Over the past few decades, Latin America has undergone transformations in its political systems. Yet within the context of authoritarian or hybrid governments, state practices of persecution against those who challenge the exercise or distribution of public power persist and even reconfigure themselves. These practices target human rights defenders, social accountability advocates, public policy critics, and members of organized political opposition parties. While these repressive methods adapt to the tools at hand, they typically evolve toward a model of judicialized persecution, in which the justice system—particularly its criminal branch—becomes the weapon of choice for contemporary authoritarian governments. Tactics are calibrated to the victim’s profile and the degree of threat perceived by those who wield power. Consequently, whether through “political trials” or legal proceedings cloaked in legality yet driven by an ulterior motive to punish dissent, the region’s authoritarian regimes have refined a repertoire of legal coercion that enables them to persecute their targets under a veneer of institutional legitimacy. This phenomenon not only exposes the judicialization of politics but also lays bare a perverse paradox: institutions designed to protect rights are systematically hollowed of their fundamental safeguards and repurposed as instruments of political exclusion.
El Salvador has been no exception. Since Nayib Bukele took office in 2019, democratic backsliding and the concentration of power have accelerated, reaching a critical inflection point in 2021 following the political capture of the country’s principal justice institutions. Since then, the judicial and prosecutorial apparatus has been subjected to systematic and undue political influence, curtailing its capacity to hold political power in check and to guarantee human rights.
In this context, a strategy of political persecution has unfolded—one that blends judicial, extrajudicial, and media-driven actions against individuals identified as regime dissidents. These actions have produced a chilling and deterrent effect on the exercise of fundamental rights, particularly regarding freedom of expression, political participation, and the protection of human rights defenders.
In light of this reality, the present report seeks to analyze the factors behind the resurgence of political persecution in El Salvador, drawing on the documentation of cases recorded between June 2019 and May 2025.
El precio de disentir: Criminalización y persecución política en El Salvador (2019-2025)
Durante las últimas décadas, América Latina ha experimentado transformaciones en sus sistemas políticos. No obstante, en el contexto de gobiernos autoritarios o híbridos persisten, e incluso se reconfiguran, prácticas estatales de persecución contra quienes cuestionan el ejercicio o la distribución del poder público. Estas prácticas alcanzan a defensoras y defensores de derechos humanos, actores de contraloría social, críticos de políticas públicas y miembros de la oposición organizada en partidos políticos. Estas formas represivas se han adaptado en función de las herramientas disponibles, pero suelen evolucionar hacia un modelo de persecución judicializada, donde el sistema judicial, en especial el penal, se convierte en el arma predilecta de los gobiernos autoritarios contemporáneos. Las tácticas se ajustan al perfil de la víctima y al grado de amenaza percibida por quienes ostentan el poder. Así, ya sea mediante «juicios políticos» o a través de procesos judiciales revestidos de legalidad pero con un propósito ulterior de castigar la disidencia, los regímenes autoritarios de la región han perfeccionado un repertorio de coerción legal que les permite perseguir bajo una apariencia de legitimidad institucional. Este fenómeno no solo evidencia la judicialización de la política, sino que también revela una paradoja perversa: las instituciones diseñadas para proteger derechos son sistemáticamente vaciadas de su contenido garantista y reconvertidas en instrumentos de exclusión política.
El Salvador no ha sido la excepción. Desde la llegada de Nayib Bukele al poder en 2019 se han acelerado el deterioro democrático y la concentración del poder, con un punto de inflexión crítico en 2021 tras la captura política de las principales instituciones de justicia. Desde entonces, la institucionalidad judicial y fiscal ha estado sujeta a una influencia política indebida y sistemática, limitando su capacidad de controlar al poder político y de garantizar los derechos humanos.
En este contexto, se ha desplegado una estrategia de persecución política que combina acciones judiciales, extrajudiciales y mediáticas contra personas identificadas como disidentes del régimen. Estas acciones han tenido un efecto silenciador y disuasorio sobre el ejercicio de derechos fundamentales, especialmente en lo relativo a la libertad de expresión, la participación política y la protección de quienes defienden derechos humanos.
Frente a este escenario, el presente informe busca analizar los factores que explican el resurgimiento de la persecución política en El Salvador, a partir de la documentación de los casos registrados entre junio de 2019 y mayo de 2025.
