Dietrich Bonhoeffer was 19 years younger than Karl Barth. He was born in Breslau to a highly educated family that identified as Christian, though only nominally. At 12, he lost a brother who had been fighting on the front lines during World War I. That loss stirred intense questions about life, death, and political violence—questions that drew him toward theology. Bonhoeffer understood his theological vocation not as a retreat from the world, but as a deeper engagement with responsibility for the common life and for future generations. This orientation would permeate his later ethics and become evident in his stance against Nazism.
Bonhoeffer studied at the universities of Tübingen and Berlin, where he was formed in the crucible of interwar German theological debate: historical method, systematic theology, and the new teachings of Karl Barth. During his university years, he distinguished himself through extraordinary intellectual ability: he earned his doctorate in theology at 21 and was licensed as a university lecturer at 24—some seven years ahead of the average.
It was at university that Bonhoeffer first encountered Karl Barth through his publications. This sparked an intense intellectual admiration. In 1931, he had the chance to hear Barth in person and engage him in discussion. In one of his letters, Bonhoeffer wrote of Barth: “I am even more impressed by his discussions than by his writings and lectures.” In 1932, Bonhoeffer and Barth met again at a lecture Barth delivered in Berlin. It is also known that Bonhoeffer visited Barth at his residence in Bonn.
The following year, when Hitler rose to power, their bond became more urgent and ecclesial. For Bonhoeffer, a public break with the Nazi regime was essential, and he believed a theologian of Barth’s stature must speak with clarity about what was unfolding. The matter of the “Aryan paragraph,” which expelled Jews from ministry and congregations, he regarded as an immediate confessional crisis. Barth, by contrast, was inclined to think the break should not be forced: persistent protest was necessary, but they should wait for the regime to sever ties with them.
In a letter from Bonhoeffer to Barth in September 1933, he wrote: “I know that many are waiting for your opinion… [most think] that you will advise us to wait until we are thrown out.” Barth replied: “Perhaps the… doctrine… must first exhaust itself in still worse deviations and corruptions…” It was not until years later that Barth acknowledged Bonhoeffer had grasped the gravity of the Jewish question before he did. Barth wrote: “For a long time I have felt guilty… for not making this problem a central issue… in the Barmen Declaration of 1934…”
Bonhoeffer continued to hold Barth in high regard, but this disagreement troubled him deeply in the face of a situation that, in his judgment, demanded more decisive action. Regrettably, many pastors shared Barth’s view: wait rather than act. This exasperated Bonhoeffer, who, in a gesture of radical opposition and solidarity with the Jews, decided to move to London to serve as pastor of two congregations where Jewish Christians expelled from the churches had fled. Bonhoeffer made this decision without consulting Barth, because his reasoning was one of conscience—and that outweighed any counsel Barth might offer.
Fidelity to the gospel cannot be reduced to holding correct ideas; it demands discernment rooted in truth and public courage. For Bonhoeffer, the theological vocation was not merely about books, but about responsibility for one’s neighbor—especially the vulnerable and the despised. His respect for his pastors and teachers did not supersede obedience to a conscience formed by the gospel. Prudence is a virtue, but it becomes procrastination when injustice and inhumanity are normalized. When power demands unquestioning submission, Christian silence becomes complicity. Conscience follows no crowd, nor does it barter human dignity for security or other interests. The Church is not called to bless force, but to bear witness to justice, mercy, and truth.
* Mario Vega, Senior Pastor of Misión Cristiana Elim.
EDH: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/la-tentacion-de-esperar/59573/2026/
La tentación de esperar
Dietrich Bonhoeffer era 19 años menor que Karl Barth. Nació en la ciudad de Breslau, en una familia altamente educada que se definía como cristiana, pero de manera meramente nominal. Cuando tenía 12 años perdió a uno de sus hermanos, que se encontraba en el frente combatiendo durante la Primera Guerra Mundial. Aquella pérdida le abrió preguntas intensas sobre la vida, la muerte y la violencia política; preguntas que lo inclinaron a interesarse por la teología. Bonhoeffer interpretó la vocación teológica no como un retiro del mundo, sino como una forma de entrar más profundamente en la responsabilidad por la vida común y por las generaciones futuras. Esa orientación atravesaría su ética posterior y se volvería evidente en su postura frente al nazismo.
