The future was pitched as utopia: Adopting Bitcoin would catapult El Salvador into a techno-libertarian paradise, banking the unbanked, attracting global innovators and financing futuristic projects, from a popular digital wallet to smart cities and Volcano bonds.
That was the grand promise sold by Nayib Bukele when in 2021 the country became the world’s first to make the cryptocurrency legal tender. Five years on, however, little of Bitcoin’s upside has materialized while the costs — financial and reputational — keep piling up. The slump in Bitcoin’s price, roughly halved from its October peak, has exposed the reckless risks the tech-savvy millennial president has taken in pursuit of his crypto obsession.
It’s not just about the paper losses accumulated in recent months. By doubling down on the bet, spending more than $100 million on new tokens in November even before the worst of the sell-off, Bukele has put the country’s $1.4 billion program with the International Monetary Fund, approved last year, at risk. The agreement explicitly required the government to keep its overall Bitcoin holdings unchanged. That makes the move to add tokens, including his continued one-a-day Bitcoin purchases, look at best strikingly immature.
IMF programs usually derail when fiscal austerity collides with fierce political resistance, the economy slides into a recessionary loop or an external shock triggers a balance-of-payments crisis. None of that applies here. El Salvador, a dollarized economy, has in fact made some inroads in trimming the deficit and rebuilding international reserves, ending 2025 with 4% growth and a solid outlook for this year that has supported its sovereign bonds. What’s more, the government has also followed several IMF requests to curb its exposure to crypto, amending the law to make the acceptance of the token voluntary and seeking buyers for its digital wallet, Chivo.
The problem is simpler: Bukele can’t stop buying Bitcoin, as if it were a personal addiction. The record November purchase of almost 1,100 tokens, when the crypto was still trading above $90,000, proved particularly disastrous. At around $68,000 on Tuesday, the value of the country’s 7,580 BTCs are worth about $515 million, down from a peak of near $800 million. The long-term position is harder to pin down but still likely profitable. I asked ChatGPT to estimate the money spent by El Salvador based on reported historical transactions and recent deals and it came up with an average purchase price of $53,000 per coin, implying a total cost near $400 million (or a 28% return at current prices).
But that’s beside the point. If the country’s fiscal credibility depended on how good a Bitcoin trader Bukele is, he would never have gone knocking on the IMF’s door in the first place. Having done so, he should now honor the commitments he made: Sell a meaningful share of the tokens as a good-faith gesture and restart talks on the delayed second review of the program alongside the upcoming third. He also needs to move decisively on pension reform.
Instead, Bukele seems to be betting that a market rebound will bail him out, as it has before. Failing that, he may try to secure a financial lifeline from his admirer President Donald Trump, given his administration’s softer stance toward ideological allies in Latin America. Neither path looks particularly easy — or rational — compared with the most straightforward option. But policymaking in authoritarian countries often follows the instincts of a capricious leader surrounded by a yes-sir entourage.
In a way, it’s understandable. For someone who has championed Bitcoin since at least 2017 and invested so much political capital in the project, backing down now would mean admitting the gamble went too far. Yet in the recent price rout he should read something deeper than market volatility. If Bitcoin cannot hedge a fully dollarized economy like El Salvador’s during a period of cyclical dollar weakness such as now, then what exactly is its purpose? Bukele might well have been better off tying his fortunes to gold. The bigger question is more troubling: What will this whole experiment mean for the country and its economic program if crypto’s promised value ultimately proves to be just an illusion, as some experts warn? The risks are asymmetrical.
For all the talk of turning El Salvador into an oasis of individual empowerment and freedom from central bank tyranny, the reality is more prosaic. This $37 billion Central American economy relies ever more on hard-currency remittances. The money sent home by Salvadorans living mostly in the US grew 18% last year and already represents about a quarter of the country’s GDP. And despite Bukele’s digital fixation, it’s the brick-and-mortar economy delivering results, including buoyant tourism and construction sectors underpinned by his sweeping security strategy, which has also boosted consumer confidence. That’s the credible path to becoming the Singapore of Latin America one day, not an increasingly dated crypto dream.
With presidential elections a year away, blowing up the IMF program would bring down one of El Salvador’s key pillars. El Salvadorans should hope their president wakes up to the real cost of his Bitcoin fantasy before that happens.
El desplome del bitcóin trastoca la utopía digital de Bukele
El futuro se planteaba como una utopía: adoptar el bitcóin catapultaría a El Salvador hacia un paraíso tecnolibertario, bancarizaría a los excluidos del sistema, atraería a innovadores globales y financiaría proyectos futuristas, desde una popular billetera digital hasta ciudades inteligentes y bonos Volcán.
Esa fue la gran promesa que vendió Nayib Bukele cuando, en 2021, el país se convirtió en el primero del mundo en adoptar la criptomoneda como moneda de curso legal. Sin embargo, cinco años después, poco o nada de los beneficios del bitcóin se ha materializado, mientras los costos —financieros y reputacionales— no dejan de acumularse. El desplome del precio del bitcóin, reducido a casi la mitad desde su máximo de octubre, ha dejado al descubierto los riesgos temerarios que este presidente milenial y aficionado a la tecnología ha asumido en su afán por saciar su obsesión cripto.
