El Salvador, a small country of just over six million people, has just marked four years under the state of exception.
It’s not a dictatorship, at least not in form, because people still vote. But it looks a lot like one: constitutional guarantees are suspended, and the police or the military can detain anyone without a warrant.
The justification for living without fundamental freedoms seems to be that El Salvador never had them. It lived through a bloody civil war between the army and peasant guerrillas — 75,000 dead between 1980 and 1992, more than 6,200 a year —, a peace process that promised much and delivered little, and earthquakes and hurricanes that made everything much worse.
Then came the violence of the maras, or gangs. Life in the neighborhoods became unlivable. Homicides, which had dropped in the first decade of the century, reached 6,656 in 2015, more than during the civil war.
But from then on, they started to fall. By 2018 they had been cut in half, and by 2019 to nearly a third. That was the year Nayib Bukele became president. The downward curve grew steeper.
Starting in 2019, the police stopped counting among the dead those killed in clashes with security forces and bodies found in mass graves.
Mass incarcerations, torture, convictions without due process, disappearances. In 2025 there were just 82 homicides. It seems that for Bukele to suppress gang violence, he needed there to be no democracy. And that is what he set out to do. There is no longer an independent judiciary, nor a parliament where the opposition exercises oversight.
Nor can there be independent journalism, especially after it revealed that Bukele forged pacts with gang leaders to get them to stop killing.
Those who exercised their right to protest and demand accountability during these years of ‘miracle’ faced persecution, prison, or exile.
Their voices are in the report by Andrés Dimas and Gabriela Villarroel. Be sure to listen to them.
Perhaps Bukele should take heed. Viktor Orbán, another authoritarian who changed the rules of the game so he would always win, has just lost the government of Hungary, the heart of Central Europe.
The global far right is left without an idol. Orbán was a factotum for Putin and Trump, a defender of Netanyahu, a promoter of the ‘great replacement’ conspiracy, and a funder of racist parties like Vox (Spain).
Happy reading!
openDemocracy: https://www.opendemocracy.net/bukele-el-salvador-maras-democracia-derechos-humanos-exilio-persecucion-estado-de-excepcion/
Bukele, un ‘milagro’ que no funciona en democracia
Diana Cariboni
El Salvador, un país de territorio pequeño y algo más de seis millones de habitantes, acaba de cumplir cuatro años bajo el régimen de excepción.
No es una dictadura, al menos no en las formas porque se sigue votando. Pero se parece mucho: las garantías constitucionales están suspendidas y la policía o el ejército pueden detener a cualquiera sin orden judicial.
La justificación para vivir sin libertades fundamentales parece ser que El Salvador nunca las tuvo. Vivió una guerra civil sangrienta entre el ejército y guerrillas campesinas – 75.000 muertos entre 1980 y 1992, más de 6.200 por año –, un proceso de paz que prometió mucho y dejó poco, y terremotos y huracanes que hicieron todo mucho peor.
Entonces vino la violencia de las maras, o pandillas. La vida en los barrios se hizo invivible. Los homicidios, que habían bajado en la primera década del siglo, llegaron a 6.656 en 2015, más que en la guerra civil.
Pero a partir de entonces empezaron a bajar. En 2018 ya se habían reducido a la mitad, y en 2019 a casi un tercio. Ese fue el año en que Nayib Bukele llegó a la presidencia. La curva de descenso se hizo más pronunciada.
A partir de 2019 la policía dejó de contar entre los muertos a los caídos en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad y a los cadáveres hallados en fosas comunes.
Encarcelaciones masivas, torturas, condenas sin debido proceso, desapariciones. En 2025 hubo apenas 82 homicidios. Al parecer, para que Bukele suprimiera la violencia de las maras necesitaba que no hubiera democracia. Y a eso se abocó. Ya no hay justicia independiente, ni un parlamento donde la oposición ejerza control.
Tampoco puede haber periodismo independiente, sobre todo después de revelar que Bukele fraguó pactos con los jefes de las pandillas para que dejaran de asesinar.
A quienes ejercieron su derecho a la protesta y a la rendición de cuentas en estos años de ‘milagro’, les tocó vivir persecución, cárcel o exilio.
Sus voces están en el reportaje de Andrés Dimas y Gabriela Villarroel. No dejes de escucharlas.
Quizás Bukele tenga que poner las barbas en remojo. Viktor Orbán, otro autoritario que modificó las reglas del juego para ganar siempre, acaba de perder el gobierno de Hungría, corazón de Europa central.
La extrema derecha mundial se queda sin un ídolo. Orbán fue factotum de Putin y de Trump, defensor de Netanyahu, promotor de la conspiración del ‘gran reemplazo’ y financiador de partidos racistas como Vox (España).
¡Buena lectura!
openDemocracy: https://www.opendemocracy.net/bukele-el-salvador-maras-democracia-derechos-humanos-exilio-persecucion-estado-de-excepcion/
