Leopoldo Maldonado — March 26, 2026, 11:36
The conclusion of the report “El Salvador at the Crossroads: Crimes Against Humanity Under Public Security Policy” is unequivocal. It states that the violations committed under the state of exception promoted by Nayib Bukele’s government could constitute crimes against humanity. In international law, that term is reserved for widespread or systematic attacks against a civilian population carried out as part of a state policy. And that is precisely what the report describes after reviewing victim testimonies, journalistic investigations, and official documentation.
Since March 2022, El Salvador has been living under a permanent state of exception. In the name of the “war on gangs,” the government has suspended basic guarantees, expanded police and military power, and enabled mass detentions without effective judicial oversight. It’s true that the country had long suffered a devastating security crisis. For years, gangs subjected entire communities to terror. That reality explains the public support Bukele’s security policy still enjoys. But understanding the population’s exhaustion with violence doesn’t mean justifying any response from the state.
The state of exception has also been accompanied by a progressive closing of civic and democratic space. Journalists, social organizations, and activists have reported surveillance, stigmatization campaigns, exile, and judicial persecution.
International investigations have documented cases of espionage using Pegasus software against journalists and members of civil organizations investigating abuses of power. Today, according to the Association of Journalists of El Salvador (APES), more than 40 journalists live in exile. Adding to this logic is the passage of the Foreign Agents Law, which threatens to suffocate human rights organizations, independent media, and civil society groups.
It’s a familiar formula from other authoritarian contexts, one whose hallmark is criminalizing international cooperation and portraying critical civil society as an instrument of foreign interests. The result is an increasingly alarming scenario where all manner of atrocities are committed and those who denounce them are cruelly persecuted.
The GIPES report warns that the state of exception has been accompanied by a systematic weakening of the separation of powers and democratic guarantees, concentrating power in the executive branch and reducing institutional checks. This has made it possible to build presidential power without limits — power that, following Bukele’s unconstitutional reelection two years ago, is poised for perpetuation under the pretext of his popularity.
The debate isn’t simple, much less the solutions in sight. The population has the right to live without fear. The state has the obligation to combat the criminal organizations that devastated the country for decades. But that obligation cannot be fulfilled through practices that reproduce the same logic of arbitrariness and violence they claim to eradicate.
Security, if it is to last, must be guaranteed with human rights and, above all, without political pacts with gangs. Because it’s true — Bukele negotiated with the gangs, as several gang leaders confessed to the renowned outlet El Faro. Security therefore hangs on the willingness of the parties to a political arrangement, not on a permanent strategy grounded in law and justice.
Latin American history is full of governments that promised order in exchange for freedoms. Many of them enjoyed, at the time, broad popular support. Nearly all of them ended up leaving behind weakened democracies, eroded institutions, and a long list of victims. That punitive, anti-rights clamor is sweeping the region once again, viewing the “Bukele model” as attractive. But the emperor has no clothes, and this report is the culmination of hundreds of complaints filed by journalists and activists. The spectacularization of “justice” is a masquerade for a political deal with gangs and the justification for an aggressive model of social control.
As GIPES notes, El Salvador faces a crossroads. It can consolidate a security model based on a permanent state of exception, systematic human rights violations, the concentration of power, and the persecution of dissent — or it can rebuild a security policy compatible with the rule of law. Security can be built with rights. Otherwise, what ends up disappearing isn’t crime, but democracy, justice, and peace.
POPLab: https://poplab.mx/posts/el-salvador-seguridad-sin-derechos/
El Salvador: seguridad sin derechos
Leopoldo Maldonado — 26 de marzo de 2026, 11:36
La conclusión del informe “El Salvador en la encrucijada: crímenes de lesa humanidad bajo la política de seguridad pública”, es contundente. Señala que las violaciones cometidas bajo el régimen de excepción impulsado por el gobierno de Nayib Bukele podrían constituir crímenes de lesa humanidad. En el derecho internacional, ese término se reserva para ataques generalizados o sistemáticos contra la población civil ejecutados como parte de una política estatal. Y eso es precisamente lo que el informe describe tras revisar testimonios de víctimas, investigaciones periodísticas y documentación oficial.
