecimiento del sector se mantuvo. En 2025, El Salvador importó US$73,4 millones en ropa y calzado de segunda mano, equivalentes a 38.175 toneladas, de acuerdo con datos datos del Banco Central de Reserva (BCR).
De ese total, casi el 97% provino de Estados Unidos. El resto se distribuyó, en menor escala, entre Alemania, Polonia, Canadá, China y Hungría.
Ropa clasificada
La estructura del negocio también evolucionó. Lejos de ser improvisado, el sector opera mediante cadenas altamente integradas, con empresas que controlan el proceso de importación, clasificación, almacenamiento y venta al detalle.
Para el salvadoreño Alis Guevara, “los lugares de segunda mano son de buscar bien, y se encuentran artículos a muy buen precio en óptimas condiciones o hasta nuevas”.
En las bodegas, los cargamentos pasan por procesos de preclasificación y clasificación. Primero se separan categorías como camisas, pantalones, vestidos y luego cada prenda es evaluada según calidad, estilo y potencial de venta. Esa distribución determina su comercialización en tiendas premium, estándar o en canales de liquidación.
El sistema busca extraer valor de prácticamente cada pieza. Las prendas que no se venden en las primeras semanas entran en ciclos de descuentos escalonados durante dos o tres meses, hasta llegar a precios de entre US$0,15 y US$0,33 por unidad. Lo que aún queda puede venderse al mayoreo o por kilogramo.
El informe detalla también que la industria de la ropa usada se calibra meticulosamente según la realidad socioeconómica de cada zona.
Mientras en San Salvador y el resto de la región Central, con la de mayor formalidad laboral y generación de PIB— el precio promedio por prenda es de US$3,42, en la región Oriental cae a US$2,42 y en la región Occidental, donde la informalidad laboral supera el 71%, el precio promedio se desploma a US$0,92.
Incluso dentro de este esquema enfocado en la accesibilidad, ha emergido un nicho digital que demuestra la capacidad de adaptación del sector.
Una pequeña fracción de la ropa, apenas el 3% de los artículos clasificados, cumple con los estándares para venderse en línea como mercancía “premium”.
Estas prendas, dominadas por marcas de fast fashion y grandes cadenas como Shein, Forever 21 y Old Navy, subsidiaria de The Gap, Inc ( GAP ), se venden a un precio promedio de US$12, un patrón que sugiere que tanto el valor de reventa como la demanda de los consumidores dependen no solo de la calidad de la prenda, sino también del atractivo percibido y el reconocimiento de la marca.
Regulaciones internacionales
En febrero de este año, Estados Unidos y El Salvador oficializaron un acuerdo que aclaró el tratamiento arancelario de la ropa usada bajo el Cafta-DR.
El entendimiento confirmó que las exportaciones de ropa usada desde EE.UU. califican para trato preferencial, despejando disputas que durante meses habían generado incertidumbre entre importadores y autoridades aduaneras.
Para la industria estadounidense, representada por la Asociación de Materiales Secundarios y Textiles Reciclados (SMART), el acuerdo aclaró un asunto que podría generar incertidumbre e interrupción de los flujos comerciales.
Sin embargo, la estabilidad de este ecosistema enfrenta presiones que van más allá de las aduanas. En Europa y Norteamérica, los debates en torno a la economía circular y los marcos de Responsabilidad Extendida del Productor (EPR) han impulsado propuestas para exigir la clasificación obligatoria de la ropa antes de ser exportada.
El fin es garantizar la calidad y la trazabilidad, pero en los mercados de destino la medida se percibe como una amenaza.
Sobre ello, un informe reciente sobre Guatemala ilustra este punto. Allí, la llamada “ropa cruda” —fardos sin clasificar que llegan de EE.UU.— es la base del negocio.
“Descubrimos que la actividad de clasificación a nivel local no solo tiene valor, sino que es vital. Aporta valor económico, crea puestos de trabajo y garantiza que la ropa pueda satisfacer las necesidades específicas de los mercados locales”, dijo Jennifer Wang, fundadora de Full Cycle Resource y autora principal del informe.
Según el análisis, casi el 90% de la ropa importada en Guatemala se reutiliza, y el sector es un motor de empleo, liderado mayoritariamente por mujeres, por lo que imponer la clasificación en el país de origen, de acuerdo con los especialistas, no reduciría los desechos, sino que eliminaría empleos locales y los beneficios económicos generados por las actividades de clasificación locales.
Bloomberg Línea: https://www.bloomberglinea.com/latinoamerica/el-salvador/un-tercio-de-la-ropa-importada-en-el-salvador-es-de-segunda-mano-el-auge-del-mercado-de-los-us3/