Bonhoeffer estudió en las universidades de Tübingen y Berlín, donde se formó en el corazón del debate teológico alemán de entreguerras: método histórico, teología sistemática y las nuevas enseñanzas de Karl Barth. En su etapa universitaria brilló por una capacidad intelectual extraordinaria: obtuvo su doctorado en teología a los 21 años y fue habilitado como maestro universitario a los 24, unos siete años antes que el promedio.
Fue en la universidad donde Bonhoeffer supo de Karl Barth, estudiando sus publicaciones. Eso lo condujo a desarrollar por él una admiración intelectual intensa. En 1931 tuvo la oportunidad de escucharlo personalmente y de discutir con él. En una de sus cartas, Bonhoeffer escribiría con relación a Barth: «Estoy aún más impresionado por sus discusiones que por sus escritos y conferencias». En 1932, Bonhoeffer y Barth volvieron a encontrarse en una conferencia que este último impartió en Berlín. También se sabe que Bonhoeffer visitaba a Barth en su residencia en la ciudad de Bonn.
Al año siguiente, cuando Hitler subió al poder, su vínculo se volvió más urgente y eclesial. Para Bonhoeffer era necesario romper públicamente con el régimen nazi, y que un teólogo de la talla de Barth se pronunciara con claridad sobre lo que estaba pasando. El asunto del «párrafo ario», que expulsaba a los judíos del ministerio y de las congregaciones, lo veía como una cuestión confesional inmediata. Barth, en cambio, se inclinaba a pensar que no había que propiciar el rompimiento: había que protestar persistentemente, pero esperar a que fuera el régimen el que rompiera con ellos.
En una carta de Bonhoeffer a Barth, de septiembre de 1933, le dice: «Sé que hay muchos que esperan tu opinión… [la mayoría piensa] que nos aconsejarás esperar hasta que nos echen». A lo que Barth le respondió: «Quizás la… doctrina… deba primero desahogarse en otras desviaciones y corrupciones aún peores…». Sería hasta años después que Barth reconocería que Bonhoeffer había visto antes la gravedad del asunto judío. Barth escribió: «Durante mucho tiempo me he sentido culpable… por no haber hecho de este problema un tema central… en la Declaración de Barmen de 1934…».
Bonhoeffer continuaba guardando mucho respeto hacia Barth, pero este desencuentro lo desconcertaba ante una situación que, a su criterio, demandaba una acción más definida. Lamentablemente, muchos pastores compartían la idea de Barth: esperar antes que actuar. Esta situación exasperó a Bonhoeffer quien, en un gesto de oposición radical y de solidaridad con los judíos, decidió trasladarse a Londres para servir como pastor en dos congregaciones adonde habían huido judeocristianos expulsados de las iglesias. Bonhoeffer tomó su decisión sin consultar con Barth, porque su razón era de conciencia; y eso pesaba más que cualquier consejo de Barth.
La fidelidad al evangelio no se reduce a tener ideas correctas, sino que exige un discernimiento apegado a la verdad y valentía pública. Para Bonhoeffer la vocación teológica no era solo libros, sino responsabilidad por el prójimo, especialmente por el vulnerable y el despreciado. Su respeto a sus pastores y maestros no sustituían a la obediencia a una conciencia formada por el evangelio. La prudencia es buena, pero puede volverse demora cuando lo injusto e inhumano se normalizan. Cuando el poder exige sometimiento sin crítica, el silencio cristiano se vuelve complicidad. La conciencia no sigue a la multitud, ni negocia a la persona humana por seguridad u otros intereses. La Iglesia no está llamada a bendecir la fuerza, sino a testificar de la justicia, la misericordia y la verdad.
* Mario Vega, Pastor General de la Misión Cristiana Elim.
EDH: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/la-tentacion-de-esperar/59573/2026/

