Rodolfo Cardenal
12/03/2026
Until now, one of Bukele’s basic principles had been that El Salvador is free, sovereign, and independent. He sold himself, then, as a pure nationalist. In Miami, as is now usual for him, he did the opposite. Trump dictated to him, along with eleven other Latin American leaders, what he must do and how to do it. They all submissively accepted his orders. They are all ideologically aligned with him; that is, they tend toward absolutism and place blind faith in the use of state violence. They all smiled when he mocked Spanish and stayed silent when he referred to Latin America as “our region.” And they all fell in line with him from the start. Mexico, Colombia, and Brazil—which are more dignified and independent—were not invited, even though the first two have collaborated closely with Washington to combat the drug cartels and he will need all of them to achieve his goals.
Trump imposed three tasks on his guests. First, he ordered them to form a military alliance to unleash the firepower of their armies against the drug cartels and their terrorist networks, in a war of total annihilation. For his part, he promised them military training and to deploy allied armies to third countries. Consequently, the Salvadoran army has been placed under Trump’s orders. It will be interesting to see how it fights the armed forces of Ecuador’s cartels, which will not surrender without a fight like the domestic gangs did. In Haiti, it has not distinguished itself militarily.
Second, he demanded they stop emigration and accept the immigrants captured and deported by the U.S. repressive force, a job that Bukele has done satisfactorily. Halting domestic emigration northward is considerably more complicated, because to fulfill the assignment, Bukele would have to give credible reasons to the thousands who entertain the idea of leaving the country, such as substantially raising their standard of living and instilling confidence in security forces they fear as much as the gangs, and in a discredited justice system.
Third, he ordered them to halt the expansion of Chinese investment and aid. In recent years, the exchange of goods and services between Latin America and China has reached unprecedented levels. The order represents a major challenge for a Bukele who depends on China to build megastructures like the new library, the pride of the capital’s downtown, and Central America’s largest stadium, or for donations like electronic devices for schools. The current close and warm relations will have to cool down, even though Washington is not as generous as Beijing. Trump made it clear to his guests that they “must keep external threats at bay, including malign foreign influences from outside the Western Hemisphere”—that is, from China.
The surrender of national sovereignty was amply rewarded. Trump lavished praise on Bukele. None of the other leaders present, not even the Argentine, was honored like him. He was placed to Trump’s right in the summit’s official photograph, displacing the Chilean president to a secondary spot, and Trump called him “close,” a “friend,” “handsome,” and, above all, said he governs just the way he likes. Perhaps it is no coincidence that Bukele was the first to propose building a Shield of the Americas during the Costa Rican president’s visit last November. Bukele could not ask for more. In Miami, he was formally declared the ideal president of this new brand of imperialism.
The recognition is, however, exclusively personal—an exaltation of the presidential ego. Bukele has not used his enviable position to advocate for the diaspora vulnerable to violent deportation. Perhaps out of fear that a reprimand from Trump might shatter his exemplary image. Perhaps because he too thinks these immigrants are bad people, criminals, and traffickers who threaten the security of the United States. Therefore, they deserve deportation and prison. It seems Bukele and his circle only feel comfortable with the prosperous, legal diaspora, which admires them and gives them its vote, but has no intention of residing in the country.
Latin America has not been spared the destruction of its regional institutions. Trump, like Bukele, despises them. He prefers to surround himself with like-minded and obedient leaders, like those gathered in Miami. The twelve leaders present, plus the other five who signed on to the alliance, must be clear that Trump did not create it to promote the well-being and security of their nations, but to use it for his own convenience.
The American empire is back, but in a more brutal version than that of the last century. And, just like back then, with the active collaboration of Latin Americans who naively throw themselves into its arms.
Rodolfo Cardenal, director of the Monsignor Romero Center.
UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/el-imperio-esta-de-regreso
El imperio está de regreso
Rodolfo Cardenal
12/03/2026
Hasta ahora, uno de los principios básicos de Bukele había sido que El Salvador es libre, soberano e independiente. Se vendía, pues, como un nacionalista puro. En Miami, como ya es usual en él, hizo lo contrario. Trump le dictó, junto a otros once mandatarios latinoamericanos, lo que debe hacer y cómo hacerlo. Todos aceptaron sumisamente sus órdenes. Todos son ideológicamente afines a él, es decir, tienden al absolutismo y confían ciegamente en el uso de la violencia pública. Todos sonrieron cuando se mofó del español y guardaron silencio cuando se refirió a América Latina como “nuestra región”. Y todos se alinearon con él desde el comienzo. México, Colombia y Brasil, más dignas e independientes, no fueron invitadas, pese a que las dos primeras han colaborado estrechamente con Washington para combatir los carteles de la droga y que necesitará de todas ellas para alcanzar sus objetivos.
