Since his first election as president of the Republic of El Salvador in June 2019, and his unconstitutional second election, Nayib Bukele has exhibited authoritarianism and autocracy, ultimately transforming El Salvador into a regime with glaring dictatorial traits. One of the most significant manifestations of this authoritarianism was the self-coup of February 9, 2020. Let us examine the context in which it occurred, how it unfolded, and its dire consequences for the Salvadoran people.
The president had requested that the National Assembly approve a $109 million loan for his public security plan, known as Territorial Control. The stated objective of this initiative was to curb the country’s high crime rates. GANA, the allied political party that enabled Bukele to run for the presidency, held a minority position in the Assembly at the time against ARENA and the Farabundo Martí National Liberation Front (FMLN). The party backing Bukele therefore lacked the votes to pass the legislation the president demanded.
On February 9, 2020, Bukele issued an emergency summons to the Legislative Assembly to approve the aforementioned loan, which had been challenged on constitutional grounds. This situation led the opposition faction within the Legislative Assembly to reject the summons. Faced with their refusal, Bukele called for a popular uprising, urging citizens to gather outside the Assembly to pressure it into approving the extraordinary loan. The Army publicly pledged its loyalty to him and declared its readiness to carry out his orders. The Armed Forces occupied the streets adjacent to the Assembly and, ultimately, the legislative chamber itself.
That same day, with only 28 of the 84 lawmakers present, Bukele seized control of the Assembly surrounded by soldiers and police, breaching the legislative security perimeter. He sat in the chair of the president of the legislative branch, struck the gong to open the session, fell silent, covered his face with his hands, and began to pray. Invoking divine legitimacy, he declared that God had spoken to him and told him to “be patient.”
The military takeover of the Assembly and Bukele’s usurpation of the role of the president of the legislature constituted an assault on the independence and separation of powers, as well as on democracy itself—in short, a self-coup that he sought to legitimize religiously through prayer. This gesture, along with his authoritarian and repressive policies, enjoyed the unconditional backing of evangelical fundamentalism and its pastors, who have been advising Bukele since his inauguration and shaping his political-religious agenda through the confessionalization of the public sphere. It is even possible that they suggested this move, as they have with many of his proposals to entangle religion with public life.
The political support he commanded on that grim anniversary came from his allied party, the army, and the police. By militarily seizing Parliament, he demonstrated his refusal to engage in dialogue and his inability to forge agreements with the various political forces represented in the Legislative Assembly. To this day, he remains closed to dialogue.
Numerous civil society groups condemned the militarization, confessionalization, and usurpation of the national legislative space. The opposition called for intervention by the Organization of American States (OAS) to halt what it characterized as a “self-coup.” However, the inter-American body issued no definitive statement on the matter and, days later, endorsed Bukele.
“From a historical and political standpoint, and viewing subsequent events in perspective,” asserts Leonel Herrera, a Salvadoran journalist and environmental activist, “February 9, 2020, was a warning of what was to come [in El Salvador]. That is when the autocrat dropped his democratic mask, bared his authoritarian claws, and clearly signaled the regime he sought to install.”
We must not forget February 9, 2020. What has transpired in the six years since that date has only confirmed his boundless, antidemocratic aspirations for absolute power—aspirations he has realized by trampling on human rights, arbitrarily imprisoning citizens, and restricting freedom of expression, forcing numerous journalists into exile.
He has accomplished all of this by executing Donald Trump’s despotic playbook and walking the exact same path, which legitimizes his mode of governance. The grand satrap Trump is the master to the petty satrap Bukele; he is his authoritarian political lodestar, whom Bukele mimics in every economic, social, and cultural policy. Both rely on the backing of evangelical fundamentalism. At a meeting between Bukele and fundamentalist evangelical pastors, Pastor Mario Bramnick, an advisor to Trump, announced that Bukele’s rise marked the end of captivity for El Salvador and all of Latin America, declaring him the liberator of his country:
“The time of captivity is over. The Lord is raising up Cyruses not only in the United States but in Latin America. Bolsonaro is a Cyrus; President Bukele is a Cyrus for this time. God is upon him.”
The alliance between Bukele and fundamentalist evangelical churches is the clearest proof that El Salvador’s current political-religious model is Christo-neofascism, a concept I explore in my book La Internacional del odio. ¿Cómo se construye? ¿Cómo se deconstruye? (Icaria, 2025, 4th edition).
Religión Digital: https://www.religiondigital.org/el_blog_de_juan_jose_tamayo/nayib-bukele-orar-palacio-legislativo_132_1442945.html
Nayib Bukele: Orar en el Palacio Legislativo de El Salvador
Desde su primera elección como presidente de la República de El Salvador en junio de 2019, y su segunda elección anticonstitucional Nayib Bukele viene dando muestras de autoritarismo y autocracia, hasta convertir El Salvador en un régimen con rasgos dictatoriales evidentes. Uno de los momentos más significativos de dicho autoritarismo fue el autogolpe de Estado del 9 de febrero de 2020. Veamos el contexto en el que se produjo, su desarrollo y las funestas consecuencias para el pueblo salvadoreño.
