Miracle Wanted — Se busca un milagro

May 4, 2026

$75 million loan for DoctorSV Phase II enters ratification phase
Adopting DoctorSV without any serious objective verification of its performance and risks means using the Salvadoran population as an experimental laboratory, financed by massive loans. The fascination with technology has placed people at the mercy of tech companies' inventions without adequate safeguards. It promises a lot, but the results are uncertain and the risks are great. — Adoptar el DoctorSV sin mayor verificación objetiva de su desempeño y sus riesgos es usar a la población salvadoreña como un laboratorio de experimentación, financiado con préstamos voluminosos. La fascinación con la tecnología ha colocado a la gente a disposición de los inventos de las tecnológicas sin mayores garantías. Promete mucho, pero los resultados son inciertos y los riesgos grandes.

The search for magic recipes to transform the country into something never before seen doesn’t stop. First it was cryptocurrencies — city and energy included. Then came the state of exception, and now, having achieved the most secure security in the whole wide world, the bet is on artificial intelligence from one of the big tech multinationals. The expectation is the same: that it will make public education and health something unprecedented. The faith in technology is total. The top executives of tech companies are more trustworthy than government workers — fickle, unmanageable, and unreliable.

This negative judgment has some basis. Government ineffectiveness is visible in practically every area of national life. It’s common for public works to begin accompanied by publicity blitzes only to be interrupted shortly after, even abandoned and forgotten, or, once completed, to be reworked to correct poor execution. One reason is lack of funding, but another very common one is the incompetence of officials in formulating and carrying out government policies. Apparently, artificial intelligence will avoid these problems.

The bet on artificial intelligence is risky. In a sense, it’s naive. It’s undoubtedly a very useful tool, but only in the hands of someone who knows how to use it. Artificial intelligence doesn’t possess the superpowers that its marketers and their clients seem to attribute to it. The list of countries restricting minors’ access to digital networks — including teenagers — is growing. Europe, and in particular the Nordic countries, has gone back to printed books, to paper and pencil in the classroom.

Rising traffic accidents expose the limits of technology. The land transportation authority remains stuck in the nineteenth-century conviction that to legislate is to govern and that harsher penalties deter offenders. It tightened the rules and raised fines to guarantee road safety, but the accident rate hasn’t gone down — it’s gone up. It introduced technology to further shore up safe driving. It installed cameras and talked about photo-enforcement tickets, digital screens, and speed control, without getting the expected results. If there’s no one to enforce the law and impose order on the streets and highways, drivers do as they please. It replaced traffic police with traffic coordinators, who also disappeared. The growing number of vehicles and the obsolescence of inadequate, poorly managed infrastructure demand human intervention.

DoctorSV is more of the same. It seeks to lighten the load of outpatient consultations in the hospital network and expand coverage through anonymous doctors online. However, there is no scientific evaluation certifying that DoctorSV’s diagnoses are reliable, that it can properly manage chronic diseases — which present critical situations — and that it will, in fact, improve health services. In other words, DoctorSV is an experiment whose effectiveness has not been properly proven. The number of consultations it can handle isn’t everything; accuracy in diagnosis and the corresponding treatment are fundamental.

This isn’t about demonizing telemedicine and artificial intelligence, but about putting them in their proper place. Presenting them as the answer to the country’s serious problems is a deception. A kind of flight forward. Solving those problems is beyond their reach, but it creates the impression that the chosen course is the right one — which is all that matters.

In seven years, Bukele has only reconfigured the state’s institutional framework to concentrate his power. The standard of living for the majority hasn’t risen; on the contrary, it’s deteriorating, subject to the vagaries of improvisation and ineffectiveness. In those years, the exercise of absolute power has only gone to excess in security — accompanied by human rights violations — in the exploitation of digital communications, and in corruption.

No technology, no artificial intelligence, however sophisticated, has the capacity to transform the country the way Bukele says he intends. The only verifiable “miracle” so far is that of the tech multinationals, which have gotten a free laboratory of six million people to experiment with and fatten their databases with the Salvadoran population’s information.

Public education and health superior to those of countries with higher per capita income are beyond Bukele’s reach. His regime would have to change a great deal just to begin preparing the path toward those goals. It’s time to get to work. No miraculous technological intervention is going to get him out of this quagmire.

Director, Centro Monseñor Romero, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), San Salvador, El Salvador.