Desde marzo de 2022, El Salvador vive bajo un estado de excepción permanente. En nombre de la “guerra contra las pandillas”, el gobierno ha suspendido garantías básicas, ampliado el poder policial y militar y habilitado detenciones masivas sin controles judiciales efectivos. Es cierto que el país arrastraba una crisis de seguridad devastadora. Durante años, las pandillas sometieron a comunidades enteras al terror. Esa realidad explica el respaldo social que aún conserva la política de seguridad de Bukele. Pero comprender el hartazgo de la población frente a la violencia no significa justificar cualquier respuesta del Estado.
El régimen de excepción también ha venido acompañado de un progresivo cierre del espacio cívico y democrático. Periodistas, organizaciones sociales y activistas han denunciado vigilancia, campañas de estigmatización, exilio y persecución judicial.
Investigaciones internacionales han documentado casos de espionaje con software Pegasus contra periodistas y miembros de organizaciones civiles que investigaban abusos del poder. Hoy, según la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES), más de 40 periodistas viven en el exilio. A esa lógica se suma la aprobación de la Ley de Agentes Extranjeros, que amenaza con asfixiar a organizaciones de derechos humanos, medios independientes y grupos de la sociedad civil.
Es una fórmula conocida en otros contextos autoritarios que tiene como característica criminalizar la cooperación internacional y presentar a la sociedad civil crítica como instrumento de intereses externos. El resultado es un escenario cada vez más preocupante donde se cometen todo tipo de atrocidades y se persigue de manera cruel a quien las denuncia.
El informe del GIPES advierte que el régimen de excepción ha estado acompañado de un debilitamiento sistemático de la separación de poderes y de las garantías democráticas, concentrando el poder en el Ejecutivo y reduciendo los controles institucionales. Ello ha permitido construir un poder presidencial sin límites, que tras la inconstitucional reelección de Bukele hacer dos años, perfila su perpetuación pretextando su popularidad.
La discusión no es sencilla, mucho menos las soluciones a la vista. La población tiene derecho a vivir sin miedo. El Estado tiene la obligación de combatir a las organizaciones criminales que durante décadas devastaron el país. Pero esa obligación no puede cumplirse mediante prácticas que reproducen la misma lógica de arbitrariedad y violencia que se pretende erradicar.
La seguridad, para ser duradera, debe garantizarse con derechos humanos y, sobre todo, sin pactos políticos con pandillas. Porque es cierto, Bukele negoció con las pandillas como varios líderes mareros le confesaron al reconocido medio El Faro. Por lo tanto, la seguridad pende de la voluntad de las partes en un arreglo político, no de una estrategia permanente basada en el derecho y la justicia.
La historia latinoamericana está llena de gobiernos que prometieron orden a cambio de libertades. Muchos de ellos contaron, en su momento, con un amplio respaldo popular. Casi todos terminaron dejando democracias debilitadas, instituciones erosionadas y una larga lista de víctimas. Ese clamor punitivista y anti-derechos recorre la región otra vez, considerando atractivo al “modelo Bukele”. Pero el rey camina desnudo, y este informe es la culminación de cientos de denuncias realizadas por periodistas y activistas. La espectacularización de la “justicia” es una mascarada del acuerdo político con pandillas y la justificación para un agresivo modelo de control social.
Como lo señala el GIPES, El Salvador enfrenta una encrucijada. Puede consolidar un modelo de seguridad basado en el estado de excepción permanente, violaciones sistemáticas a derechos humanos, la concentración del poder y la persecución de la crítica, o puede reconstruir una política de seguridad compatible con el Estado de derecho. La seguridad puede construirse con derechos. De lo contrario, lo que termina desapareciendo no es el crimen, sino la democracia, la justicia y la paz.
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