Owing to their obsolescence and scant depth, these usurpers prove doubly finite. Spanish dictionaries define a usurper as one who seizes—typically through violence—a right or property that legitimately belongs to another. This definition aptly identifies those who arrogate to themselves, their families, accomplices, and sycophants the rights and properties of the people.
These usurpations range from flouting constitutional charters, treaties, and international agreements to plundering public coffers, unleashing direct repression, instilling widespread terror, and subjecting innocent civilians, democracy advocates, environmental defenders, and human rights proponents to arbitrary imprisonment. Neutralizing free and independent media stands as a paramount objective for usurpers over the past two centuries.
Until the First World War, great powers claimed the right to conquer other nations’ territories, enforce naval blockades (as London did in Central America to collect debts), and enjoy impunity from war crimes prosecutions. This was still the realm of the Athenian historian and general Thucydides, etched in public memory as I explained back in 1999—and especially after the 2003 U.S. invasion of Iraq, which needlessly claimed the lives of Salvadoran soldiers.
That world formally ended with the 1928 General Treaty for Renunciation of War, championed by the United States and France and endorsed by nearly sixty signatories—representing most nations worldwide a century ago. Although the Second World War’s onset blurred the treaty momentarily after Japan’s 1931 invasion of China, it formed the bedrock for the nascent United Nations, founded on democratic and pacifist principles that prohibited any nation from threatening another’s territorial integrity. Indeed, under the treaty, no one recognized Japan’s seizure of Manchuria as legitimate (hence their installation of the puppet emperor Pu-Yi); all the less so Mussolini’s conquest of Ethiopia in 1935 or Hitler’s invasions from 1939 onward. The principle of non-recognition thereby gained supremacy—a doctrine that endures to this day.
In truth, every usurpation betrays the perpetrator’s anguish over his own transience and ethical and political shallowness. This truth dawned on the reactionaries of the Communist Party of China (CPC) upon the death of the great reformer Deng Xiaoping in 1997. Deng had lived in Europe, savoring fundamental freedoms and guarantees. Upon returning to China, he endured imprisonment and exile under Mao’s regime. The hardliners sought to halt further openings beyond those advanced by Deng and Hu Yaobang—general secretary of the CPC, likewise purged by Mao—who grasped that China’s viability hinged on massive industrialization and integration into the global economy. Hu relinquished CPC leadership in 1987. His death in April 1989 ignited student protests, brutally quashed by reactionaries in the Tiananmen Square massacre—mere months before the Berlin Wall’s fall. A decade later, that same authoritarian pivot propelled Vladimir Putin, puppet of Russia’s emergent oligarchy, to smother Gorbachev’s Glasnost and Perestroika, alongside Shevardnadze and Yakovlev.
From Hugo Chávez to Maduro, Daniel Ortega, and Nayib Bukele, usurpation in Latin America remains fundamentally the same. President Trump’s bid to revive Thucydides’ world through overwhelming firepower fuels regional fantasies of Chavismo without Maduro, Orteguismo absent Ortega, and Bukelismo bereft of Bukele. In Trump’s most infamous formulation—expressing no moral qualms about claiming Greenland as his own—he told The New York Times: the sole restraint is himself, his “own morality”; “I do not need international law.”
Was a Nazi regime without Hitler, fascism without Mussolini, or Japanese militarism viable eighty years ago? No. What rout of authoritarianism will sweep Latin America once the U.S. electorate corrects its nation’s course in November’s elections? Some MAGA leaders reproach Trump that voters did not back an administration aggressive commercially or militarily. This January 6—after going to Caracas for Maduro—an insecure and frantic Trump exhorted his remaining supporters: “I won’t say cancel the election; they should cancel the election…” For Trump, his Republican Party must prevail “because if we don’t win the midterms, they’ll [the Democrats] find a reason to impeach me.”
The Guatemalan universalist Augusto Monterroso taught us: “When he awoke, the dinosaur was still there.” I trust that when we open our eyes, the finite usurpers will be gone.
* Napoleón Campos, Salvadoran expert in international relations, regional integration, and migrations
EDH: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/finitos-usurpadores/56904/2026/
Finitos usurpadores
Por caducos y su poco grosor, son doblemente finitos los usurpadores. Según diccionarios españoles, usurpador es quien se apodera -por lo general con violencia- de un derecho o de una propiedad que legítimamente pertenece a otro. Esta definición es útil para identificar a aquellos que se adueñan para sí mismos, sus familias, cómplices y lacayos, del derecho y las propiedades que son del pueblo.
