Costa Rica heads to the polls this Sunday, February 1, to elect a new president and a new Legislative Assembly. Laura Fernández, candidate of President Rodrigo Chaves’s Pueblo Soberano party, leads the polls by a wide margin over a decimated opposition; and even should a second round prove necessary, the ruling party would secure, according to those same polls, more than 40 lawmakers out of 57—enough to amend the Political Constitution and sweep away the country’s old democratic model. That is Chaves’s core proposal.
In the last century, Costa Rica earned the title of Central America’s Switzerland. The rest of the region’s nations were banana republics, subjected to abject and cruel dictatorships. In San José, presidents walked the streets on foot, without bodyguards—so much so that Don Otilio Ulate was struck by a bicycle while crossing the street and ended up in the hospital alongside the cyclist, both equally battered, while old man Somoza in Managua crammed political prisoners into cages next to the tigers in his presidential palace zoo.
Twentieth-century Costa Rica emerged from the combined reforms of two antagonists: President Calderón Guardia, a social Christian who established the Labor Code and social security; and President Figueres, a social democrat and caudillo of the 1948 democratic revolution, who instead of abolishing those gains added to them the abolition of the army and the nationalization of banking and insurance.
From that point onward came the sacred respect for the popular vote, alternation in government under a bipartisan system composed of the heirs to both Calderón Guardia and Figueres, and no less sacred separation of powers; public spending focused on education and health; a growing middle class; a more or less equitable income distribution, without extreme poverty; and a high index of citizen security.
Decades later, the country has changed radically, as has its people. The gulf of social inequality has widened, the homicide rate has skyrocketed, and drug cartels have proliferated. The bipartisan system shattered long ago, and current President Rodrigo Chaves builds his high popularity by assailing the democratic system as inefficient and corrupt, along with “the elites” who serve only to throw up obstacles and prevent him from working. Judges, magistrates, prosecutors, comptrollers—all are pilloried as enablers of “the dictatorship of organized crime.”
Enter El Salvador’s President Nayib Bukele. Two weeks before the elections, he arrived in Costa Rica to inaugurate, alongside President Chaves, construction of the Centro de Alta Contención del Crimen Organizado (CACCO — Center for High Containment of Organized Crime), twin of the Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT — Terrorism Confinement Center), the world-famous mega-prison for 40,000 inmates that draws official guided tours—and which Chaves himself visited last December in search of inspiration.
His candidate has announced that she will name him “minister of the Presidency and coordinator for the continuity of all pending and necessary reforms.” With a Legislative Assembly majority like the one the polls predict, those reforms will become feasible and will undoubtedly seek to concentrate power in Chaves’s own hands. Yet can the Bukele model function in Costa Rica?
The Bukele model, which prioritizes citizen security above all other considerations—including human rights—rests on total control of the state: judges, prosecutors, lawmakers, army, police; all under a permanent state of internal war, with constitutional rights suspended and thus trials conducted without procedural guarantees. A simple tattoo suffices as proof of gang affiliation and grounds for conviction.
In El Salvador, however, dictatorial regimes have been the norm and democratic governments the exception. In Costa Rica, by contrast, the nation’s sole dictatorship—that of the Tinoco brothers—lasted a mere two years, from 1917 to 1919. Democracy has been the rule, buttressed by a complex web of institutions operating with the independence granted by the Constitution. The Organismo de Investigaciones Judiciales (OIJ — Judicial Investigation Agency), for instance, which probes crimes and gathers evidence, answers to the Supreme Court of Justice, not the executive branch.
For a mega-prison to operate in Costa Rica as it does in El Salvador—its detainees unknown, their reasons for confinement undisclosed—Costa Rica would need to dispense with its judicial system altogether, live under a state of exception decree with constitutional guarantees suspended, and subject the media to persecution and harassment.
“Fear must change sides… God willing, we shall achieve it,” declares President Chaves. Can this rallying cry against fear produce such a reversal? And is that truly what citizens will endorse with their vote: the Bukelization of Costa Rica?
El País: https://elpais.com/opinion/2026-01-31/la-bukelizacion-de-costa-rica.html
La bukelización de Costa Rica
Costa Rica va a las urnas este domingo, 1 de febrero, cuando se elegirá un nuevo presidente y una nueva Asamblea Legislativa. La candidata Laura Fernández, del partido Pueblo Soberano del presidente Rodrigo Chaves, se coloca muy arriba a la cabeza de las encuestas, frente a una oposición diezmada; y aunque se precise de una segunda vuelta, el partido oficial obtendría, según las mismas encuestas, más de 40 diputados de un total de 57, suficientes para reformar la Constitución Política y barrer con el viejo modelo democrático del país. Que es la propuesta central de Chaves.