Trump impuso tres tareas a sus invitados. En primer lugar, les ordenó integrar una alianza militar para desatar el poder de fuego de sus ejércitos contra los carteles de la droga y sus redes terroristas, en una guerra de aniquilación total. Por su parte, les prometió entrenamiento militar y movilizar a los ejércitos aliados a terceros países. En consecuencia, el ejército salvadoreño ha quedado bajo las órdenes de Trump. Será interesante comprobar cómo combate a las fuerzas armadas de los carteles de Ecuador, las cuales no se entregarán sin luchar tal como lo hicieron las pandillas nacionales. En Haití, no se ha destacado militarmente.
En segundo lugar, les exigió detener la emigración y aceptar a los inmigrantes capturados y deportados por la fuerza represiva estadounidense, un trabajo que Bukele ha hecho satisfactoriamente. Frenar la emigración nacional hacia el norte es bastante más complicado, porque para cumplir con el encargo Bukele tendría que dar motivos creíbles a los miles que acarician la idea de abandonar el país, como elevar sustancialmente su nivel de vida e infundirles confianza en unas fuerzas de seguridad que temen tanto como a las pandillas y en una administración de justicia desacreditada.
En tercer lugar, les mandó detener la expansión de la inversión y la ayuda de China. En los últimos años, el intercambio de bienes y servicios entre América Latina y China ha alcanzado cotas inéditas. La orden representa un desafío grande para un Bukele que depende de China para construir megaestructuras como la nueva biblioteca, orgullo del centro de la capital, y el estadio más grande de Centroamérica, o de donaciones como dispositivos electrónicos para las escuelas. Las actuales relaciones cercanas y cálidas deberán enfriarse, a pesar de que Washington no es tan generosa como Beijín. Trump dejó claro a sus invitados que “deben mantener a raya las amenazas externas, incluidas las influencias extranjeras malignas provenientes de fuera del hemisferio occidental”, es decir, de China.
La entrega de la soberanía nacional fue recompensada con creces. Trump se deshizo en halagos a Bukele. Ninguno de los otros mandatarios presentes, ni siquiera el argentino, fue honrado como él. Lo colocaron a la derecha de Trump en la fotografía oficial de la cumbre, desplazando a un lugar secundario al presidente chileno, y aquel lo llamó “cercano”, “amigo”, “apuesto” y, sobre todo, que gobierna tal como a él le gusta. Tal vez no sea casualidad que Bukele haya sido el primero en proponer la construcción de un escudo de las Américas durante la visita del presidente de Costa Rica en noviembre pasado. Bukele no podía pedir más. En Miami, fue declarado formalmente el presidente ideal del imperialismo de nuevo cuño.
El reconocimiento es, sin embargo, exclusivamente personal, una exaltación del ego presidencial. Bukele no ha usado su envidiable posición para abogar por la diáspora vulnerable a una deportación violenta. Quizás por temor a que la reprimenda de Trump haga añicos su imagen ejemplar. Quizás porque él también piensa que estos inmigrantes son gentes malas, criminales y traficantes, que amenazan la seguridad de Estados Unidos. Por tanto, merecen la deportación y la cárcel. Al parecer, Bukele y los suyos solo se sienten a gusto con la diáspora próspera y legal, que los admira y les da el voto, pero que no tiene la intención de residir en el país.
América Latina no se ha librado de la destrucción de su institucionalidad regional. Trump, igual que Bukele, la desprecia. Prefiere rodearse de mandatarios afines y obedientes, como los reunidos en Miami. Los doce mandatarios presentes más los otros cinco que suscribieron la alianza deben tener claro que Trump no la creó para promover el bienestar y la seguridad de sus naciones, sino para servirse de ella según sus conveniencias.
El imperio estadounidense está de regreso, pero en una versión más brutal que la del siglo pasado. Y, al igual que entonces, con la colaboración activa de latinoamericanos que ingenuamente se entregan en sus brazos.
Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.
UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/el-imperio-esta-de-regreso
