In a matter of days, the Legislative Assembly reformed and ratified a package of criminal reforms that includes life imprisonment for minors found guilty of terrorism, rape, and homicide. The measure passed with 58 out of 60 votes, and some lawmakers celebrated it as a triumph. The most repeated justification is that life imprisonment serves as a deterrent for criminals. Longer sentences mean less violence, they think. The same justification is given for the death penalty. But legislators and officials act as though this were a given, without a serious analysis of the existing research or considering less risky alternatives. Based on historical experience, lawmakers have nothing to celebrate. The first objection to the measure is that decades of research have failed to find scientific evidence confirming that the use of life imprisonment has an impact on homicide rates. The evidence found has been mixed at best and often concludes that life imprisonment is no more of a deterrent than long prison sentences. The conclusion is clear: life imprisonment doesn’t work on the principle of prevention, but of incapacitation. It incapacitates the individual so they don’t reoffend, but it doesn’t deter others from doing so. Life imprisonment doesn’t address the root of the crime, but its consequence.
The second objection to the measure is that El Salvador already allows for sentences of 100 years or more. Recently, 50 gang members were sentenced to between 400 and 1,135 years in prison for their involvement in several homicides and forced disappearances, and in another case, a Specialized Court imposed 130-year sentences on 62 gang members for their involvement in crimes in the La Campanera and El Pepeto neighborhoods of Soyapango. In reality, those sentences are de facto life sentences, and in the opinion of experts, life imprisonment is a disguised death penalty.
And a third objection comes from human rights doctrine. Life imprisonment strips a person of the hope of reintegration into society. Life imprisonment, like the death penalty, conflicts with international human rights standards that El Salvador voluntarily signed and is therefore obligated to uphold.
So, if it hasn’t been proven that life imprisonment serves as a deterrent, if de facto life sentences are already being applied in El Salvador, and if it contradicts respect for human rights, is it worth taking on the excessive costs it entails, the risks of making mistakes when imposing it, and other problems inherent to its practice? Why approve it in El Salvador?
Life imprisonment in the Salvadoran case is part of the deterioration the justice system is experiencing. In the popular imagination, behind life imprisonment lies the thinking “the more years in prison, the fewer criminals there will be,” stemming from perceived impunity. The toughening of penalties is an action typical of punitive populist regimes, carried out without knowledge of the effects of this penalty and serving no preventive function. In the country, furthermore, there is the added aggravating factor of mass trials where defendants have no right to a defense or due process. It’s a measure designed to project toughness against gang members, even though they end up applying it to anyone who bothers them, as happens with the state of exception. Given that in these days we are remembering the unjust trial of Jesus of Nazareth that ended with his death sentence, it’s worth keeping in mind that life imprisonment is a high-impact measure—the kind the current administration likes—but one of very limited effectiveness. It’s an express decision with no valid criminological foundations.
YSUCA: https://ysuca.org.sv/2026/04/desde-la-evidencia-cientifica/
Desde la evidencia científica
En cuestión de días la Asamblea Legislativa reformó y ratificó un paquete de reformas penales que incluye la prisión perpetua a menores de edad que se encuentren culpables de delitos de terrorismo, violación y homicidio. La medida se aprobó con 58 de 60 votos y algunos ediles lo celebraron como un triunfo. La justificación más repetida es que la cadena perpetua constituye un disuasivo para los delincuentes. Condenas más largas se traduce en menos violencia, piensan. La misma justificación se da con la pena de muerte. Pero los legisladores y funcionarios actúan dando por sentado que es así, sin un análisis serio de la investigación existente ni considerando alternativas menos arriesgadas. Desde la experiencia histórica los diputados no tienen nada que celebrar. La primera objeción a la medida es que décadas de investigación no han logrado encontrar evidencia científica que confirme que el uso de la cadena perpetua tenga un impacto en las tasas de homicidios. La evidencia encontrada ha sido más bien mixta y a menudo concluye que la cadena perpetua no es más disuasiva que las penas largas de prisión. La conclusión es clara: la prisión perpetua no funciona bajo el principio de prevención, sino de incapacitación. Se incapacita a la misma persona para que no vuelva a delinquir, pero no disuade a otros de hacerlo. La cadena perpetua no trabaja en el origen del delito sino en su consecuencia.
La segunda objeción a la medida es que El Salvador ya contempla condenas de hasta 100 o más años. Recientemente se condenó a 50 pandilleros a entre 400 y 1,135 años de prisión por su participación en varios homicidios y desapariciones forzosas y en otro caso, a 62 pandilleros un Juzgado Especializado les impuso 130 años de cárcel por su participación en delitos en las colonias La Campanera y El Pepeto de Soyapango. En realidad, esas condenas son en la práctica cadenas perpetuas y, a juicio de especialistas, la cadena perpetua es una pena de muerte disfrazada.
Y una tercera objeción viene desde la doctrina de los derechos humanos. La cadena perpetua despoja a la persona de la esperanza de reintegración en la sociedad. La cadena perpetua como la pena de muerte entran con conflicto con los estándares internacionales de derechos humanos de los cuales El Salvador fue firmante de manera voluntaria y que por tanto está obligado a cumplir.
Entonces, si no está comprobado que la cadena perpetua sirva como disuasivo, si en El Salvador ya se aplican de facto cadenas perpetuas y si contradice el respeto a los derechos humanos, ¿vale la pena asumir los costos excesivos que implica, los riesgos de cometer errores al imponerla y otros problemas inherentes a su práctica? ¿Por qué aprobarla en El Salvador?
La cadena perpetua en el caso salvadoreño es parte del deterioro que vive el sistema de justicia. En el imaginario popular, detrás de la cadena perpetua está el pensamiento “a más años de cárcel, menos delincuentes habrán” originado por la impunidad que se percibe. El endurecimiento de penas es una acción propia de regímenes populistas punitivos que se realizan sin conocimiento de los efectos de esta pena y que no tiene función preventiva. En el país, además, está el agravante de los juicios masivos donde los imputados no tiene derecho a la defensa ni al debido proceso. Es una medida para aparentar firmeza contra los miembros de pandillas, aunque la terminen aplicando a cualquier persona que les incomode como sucede con el Régimen de Excepción. A propósito de que en estos días recordamos el juicio injusto a Jesús de Nazareth que terminó con su condena a muerte, conviene tener presente que la cadena perpetua es una medida de alto impacto, como le gusta a la administración actual, pero de eficacia muy limitada. Es una decisión exprés que no tiene fundamentos criminológicos válidos.
YSUCA: https://ysuca.org.sv/2026/04/desde-la-evidencia-cientifica/
