By Daniel Zovatto, director and editor of Radar Latam 360
The problem with the so-called “Bukele Model” is that beyond the allure generated by its brand of “punitive populism,” the model is not easily exportable without simultaneously replicating its architecture of power.
And that architecture rests on far more than an iron fist.
For it to work — and to date no other country has achieved results similar to those of Nayib Bukele in El Salvador — it requires a near-total concentration of political power in the Executive. To this we must add El Salvador’s small size, and the fact that Bukele’s offensive has targeted the maras above all, rather than the major drug-trafficking cartels.
Moreover, in the Salvadoran case, the president not only commands a supermajority in a unicameral Legislative Assembly that enables him to enact any legal or constitutional reform he desires; he also exercises decisive control over the judiciary, the Fiscalía General (Attorney General’s Office), and the Sala de lo Constitucional (Constitutional Chamber), which functions as a de facto constitutional court capable of reinterpreting the Magna Carta to suit the president’s needs. It was that very Chamber that authorized a reelection the Constitution originally prohibited and that subsequently endorsed reforms opening the door to indefinite reelection. The institutional scaffolding has been progressively reconfigured to align with the presidential project.
Added to this is the uninterrupted enforcement of the state of exception for more than three years, accompanied by thousands of detentions, reports of arbitrary actions, and serious allegations of human rights violations and attacks on press freedom — compounded by the persecution of human rights defenders, some of whom remain imprisoned, and journalists who have been forced to flee the country to avoid incarceration.
Security — genuinely improved in terms of homicide rates — has come at the cost of the systematic erosion of democratic checks and balances and the marked weakening of the rule of law.
In essence, the model operates as a Faustian bargain: the president offers order and a drastic reduction in crime in exchange for concentrating all political power in his hands. The citizenry, exhausted by decades of violence, accepts the transaction. The institutional toll is enormous.
Bukele has buttressed this domestic design with a pragmatic, privileged relationship with Donald Trump, who has chosen to look the other way in the face of authoritarian drift and the weakening of the rule of law. For Washington, El Salvador becomes a key functional partner — for example, by accepting irregular migrants deported to its megaprison, the CECOT; for Bukele, that international alignment eases external pressure.
Clearly, this is not the security model Latin America needs if the region aspires to strengthen — rather than hollow out — its democracies and its rule of law.
The real challenge lies elsewhere: to date, no government in the region has managed to design an effective strategy against organized crime that delivers tangible results while fully upholding the rule of law, democracy, human rights, and press freedom.
Therein lies the greatest danger of the “toxic allure” of the Salvadoran experiment. In the face of citizen frustration and the urgency of answers, the promise of immediate effectiveness tends to eclipse the long-term institutional costs. And that is precisely the dilemma the region confronts today.
López-Dóriga Digital: https://lopezdoriga.com/internacional/peligrosa-seduccion-toxica-modelo-bukele-daniel-zovatto/
La peligrosa seducción tóxica del “Modelo Bukele”, por Daniel Zovatto
Por Daniel Zovatto, director y editor de Radar Latam 360
El problema del llamado “Modelo Bukele” es que más allá de la seducción que su modelo de “populismo punitivo” genera, dicho modelo no es fácilmente exportable sin replicar, al mismo tiempo, su arquitectura de poder.
Y esa arquitectura descansa en algo más que en la mano dura.
Para que funcione —y hasta ahora ningún otro país ha logrado resultados similares a los de Nayib Bukele en El Salvador— se requiere una concentración casi total del poder político en el Ejecutivo. A ella debemos agregar el tamaño pequeño del El Salvador, y el hecho de que la ofensiva de Bukele haya sido mayoritariamente en contra de las maras y no los grandes carteles del narcotráfico.
Además, en el caso salvadoreño, el presidente no solo dispone de mayoría calificada en una Asamblea Legislativa unicameral que le permite hacer cualquier tipo de reforma legal y constitucional que desee; también ejerce un control decisivo sobre el poder judicial, la Fiscalía General y la Sala de lo Constitucional, que opera como una suerte de corte constitucional capaz de reinterpretar la Carta Magna según las necesidades del mandatario. Fue esa misma Sala la que habilitó una reelección que la Constitución originalmente prohibía y la que avaló, posteriormente, reformas que abrieron la puerta a la reelección indefinida. El andamiaje institucional ha sido progresivamente reconfigurado para alinearse con el proyecto presidencial.
A ello se suma la vigencia ininterrumpida del estado de excepción desde hace más de tres años, con miles de detenciones, denuncias de arbitrariedades y serios cuestionamientos por violaciones a derechos humanos y a la libertad de prensa, unido a la persecución de defensores de derechos humanos — algunos de ellos presos—y periodistas que han debido huir del país para evitar la cárcel.
La seguridad —efectivamente mejorada en términos de homicidios— ha tenido como contracara la erosión sistemática de los contrapesos democráticos y el marcado debilitamiento del Estado de derecho.
En esencia, el modelo funciona como un pacto fáustico: el presidente ofrece orden y reducción drástica del crimen a cambio de concentrar todo el poder político en sus manos. La ciudadanía, agotada por décadas de violencia, acepta la transacción. El costo institucional es enorme.
Bukele ha complementado este diseño interno con una relación pragmática y privilegiada con Donald Trump, quien ha optado por mirar hacia otro lado frente a los desvíos autoritarios y el debilitamiento del Estado de derecho. Para Washington, El Salvador se convierte en un socio funcional clave —por ejemplo, al aceptar en su megaprisión, el CECOT, a migrantes irregulares deportados—; para Bukele, esa sintonía internacional reduce presiones externas.
Claramente, este no es el modelo de seguridad que América Latina necesita si aspira a fortalecer —y no vaciar— sus democracias y su Estado de derecho.
El verdadero desafío es otro: hasta ahora, ningún gobierno de la región ha logrado diseñar una estrategia eficaz de lucha contra el crimen organizado que combine resultados tangibles con pleno respeto al Estado de derecho, la democracia, los derechos humanos y la libertad de prensa.
Allí reside el mayor peligro de la “seducción tóxica” del experimento salvadoreño. Ante la frustración ciudadana y la urgencia de respuestas, la promesa de eficacia inmediata suele eclipsar los costos institucionales de largo plazo. Y ese es, precisamente, el dilema que hoy enfrenta la región.
López-Dóriga Digital: https://lopezdoriga.com/internacional/peligrosa-seduccion-toxica-modelo-bukele-daniel-zovatto/

