The deaths of four individuals in recent clashes with officers of the police (PNC) warrant public attention and an institutional response. In every instance, the official narrative claims the officers acted in self-defense while responding to domestic violence calls. Without preemptively contradicting the official account, the soundest course of action is to investigate such cases thoroughly and independently, ensuring that security institutions do not distort their fundamental mandate.
The core issue is not to deny the very real risks officers face in the line of duty. Domestic violence, the presence of bladed weapons or firearms, and the agitated states of those involved can instantly turn a police intervention into a life-threatening scenario. Under such circumstances, the law provides for legitimate self-defense. However, precisely because this involves the exercise of the State’s coercive power, every single case must be investigated with rigor and transparency.
The State, as several current officials have noted, holds the monopoly on force. That authority, essential for preserving social order and ensuring citizen security, also carries an immense responsibility. It does not mean that force can be exercised free from control or scrutiny. For the greater the power, the greater the oversight required to constrain it.
It bears remembering that Article 159 of the Constitution of El Salvador mandates that public security falls under the purview of the police—a professional body, independent from the Armed Forces, and free from all partisan activity—whose actions must be carried out in strict accordance with the law and with absolute respect for human rights.
Furthermore, this recent string of events unfolds within a unique institutional context. The country has been operating under a state of exception for several years, while institutional oversight and accountability mechanisms have exhibited limitations in fully carrying out their duties. Against this backdrop, transparency in police procedures becomes even more imperative.
Experts point out that when civilians are killed during interventions by State agents, investigations must meet rigorous standards, such as those set forth in the Minnesota Protocol on the Investigation of Potentially Unlawful Death. Applying such standards does not seek to weaken the police, but rather to bolster the legitimacy of their actions.
It is equally pertinent to review the operational conditions under which officers work, including the need for non-lethal equipment—such as stun guns—that allows them to neutralize violent situations without necessarily resorting to firearms. In many countries, adopting these resources is a core component of modern policies regarding the proportional use of force.
Scrutiny of police procedures must not be construed as an attack on the security forces. On the contrary, it serves to improve their protocols, strengthen institutional vetting processes, and safeguard public trust in the very institution tasked with protecting it.
The police perform a complex and dangerous duty, and society requires effective security institutions. Yet for this very reason, every operation that results in a fatality must be investigated with utmost seriousness, independence, and transparency. The authority of the State does not rest solely on its capacity to project force, but rather on its commitment to doing so strictly within the confines of the law. When this principle is upheld, security and democracy mutually reinforce one another. When it falters, both begin to erode.
Transparencia de la fuerza, escrutinio y confianza
La muerte de cuatro personas en enfrentamientos con agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) en días recientes merece atención pública y respuesta institucional. En todos los casos, la versión oficial ha sido que los agentes actuaron en legítima defensa al atender situaciones de violencia intrafamiliar. Sin entrar en contradicción a priori con la versión oficial, lo más sano es que este tipo de casos sean investigados a fondo y de manera independiente para evitar que las instituciones encargadas de la seguridad desnaturalicen sus tareas.
La cuestión central no es negar el riesgo real que enfrentan los policías en el ejercicio de sus funciones. La violencia doméstica, el uso de armas blancas o de fuego y los estados de alteración de las personas involucradas pueden convertir una intervención policial en un escenario de peligro inmediato. En esas circunstancias, la ley contempla la legítima defensa. Pero precisamente por tratarse del ejercicio del poder coercitivo del Estado, cada caso debe investigarse con rigor y transparencia.
El Estado, como han señalado varios funcionarios actuales, tiene el monopolio de la fuerza. Esa potestad, necesaria para preservar el orden social y garantizar la seguridad de los ciudadanos, conlleva también una enorme responsabilidad. No significa que la fuerza pueda ejercerse sin control ni sin escrutinio. Porque cuando el poder es mayor, también debe ser mayor la vigilancia que lo limita.
Hay que recordar que la Constitución de El Salvador establece en su artículo 159 que la seguridad pública estará a cargo de la Policía Nacional Civil, un cuerpo profesional, independiente de la Fuerza Armada y ajeno a toda actividad partidista, cuya actuación debe desarrollarse con apego a la ley y con estricto respeto a los derechos humanos.
La sucesión de hechos recientes ocurre, además, en un contexto institucional particular. El país vive bajo régimen de excepción desde hace varios años, mientras que los mecanismos de control y fiscalización institucional han mostrado limitaciones para ejercer plenamente su función. En ese escenario, la transparencia en los procedimientos policiales se vuelve aún más necesaria.
Los especialistas recuerdan que cuando muertes de civiles ocurren en intervenciones de agentes del Estado, las investigaciones deben cumplir estándares rigurosos, como los establecidos en el Protocolo de Minnesota para casos de muertes potencialmente ilícitas. La aplicación de este tipo de normas no busca debilitar a la policía, sino fortalecer la legitimidad de su actuación.
También es pertinente revisar las condiciones operativas en que trabajan los agentes, como la necesidad de contar con equipos no letales —como armas de electrochoque— que permitan neutralizar situaciones violentas sin recurrir necesariamente al uso de armas de fuego. En muchos países, la incorporación de estos recursos forma parte de las políticas modernas de uso proporcional de la fuerza.
El escrutinio de los procedimientos policiales no debe interpretarse como un ataque a las fuerzas de seguridad. Al contrario, esto contribuye a mejorar sus protocolos, a fortalecer los procesos de depuración institucional y a preservar la confianza ciudadana en la institución encargada de protegerla.
La policía cumple una tarea compleja y arriesgada, y la sociedad necesita instituciones de seguridad eficaces. Pero precisamente por ello, cada procedimiento que termina en una muerte debe ser investigado con seriedad, independencia y transparencia. La autoridad del Estado no se sostiene solo en su capacidad de ejercer la fuerza, sino en su compromiso de hacerlo siempre dentro de la ley. Cuando ese principio se mantiene, la seguridad y la democracia se refuerzan mutuamente. Cuando se debilita, ambas comienzan a erosionarse.
