The Mirage of the “Iron Fist”: The Risks of the Bukele Model in Costa Rica — El Espejismo de la “Mano Dura”: Los Riesgos del Modelo Bukele en Costa Rica

Jan 17, 2026

Costa Rica can and must combat crime decisively by modernizing its police force, strengthening intelligence, and improving the justice system. But to do so at the cost of diluting guarantees or centralizing power would be to renounce precisely what distinguishes the nation within the region: a solid, institutional, and predictable Rule of Law. — Costa Rica puede y debe combatir el crimen con decisión, modernizando su policía, reforzando la inteligencia y mejorando la justicia. Pero hacerlo al costo de flexibilizar garantías o centralizar el poder sería renunciar precisamente a aquello que la distingue en la región: un Estado de Derecho sólido, institucional y previsible.

Costa Rica stands today at a historic crossroads. The visit by Salvadoran President Nayib Bukele to lay the cornerstone, alongside President Rodrigo Chaves, of the High Containment Center for Organized Crime (CACCO) is not merely an act of penal infrastructure; it mirrors a far deeper shift in the country’s political trajectory. The so-called “Bukele model,” with its blend of authoritarian efficiency, consolidation of power, and disregard for individual liberties, is beginning to seduce segments of the Costa Rican public, weary of violence and impunity.

Yet, beneath the media gloss of the “iron fist” lie three fundamental threats to Latin America’s most stable democracy: institutional dismantling, the erosion of human rights, and the trap of short-term security.

The Mirage of Immediate Order

Bukele’s “success” is not rooted in alleged tactical genius, but in the subjugation of the judiciary, the capture of parliament, and the imposition of a de facto **state of exception**. In Costa Rica, where the separation of powers is the cornerstone of social peace, the risk lies in normalizing the narrative that judges, the Prosecutor’s Office, or the Constitutional Chamber are “obstacles” to fighting crime. This rhetoric opens a dangerous door: once checks and balances are eroded, authoritarianism entrenches itself almost irreversibly.

The mega-prison announced for San José—a conceptual replica of the Salvadoran CECOT—may end up serving as a “symbolic state of exception.” Even without the formal suspension of constitutional rights, it fosters a political culture that views repression as the sole legitimate path to restoring order. Under this logic, demanding legal guarantees becomes suspect, and defending human rights becomes tantamount to “shielding criminals.”

The Invisible Costs of the “Bukele Model”

International organizations such as Human Rights Watch and Amnesty International have documented the excesses of the Salvadoran regime: arbitrary detentions, torture, disappearances, and deaths in custody. Thousands of innocents, particularly young men from marginalized neighborhoods, have been imprisoned without evidence or due process. This is the hidden cost behind the homicide reduction figures that the Salvadoran government touts as an exportable miracle.

Costa Rica, while proud of its civic spirit and institutional heritage, is not immune to this drift. When fear dictates policy, the first victims are always the most vulnerable: the poor, migrants, and residents of stigmatized areas. Adopting the narrative that “human rights are a luxury” implies voluntarily stripping away the very guarantees that, in times of crisis, shield civic dignity from the abuse of power.

Democracy Facing the Populist Temptation

The fascination with Bukele amid the fervor of the Costa Rican electoral cycle serves as a stark warning. Behind the charisma and PR efficacy lies a model that thrives on the weakening of democracy. Exporting it would mean legitimizing the notion that a critical press, independent courts, or civil society are impediments to the “popular will.” This logic, as ancient as it is dangerous, has toppled entire republics with the promise of order and security.

Costa Rica can and must combat crime decisively by modernizing its police force, strengthening intelligence, and improving the justice system. But to do so at the cost of diluting guarantees or centralizing power would be to renounce precisely what distinguishes the nation within the region: a solid, institutional, and predictable Rule of Law.

Security at What Cost?

The choice is not between living in fear or living without freedom. Costa Rica’s true strength lies in its capacity for reform without the betrayal of its principles. If the country yields to the temptation of the “authoritarian shortcut,” it will build prisons for criminals, but also a symbolic cell for its own democracy.

Nations do not become authoritarian overnight; they degrade gradually, amidst applause and promises of efficiency. Therefore, rather than imitating the Salvadoran mirror, Costa Rica should view it with lucidity: not as a model of success, but as a warning of what ensues when fear becomes state policy.