En el siglo pasado, Costa Rica era llamada la Suiza centroamericana. Los demás países de la región eran las repúblicas bananeras, sometidas a dictaduras abyectas y crueles. En San José, los presidentes andaban a pie, sin guardaespaldas, de modo que a don Otilio Ulate lo atropelló una bicicleta mientras cruzaba la calle, y fue a dar al hospital junto con el ciclista, tan magullado como él, en tanto el viejo Somoza metía en Managua a los presos políticos en jaulas lindantes con las de los tigres de su zoológico del palacio presidencial.
La Costa Rica del siglo XX fue el resultado de la suma de reformas de dos antagonistas, el presidente Calderón Guardia, socialcristiano, que creó el Código del Trabajo y la seguridad social, y el presidente Figueres, socialdemócrata, caudillo de la revolución democrática de 1948, que en lugar de abolir esas conquistas sumó a ellas la abolición del ejército y la nacionalización de la banca y los seguros.
Y desde entonces, el sagrado respeto al voto popular, la alternancia en el Gobierno bajo un sistema bipartidista, compuesto por los herederos tanto de Calderón Guarida como de Figueres, y la no menos sagrada separación de poderes; más el gasto público concentrado en la educación y la salud, una clase media creciente, y una distribución más o menos equilibrada del ingreso, sin extrema pobreza, además de un alto índice de seguridad ciudadana.
Tantas décadas después, el país ha cambiado radicalmente, y ha cambiado la gente. La brecha de la desigualdad social se ha abierto, el índice de homicidios se ha disparado, y proliferan los carteles de la droga. El sistema bipartidista se quebró hace tiempo, y el actual presidente Rodrigo Chaves cimenta su alta popularidad en atacar al sistema democrático como ineficaz y corrupto, “las élites” que sólo sirven para ponerle obstáculos y no lo dejan trabajar. Jueces, magistrados, fiscales, contralores, todos son puestos en la picota como responsables de amparar “la dictadura del crimen organizado”.
Es aquí donde entra en escena el presidente Nayib Bukele de El Salvador. Dos semanas antes de las elecciones, ha llegado a Costa Rica para inaugurar, junto con el presidente Chaves, las obras de construcción del Centro de Alta Contención del Crimen Organizado (CACCO), gemelo del Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), la megacárcel de 40.000 prisioneros, famosa en todo el mundo, objeto de turismo oficial guiado, y que el propio Chaves visitó en diciembre pasado, en busca de inspiración.
Su candidata ha anunciado que lo nombrará “ministro de la Presidencia y coordinador de la continuidad de todas las reformas pendientes y necesarias”. Con una mayoría en la Asamblea Legislativa como la que las encuestas anuncian, esas reformas serán posibles, y buscarán, sin duda, concentrar poder en manos del propio Chaves. ¿Pero puede funcionar en Costa Rica el modelo Bukele?
El modelo Bukele, que propone la seguridad ciudadana sobre cualquier otra consideración, empezando por los derechos humanos, se basa en el control total del Estado, jueces fiscales, diputados, ejército, policía, mientras impera un estado de guerra interna permanente, con suspensión de los derechos constitucionales, y, por tanto, los juicios se dan sin ninguna garantía procesal. Un simple tatuaje es prueba suficiente para ser condenado por pertenecer a una pandilla delictiva.
Pero en El Salvador los regímenes dictatoriales han sido permanentes, y los gobiernos democráticos la excepción. En Costa Rica, al contrario, la única dictadura que el país ha conocido se remonta a la de los hermanos Tinoco, que duró apenas dos años, de 1917 a 1919. La regla ha sido la democracia, con un complejo entramado de instituciones que actúan con la independencia que les da la Constitución. El Organismo de Investigaciones Judiciales (OIJ), por ejemplo, que investiga los delitos y recaba las pruebas, depende de la Corte Suprema de Justicia, y no del Gobierno.
Para que en Costa Rica una megacárcel pueda funcionar como en El Salvador, sin que se sepa quién entra en ella, y por qué, se necesita prescindir del sistema judicial, y que el país viva bajo un decreto de excepción, con las garantías constitucionales suspendidas, y con los medios de comunicación bajo persecución y acoso.
“El miedo debe cambiar de lado… Dios mediante, lo lograremos”, alega el presidente Chaves. ¿Podrá el alegato contra el miedo obrar semejante cambio? ¿Y es de verdad lo que los ciudadanos estarán consintiendo con su voto, la bukelización de Costa Rica?
El País: https://elpais.com/opinion/2026-01-31/la-bukelizacion-de-costa-rica.html

