Bukele’s Shadows — Las sombras de Bukele

Mar 19, 2026

Bukele's Shadows
The accusation against the Salvadoran government for crimes against humanity is a reminder of the risk of abandoning the rule of law in the name of security. — La acusación contra el Gobierno de El Salvador por crímenes de lesa humanidad recuerda el riesgo de renunciar al Estado de derecho en nombre de la seguridad.

A report presented last week to the United Nations by an international group of experts issued a warning that Latin America should not ignore. According to its findings, there are “reasonable grounds” to believe that crimes against humanity have been committed in El Salvador under the state of exception imposed by Nayib Bukele in 2022 to combat the gangs.

Nothing in the report implies denying the reality of the violence El Salvador endured for decades. The gangs were responsible for systematic extortion, homicides, and territorial control across large swaths of the country, while the state seemed incapable of regaining its monopoly on force. That failure explains the enormous popular support President Bukele enjoys today among citizens who for years lived under the constant threat of the maras. To ignore that relief would be a simplistic reading of Salvadoran reality. But precisely because of that history, the temptation to celebrate any quick fix should set off every alarm bell.

Bukele has become an admired figure across much of the continent. In many Latin American countries, his name is spoken with a mix of fascination and political envy. He has achieved something that governments of every stripe promised for decades without delivering: a drastic reduction in the violence from the gangs that had turned El Salvador into one of the most dangerous countries in the world.

That success, real and visible, explains why the so-called Bukele model has become a reference point for politicians in the region. Today, more than a few leaders suggest that the only way to confront organized crime is to replicate the Salvadoran recipe: mass arrests, exceptional powers for the state, and a security policy that prioritizes immediate results over legal safeguards. In societies where the violence of organized crime has eroded trust in institutions for years, the appeal of a drastic solution is understandable. But precisely for that reason, the question Latin America should be asking is not just whether that model works in terms of security, but what price it demands of the society that chooses to adopt it.

Democracies are not measured by their capacity to imprison enemies, but by their capacity to deliver justice without destroying the rule of law. Latin American history is full of examples where the promise of order ended up justifying systematic abuses of state power, and El Salvador itself knows this well.

It would be arrogant to ignore the relief of those who can now walk down streets they once avoided. But public policy should not be evaluated solely by its popularity. In a region where insecurity remains one of citizens’ chief concerns, the appeal of Bukelism will only keep growing. But those who look to El Salvador as if it were an exportable formula should also observe the shadows that accompany that strategy. Security is an indispensable condition for democracy, but when the state begins to systematically violate the norms it is supposed to protect, immediate success can end up sowing a problem as deep and lasting as the violence it aimed to eradicate.

 

El País: https://elpais.com/opinion/2026-03-16/las-sombras-de-bukele.html

 

Las sombras de Bukele

 

Un informe presentado la pasada semana ante Naciones Unidas por un grupo internacional de expertos lanzó una advertencia que América Latina no debería ignorar. Según sus conclusiones, existen “motivos razonables” para creer que en El Salvador se han cometido crímenes de lesa humanidad en el marco del régimen de excepción instaurado por Nayib Bukele en 2022 para combatir a las pandillas.

Nada de lo que señala el informe implica negar la realidad de la violencia que sufrió El Salvador durante décadas. Las pandillas fueron responsables de extorsión sistemática, homicidios y control territorial en amplias zonas del país, mientras el Estado parecía incapaz de recuperar el monopolio de la fuerza. Ese fracaso explica el enorme respaldo popular del que goza hoy el presidente Bukele entre ciudadanos que durante años vivieron bajo la amenaza constante de las maras. Ignorar ese alivio sería una lectura simplista de la realidad salvadoreña. Pero precisamente por esa historia, la tentación de celebrar cualquier solución rápida debería encender todas las alarmas.

Bukele se ha convertido en una figura admirada en buena parte del continente. En muchos países de América Latina su nombre se pronuncia con una mezcla de fascinación y envidia política. Ha logrado algo que durante décadas prometieron gobiernos de distinto signo sin conseguirlo: reducir drásticamente la violencia de las pandillas que habían convertido El Salvador en uno de los países más peligrosos del mundo.

Ese éxito, real y visible, explica por qué el llamado modelo Bukele se ha convertido en referencia para políticos de la región. Hoy no son pocos los dirigentes que sugieren que la única forma de enfrentarse al crimen organizado es replicar la receta salvadoreña: arrestos masivos, poderes excepcionales para el Estado y una política de seguridad que privilegia la eficacia inmediata sobre las garantías legales. En sociedades donde la violencia del crimen organizado ha erosionado durante años la confianza en las instituciones, el atractivo de una solución drástica resulta comprensible. Pero precisamente por eso la pregunta que América Latina debería hacerse no es solo si ese modelo funciona en términos de seguridad, sino qué precio exige a la sociedad que decide adoptarlo.

Las democracias no se miden por su capacidad de encarcelar enemigos, sino por su capacidad de impartir justicia sin destruir el Estado de derecho. La historia latinoamericana está llena de ejemplos en los que la promesa de orden terminó justificando abusos sistemáticos del poder estatal, y El Salvador mismo lo sabe bien.

Sería arrogante ignorar el alivio de quienes hoy pueden caminar por calles que antes evitaban. Pero las políticas públicas no deben evaluarse únicamente por su popularidad. En una región donde la inseguridad sigue siendo una de las principales preocupaciones ciudadanas, el atractivo del bukelismo seguirá creciendo. Pero quienes miran hacia El Salvador como si fuera una fórmula exportable deberían observar también las sombras que acompañan esa estrategia. La seguridad es una condición indispensable de la democracia, pero cuando el Estado comienza a violar sistemáticamente las normas que debería proteger, el éxito inmediato puede terminar sembrando un problema tan profundo y duradero como la violencia que pretendía erradicar.

 

El País: https://elpais.com/opinion/2026-03-16/las-sombras-de-bukele.html