El Diario de Hoy: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/se-busca-un-milagro/73512/2026/

Se busca un milagro

Rodolfo Cardenal

La búsqueda de recetas mágicas que transformen el país en algo nunca visto no cesa. Primero fueron las criptomonedas, ciudad y energía incluidas. Luego vino el régimen de excepción y ahora, conseguida la seguridad más segura del mundo mundial, llegó la apuesta por la inteligencia artificial de una de las multinacionales tecnológicas. La expectativa es la misma, que haga de la educación y la salud públicas algo inédito. La confianza en la tecnología es total. Los altos ejecutivos de las empresas tecnológicas son más confiables que los trabajadores estatales, volubles, indomeñables y poco confiables.

Este juicio negativo tiene cierto fundamento. La inoperancia gubernamental es observable en prácticamente toda la vida nacional. Es común que las obras públicas comiencen acompañadas de despliegues publicitarios para quedar poco después interrumpidas, incluso abandonadas y olvidadas, o que, una vez concluidas, sean intervenidas de nuevo para corregir una ejecución deficiente. Una razón es la falta de financiamiento, pero otra muy común es la incompetencia de los funcionarios para formular y ejecutar las políticas gubernamentales. Aparentemente, la inteligencia artificial evitará estos inconvenientes.

La apuesta por la inteligencia artificial es arriesgada. En cierto sentido, peca de ingenuidad. Indudablemente es una herramienta muy útil, pero solo en manos de quien sabe utilizarla. La inteligencia artificial no posee los superpoderes que parecen atribuirle sus comercializadores y sus clientes. La lista de países que restringe el acceso a las redes digitales a los menores, incluso a los adolescentes, se alarga. Europa, en particular, los países nórdicos han regresado al libro impreso, al papel y al lápiz en el aula.

La siniestralidad vial, en ascenso, evidencia los límites de la tecnología. La dirección del transporte terrestre permanece atascada en la convicción decimonónica que sostiene que legislar es gobernar y que endurecer las penas disuade al delincuente. Endureció las normas y elevó los montos de las multas para garantizar la seguridad vial, pero la siniestralidad no baja, sino aumenta. Introdujo la tecnología para acabar de blindar la conducción segura. Colocó cámaras y habló de foto-multas, de pantallas digitales y del control de velocidad, sin obtener los resultados esperados. Si no hay quién haga cumplir la ley e imponga el orden en las calles y carreteras, los conductores campean por sus respetos. Reemplazó la policía de tránsito por gestores, que también desaparecieron. El aumento del parque vehicular y la obsolescencia de una infraestructura inadecuada y mal gestionada reclaman la intervención humana.

El DoctorSV es más de lo mismo. Busca aligerar la carga de la consulta externa de la red hospitalaria y ampliar la cobertura con la intervención de médicos anónimos en línea. Sin embargo, no existe ninguna evaluación científica que certifique que los diagnósticos del DoctorSV son confiables, que puede manejar acertadamente las enfermedades crónicas, que plantean situaciones críticas, y que, en efecto, mejorará los servicios de salud. Es decir, el DoctorSV es un experimento cuya eficacia no está debidamente comprobada. La cantidad de consultas que pueda manejar no es todo, el acierto en el diagnóstico y el tratamiento correspondiente son fundamentales.

No se trata de demonizar la telemedicina y la inteligencia artificial, sino de darles su justo lugar. Presentarlas como la respuesta a los graves problemas nacionales es un engaño. Una especie de huida hacia adelante. No está a su alcance resolverlos, pero crea la impresión de que el rumbo emprendido es correcto, que es todo lo que cuenta.

En siete años, Bukele solo ha reconfigurado la institucionalidad del Estado para concentrar su poder. El nivel de vida de la mayoría no ha subido, al contrario, se deteriora, sujeto a los avatares de la improvisación y la inoperancia. En esos años, el ejercicio del poder absoluto solo se ha excedido en la seguridad, acompañada de violación de los derechos humanos, en la explotación de la comunicación digital y en la corrupción.

Ninguna tecnología, ni inteligencia artificial, por muy sofisticada que sean, tiene capacidad para transformar el país tal como Bukele dice pretende. El único “milagro” constatable hasta ahora es el de las multinacionales tecnológicas, que han conseguido gratuitamente un laboratorio de seis millones de personas para experimentar y engrosar sus bases de datos con la información de la población salvadoreña.

Una educación y una salud públicas superiores a las de los países con mayor ingreso per cápita no están al alcance de Bukele. Mucho tendría que cambiar su régimen para comenzar a preparar el camino para alcanzar esas metas. Es hora de poner manos a la obra. No habrá ninguna intervención tecnológica maravillosa que lo saque del atolladero.

Director, Centro Monseñor Romero, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), San Salvador, El Salvador.

El Diario de Hoy: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/se-busca-un-milagro/73512/2026/