No se trata solo de las pérdidas contables acumuladas en los últimos meses. Al redoblar la apuesta, gastando más de 100 millones de dólares en nuevos tokens en noviembre —incluso antes de lo peor de la venta masiva—, Bukele ha puesto en riesgo el programa de 1.400 millones de dólares del país con el Fondo Monetario Internacional (FMI), aprobado el año pasado. El acuerdo exigía explícitamente que el gobierno mantuviera intactas sus tenencias totales de bitcóin. Eso hace que la decisión de sumar tokens, incluidas sus incesantes compras de un bitcóin diario, resulte, en el mejor de los casos, de una inmadurez sorprendente.
Por lo general, los programas del FMI se descarrilan cuando la austeridad fiscal choca con una feroz resistencia política, la economía cae en una espiral recesiva o un choque externo desencadena una crisis de balanza de pagos. Nada de eso ocurre aquí. De hecho, El Salvador, una economía dolarizada, ha logrado ciertos avances en la reducción del déficit y la reconstrucción de sus reservas internacionales, cerrando 2025 con un crecimiento del 4 % y perspectivas sólidas para este año, lo cual ha respaldado sus bonos soberanos. Es más, el gobierno también ha acatado varias directrices del FMI para frenar su exposición a las criptomonedas, modificando la ley para que la aceptación del token sea voluntaria y buscando compradores para su billetera digital, Chivo.
El problema es más simple: Bukele no puede dejar de comprar bitcóin, como si se tratara de una adicción personal. La compra récord de casi 1.100 tokens en noviembre, cuando la criptomoneda aún cotizaba por encima de los 90.000 dólares, resultó particularmente desastrosa. Con un precio que rondaba los 68.000 dólares el martes, el valor de los 7.580 BTC del país asciende a unos 515 millones de dólares, una caída drástica frente a su punto máximo de casi 800 millones. La posición a largo plazo es más difícil de determinar, pero es probable que siga siendo rentable. Le pedí a ChatGPT que calculara el dinero gastado por El Salvador basándose en el historial de transacciones reportadas y operaciones recientes, y arrojó un precio promedio de compra de 53.000 dólares por moneda, lo que implica un costo total cercano a los 400 millones de dólares (o un rendimiento del 28 % a los precios actuales).
Pero eso no viene al caso. Si la credibilidad fiscal del país dependiera de la destreza de Bukele como operador de bitcóin, para empezar, nunca habría ido a tocar la puerta del FMI. Habiéndolo hecho, ahora debería cumplir los compromisos asumidos: vender una parte significativa de los tokens como gesto de buena fe y retomar las negociaciones de la aplazada segunda revisión del programa, a la par de la inminente tercera revisión. También necesita avanzar con firmeza en la reforma de las pensiones.
En cambio, Bukele parece apostar a que un repunte del mercado lo sacará de apuros, tal como ha ocurrido en el pasado. De fallar esto, podría intentar conseguir un salvavidas financiero de su admirador, el presidente Donald Trump, dada la postura más indulgente de su gobierno hacia sus aliados ideológicos en América Latina. Ninguno de estos caminos parece particularmente fácil —ni racional— en comparación con la opción más directa. Sin embargo, la formulación de políticas en los países autoritarios a menudo sigue los instintos de un líder caprichoso rodeado de un séquito obsecuente.
En cierto modo, es comprensible. Para alguien que ha sido adalid del bitcóin al menos desde 2017 y ha invertido tanto capital político en el proyecto, retroceder ahora significaría admitir que la apuesta llegó demasiado lejos. Aun así, debería interpretar el reciente descalabro de los precios como algo más profundo que la simple volatilidad del mercado. Si el bitcóin no puede servir de cobertura para una economía totalmente dolarizada como la de El Salvador durante un período de debilidad cíclica del dólar como el actual, entonces, ¿cuál es exactamente su propósito? A Bukele le habría ido mucho mejor atando su suerte al oro. La pregunta de fondo resulta aún más inquietante: ¿qué significará todo este experimento para el país y su programa económico si el valor prometido de las criptomonedas termina siendo, al final, una mera ilusión, tal como advierten algunos expertos? Los riesgos son asimétricos.
A pesar de todo el discurso sobre convertir a El Salvador en un oasis de empoderamiento individual y libertad frente a la tiranía de los bancos centrales, la realidad es mucho más prosaica. Esta economía centroamericana de 37.000 millones de dólares depende cada vez más de las remesas en divisas fuertes. El dinero enviado por los salvadoreños que residen principalmente en Estados Unidos creció un 18 % el año pasado y ya representa alrededor de una cuarta parte del PIB del país. Y a pesar de la fijación digital de Bukele, es la economía tangible la que está dando resultados, incluyendo los pujantes sectores del turismo y la construcción, apuntalados por su vasta estrategia de seguridad, que a su vez ha impulsado la confianza del consumidor. Ese es el camino factible para llegar a ser algún día el Singapur de América Latina, y no un sueño cripto cada vez más caduco.
A un año de las elecciones presidenciales, dinamitar el programa del FMI echaría por tierra uno de los pilares fundamentales de El Salvador. A los salvadoreños solo les queda esperar que su presidente abra los ojos ante el verdadero costo de su fantasía del bitcóin antes de que eso suceda.