El presidente había pedido a la Asamblea Nacional la aprobación de un crédito de 109 millones de dólares para su plan de seguridad pública, denominado Control Territorial. El objetivo declarado de esta iniciativa era controlar los altos índices de criminalidad del país. GANA, la formación política aliada que le permitió a Bukele competir por la presidencia, se encontraba entonces en minoría en la Asamblea frente a ARENA y el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). El partido que apoyaba a Bukele no podía, por tanto, aprobar la ley que reclamaba el presidente.
El 9 de febrero de 2020, Bukele convocó por vía de urgencia a la Asamblea Legislativa para aprobar el crédito mencionado que había sido impugnado por fallas de tipo constitucional. Esta situación llevó a la parte opositora de la Asamblea Legislativa a rechazar la convocatoria. Ante la negativa, Bukele hizo un llamamiento a la insurrección popular pidiendo a la gente que acudiera al exterior de la Asamblea para presionarla con el objetivo de aprobar el crédito extraordinario. El Ejército le prestó públicamente lealtad y le mostró su disposición a cumplir sus órdenes. Las Fuerzas Armadas ocuparon las calles adyacentes a la Asamblea y finalmente el recinto legislativo.
Ese mismo día, con la sola asistencia de 28 de los 84 diputados, Bukele tomó la Asamblea rodeado de militares y policías, violando el dispositivo de seguridad legislativa. Se sentó en la silla del presidente del Poder Legislativo, hizo sonar el gong para abrir la sesión. Se quedó en silencio, se cubrió el rostro con las manos, se puso a orar y, haciendo apelación a una legitimidad divina, dijo que Dios le había hablado y le había dicho que “tuviera paciencia”.
La toma militar de la Asamblea y la usurpación de la función del presidente del Legislativo por parte de Bukele fueron un atentado contra la independencia y la separación de poderes, así como contra la democracia y, en definitiva, un autogolpe que pretendió legitimar religiosamente a través de la oración. El gesto, así como su política autoritaria y represiva, contó con el apoyo incondicional del fundamentalismo evangélico y de sus pastores, que vienen asesorando a Bukele desde su toma de posesión y marcándole la agenda político-religiosa con la confesionalización de la esfera pública. Incluso es posible que estuviera sugerido por estos como muchas de sus propuestas de implicar la religión en la vida pública.
Los apoyos políticos con los que contó en aquella efeméride de infausta memoria fueron su partido aliado, el ejército y la policía. Con la toma militar del Parlamento demostraba su negativa al diálogo y su incapacidad para llegar a acuerdos con las diferentes fuerzas políticas representadas en la Asamblea Legislativa. Hoy sigue cerrado al diálogo.
Numerosos colectivos sociales condenaron la militarización, la confesionalización y la usurpación del espacio legislativo nacional. La oposición reclamó la intervención de la Organización de Estados Americanos (OEA) para frenar lo que calificó de “autogolpe de Estado”. Sin embargo, el organismo interamericano no se pronunció de manera concluyente al respecto y días después respaldó a Bukele.
“Desde un significado histórico-político y viendo en perspectiva los hechos posteriores -afirma Leonel Herrera, periodista y activista ambientalista salvadoreño-, el 9 de febrero de 2020 fue la advertencia de lo que vendría después [en El Salvador]. Ahí el autócrata se quitó la máscara democrática, mostró sus garras autoritarias y expresó claramente el régimen que buscaba instalar”.
No podemos olvidar el 9 de febrero de 2020. Lo que ha sucedido durante estos seis años después de aquella efeméride ha venido a confirmar sus desmedidas y antidemocráticas aspiraciones a conquistar el poder total que ha logrado pisoteando los derechos humanos, encarcelando a ciudadanos y ciudadanas arbitrariamente y restringiendo la libertad de expresión que ha obligado a no pocos periodistas a exiliarse.
Y todo ello poniendo en práctica el manual de instrucciones despóticas de Donald Trump y siguiendo la misma senda transitada por él, que legitima su modo de gobernar. El gran sátrapa Trump es el maestro del pequeño sátrapa Bukele y su referente político autoritario a quien imita en cada una de sus políticas económicas, sociales y culturales. Ambos cuentan con el apoyo del fundamentalismo evangélico. En un encuentro de Bukele con los pastores evangélicos fundamentalistas, el pastor Mario Bramnick, asesor de Trump, anunció que con Bukele había llegado el final del cautiverio de El Salvador y de toda América Latina y le declaró a el libertador de su país:
“El tiempo del cautiverio se acabó, el Señor está levantando Ciros no solo en Estados Unidos, sino en Latinoamérica. Bolsonaro es un Ciro, el presidente Bukele es un Ciro para este tiempo. Dios está sobre él”.
La alianza entre Bukele y las iglesias evangélicas fundamentalistas es la mejor prueba de que el actual modelo político-religioso de El Salvador es el cristoneofascismo, que desarrollo en mi La Internacional del odio. ¿Cómo se construye? ¿Cómo se deconstruye? (Icaria, 2025, 4ª edición).
Religión Digital: https://www.religiondigital.org/el_blog_de_juan_jose_tamayo/nayib-bukele-orar-palacio-legislativo_132_1442945.html

