Tens of thousands of detainees in El Salvador under the state of exception did not appear as gang members in official records. This alarming fact, however, is not a statistical anomaly. It is a sign that Nayib Bukele’s security model has stopped clearly distinguishing between the guilty and the innocent. When that happens, the problem ceases to be a policing issue and becomes a political one.
The recent constitutional reform introducing life imprisonment confirms this drift. It is not merely a toughening of criminal penalties; it is a paradigm shift: the explicit abandonment of the logic of rehabilitation, replacing it with an absolute punitive vision where certain crimes are condemned for life without nuance or any prospect of review. The reform, which was approved like so many others without debate or checks and balances, reflects another pattern: how Bukele’s government swiftly adopts structural decisions, without scrutiny and under a narrative that frames any questioning as a defense of crime.
The government once again hides behind the argument that decades of violence in the Central American country justify exceptional measures. It is true that El Salvador has experienced a historic drop in homicides, which explains the president’s popular support and the fascination he generates in other countries. Effectiveness, however, cannot become a pretext to dismantle the basic principles of the rule of law.
Life imprisonment is the latest measure in a broader framework that includes a state of exception prolonged for years, mass detentions exceeding 1% of the population, collective trials, and restrictions on due process guarantees. Against this backdrop, harsher sentences do not strengthen justice — they replace it with a logic of permanent punishment where the system no longer corrects its errors but perpetuates them. When the Constitution is amended to eliminate limits on severity, as El Salvador has done, the law ceases to be a framework of protection and becomes an instrument of power. The risk is more than tangible. If tens of thousands of detainees were not previously identified as gang members, life imprisonment raises the question of how many innocent people could end up condemned for life.
The Bukele model poses a seductive and dangerous dilemma: security or rights. It is a false choice. Security built on the erosion of guarantees is not stable, insofar as it depends on the concentration of power and the absence of oversight. That combination, in Latin America, has a well-known history. El Salvador has shown that it is possible to reduce violence. The question now is whether it can do so without hollowing out its democracy. When punishment becomes absolute and power no longer has limits, what is at stake is the very nature of the state.
El País: https://elpais.com/opinion/2026-04-15/renuncia-a-la-justicia-en-el-salvador.html
Renuncia a la justicia en El Salvador
Decenas de miles de detenidos en El Salvador bajo el régimen de excepción no figuraban como pandilleros en los registros oficiales. El alarmante dato, sin embargo, no es una anomalía estadística. Es la señal de que el modelo de seguridad de Nayib Bukele ha dejado de distinguir con claridad entre culpables e inocentes. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser policial y se convierte en político.
La reciente reforma constitucional que introduce la cadena perpetua confirma esa deriva. No es solo un endurecimiento penal, es un cambio de paradigma: el abandono explícito de la lógica de reinserción para sustituirla por una visión punitiva absoluta, donde ciertos delitos quedan condenados de por vida sin matices ni horizonte de revisión. La reforma, que fue aprobada como tantas otras sin debate ni contrapesos, refleja otro patrón: cómo el Gobierno de Bukele adopta decisiones estructurales con rapidez, sin escrutinio y bajo una narrativa que presenta cualquier cuestionamiento como una defensa del crimen.
El Gobierno vuelve a escudarse en que la magnitud de la violencia durante décadas en el país centroamericano justifica medidas excepcionales. Es cierto que El Salvador ha experimentado una caída histórica de homicidios, lo que explica el respaldo popular del presidente y la fascinación que genera en otros países. La eficacia, no obstante, no puede convertirse en una coartada para desmantelar los principios básicos del Estado de derecho.
La cadena perpetua es la última medida de un entramado más amplio, como lo es un régimen de excepción prolongado durante años, detenciones masivas que superan el 1% de la población, juicios colectivos y restricciones a las garantías procesales. Ante este panorama, endurecer las penas no refuerza la justicia, sino que la sustituye por una lógica de castigo permanente donde el sistema ya no corrige sus errores, sino que los perpetúa. Cuando la Constitución se modifica para eliminar límites a la dureza, como ha hecho El Salvador, la ley deja de ser un marco de protección y se convierte en un instrumento de poder. El riesgo es más que tangible. Si decenas de miles de detenidos no estaban previamente identificados como pandilleros, la cadena perpetua lleva a plantearse cuántos inocentes podrían quedar condenados de por vida.
El modelo Bukele plantea una disyuntiva seductora y peligrosa: seguridad o derechos. Es una falsa elección. La seguridad que se construye sobre la erosión de garantías no es estable, en la medida en que depende de la concentración de poder y de la ausencia de controles. Esa combinación, en América Latina, tiene una historia conocida. El Salvador ha demostrado que es posible reducir la violencia. La pregunta ahora es si podrá hacerlo sin vaciar de contenido su democracia. Cuando el castigo se vuelve absoluto y el poder deja de tener límites, lo que está en juego es la naturaleza misma del Estado.
El País: https://elpais.com/opinion/2026-04-15/renuncia-a-la-justicia-en-el-salvador.html