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El Espejismo de la “Mano Dura”: Los Riesgos del Modelo Bukele en Costa Rica

Costa Rica se encuentra hoy en una encrucijada histórica. La visita del presidente salvadoreño Nayib Bukele para colocar, junto al presidente Rodrigo Chaves, la primera piedra del Centro de Alta Contención de Crimen Organizado (CACCO) no es simplemente un acto de infraestructura penal; es el reflejo de una transformación mucho más profunda en el rumbo político del país. El llamado “modelo Bukele”, con su mezcla de eficacia autoritaria, concentración de poder y desprecio por las garantías individuales, comienza a seducir a sectores de la opinión pública costarricense, hastiados de la violencia y la impunidad.

Sin embargo, detrás del brillo mediático de la “mano dura” se esconden tres amenazas fundamentales para la democracia más estable de América Latina: el desmantelamiento institucional, la erosión de los derechos humanos y la trampa de la seguridad de corto plazo.

El espejismo del orden inmediato

El “éxito” de Bukele no se explica por una supuesta genialidad táctica, sino por la subordinación del poder judicial, la captura del parlamento y la instauración de un régimen de excepción de facto. En Costa Rica, donde la separación de poderes es la piedra angular de la paz social, el riesgo es que se normalice el discurso de que los jueces, la Fiscalía o la Sala Constitucional son “obstáculos” para combatir el crimen. Esa retórica abre una puerta peligrosa: una vez debilitados los contrapesos, el autoritarismo se instala de forma casi irreversible.

La megacárcel anunciada en San José —una réplica conceptual del CECOT salvadoreño— puede terminar funcionando como un “estado de excepción simbólico”. Aun sin suspender formalmente los derechos constitucionales, promueve una cultura política que ve en la represión la única vía legítima para restaurar el orden. Bajo esta lógica, reclamar garantías legales se convierte en sospechoso, y defender derechos humanos equivale a “proteger delincuentes”.

Los costos invisibles del “modelo Bukele”

Organizaciones internacionales como Human Rights Watch y Amnistía Internacional han documentado los excesos del régimen salvadoreño: detenciones arbitrarias, tortura, desapariciones y muertes bajo custodia. Miles de personas inocentes, especialmente jóvenes de barrios marginados, han sido encarceladas sin pruebas ni debido proceso. Ese es el precio que se oculta tras las cifras de reducción de homicidios que el gobierno salvadoreño presenta como milagro exportable.

Costa Rica, aunque orgullosa de su civilismo y tradición institucional, no es inmune a esa deriva. Cuando el miedo dicta la política, las primeras víctimas siempre son los más vulnerables: pobres, migrantes, habitantes de zonas estigmatizadas. Adoptar la narrativa de que “los derechos humanos son un lujo” implica despojarse voluntariamente de las mismas garantías que, en tiempos de crisis, protegen la dignidad ciudadana frente al abuso de poder.

Democracia ante la tentación populista

La fascinación con Bukele en plena efervescencia electoral costarricense es una advertencia seria. Detrás del carisma y la eficacia publicitaria se esconde un modelo que vive del debilitamiento de la democracia. Exportarlo significaría legitimar la idea de que la prensa crítica, las cortes independientes o la sociedad civil son obstáculos a la “voluntad popular”. Esa lógica, tan vieja como peligrosa, ha derrocado repúblicas enteras bajo la promesa de orden y seguridad.

Costa Rica puede y debe combatir el crimen con decisión, modernizando su policía, reforzando la inteligencia y mejorando la justicia. Pero hacerlo al costo de flexibilizar garantías o centralizar el poder sería renunciar precisamente a aquello que la distingue en la región: un Estado de Derecho sólido, institucional y previsible.

¿Seguridad a qué precio?

El desafío no es entre vivir con miedo o vivir sin libertad. La verdadera fortaleza costarricense reside en su capacidad para reformarse sin traicionar sus principios. Si el país cede ante la tentación del “atajo autoritario”, construirá cárceles para el crimen, pero también una celda simbólica para su propia democracia.

Los países no se vuelven autoritarios de un día para otro: se degradan poco a poco, entre aplausos y promesas de eficacia. Por eso, más que imitar el espejo salvadoreño, Costa Rica debería mirarlo con lucidez: no como modelo de éxito, sino como advertencia de lo que ocurre cuando el miedo se convierte en política de Estado.

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