Las usurpaciones van desde transgredir Cartas Magnas, tratados y convenios internacionales, hasta el saqueo de la hacienda pública, la represión directa, la inyección de terror generalizado, el encarcelamiento arbitrario de civiles inocentes y de defensores de la democracia, el medio ambiente y los derechos humanos. La anulación de la prensa libre e independiente es un objetivo clave de los usurpadores en los últimos dos siglos.
Hasta la Primera Guerra Mundial, las potencias tenían el derecho de conquistar territorios de otros países, practicar la diplomacia de los bloqueos navales (como los que ejecutó Londres en Centroamérica para el pago de deudas), y gozar de impunidad para no ser enjuiciados por crímenes de guerra. Era aún el universo del militar e historiador ateniense Tucídides, recordado por la opinión pública tal cual lo expliqué allá por 1999 y sobre todo tras la invasión de EE. UU. a Irak del 2003 en la que murieron innecesariamente soldados salvadoreños.
Ese mundo había concluido nominalmente con el Tratado General para la Renuncia a la Guerra impulsado por EE. UU. y Francia en 1928 el cual fue respaldado con casi 60 firmas que eran la mayoría de los Estados nacionales en todo el planeta hace un siglo. Si bien los albores de la Segunda Guerra Mundial desdibujaron temporalmente el tratado tras la invasión japonesa a China en 1931, el convenio fue fundamento y pilar para las nacientes Naciones Unidas que se erigió sobre los valores de la democracia y la paz por lo que prohibió amenazar la integridad territorial de una nación por otra. De hecho, en virtud del tratado, nadie reconoció como legítima la apropiación japonesa de Manchuria (por eso, instalaron como marioneta al último emperador Pu-Yi) menos lo harían sobre la Etiopía conquistada por Mussolini en 1935 y los territorios invadidos por Hitler a partir de 1939. Adquiría supremacía el principio del “No Reconocimiento” existente hasta nuestros días.
En verdad, toda usurpación encarna la angustia del perpetrador por su propia caducidad y su delgado espesor ético y político. Eso lo entendieron los reaccionarios del Partido Comunista de China (PCCh) cuando murió el gran reformista Deng Xiaoping en 1997. Deng vivió un tiempo en Europa donde gozó las libertades y garantías fundamentales. Al volver a China, sufrió cárcel y destierro bajo el régimen de Mao. Los conservadores tenían que atajar más aperturas de las impulsadas por Deng y Hu Yaobang -secretario general del PCCh, también purgado por Mao- quienes percibieron la viabilidad china sólo con una industrialización a gran escala y la inserción a la globalización económica. Hu dejó el liderazgo del PCCh en 1987. Su muerte en abril de 1989 detonó las manifestaciones estudiantiles sofocadas por los reaccionarios con la matanza en la Plaza de Tiananmen, meses antes de la caída del Muro de Berlín. Diez años después, ese mismo giro autoritario haría Vladimir Putin, títere de la nueva oligarquía rusa, para asfixiar la Glasnost y la Perestroika encabezadas por Gorvachev, Shevardnadze y Yakovlev.
Desde Hugo Chávez hasta Maduro, Daniel Ortega y Nayib Bukele, la usurpación en América Latina es en esencia la misma. El intento de restaurar, con el alto poder de fuego, el mundo de Tucídides por el presidente Trump, alienta en la región el imaginario de un chavismo sin Maduro, un orteguismo sin Ortega y un bukelismo sin Bukele. El más infame ciclo de regímenes en los términos de Trump -sin prurito moral para sentenciar que Groenlandia debe ser suya- a The New York Times: el único freno es él mismo, su “propia moralidad”, “no necesito el Derecho Internacional”.
¿Era realista la continuación del nazismo sin Hitler, del fascismo sin Mussolini, del militarismo japonés, hace 80 años? No. ¿Cómo será la desbandada autoritaria en América Latina cuando el electorado estadounidense rectifique el rumbo de su nación en los comicios de noviembre? Algunos liderazgos MAGA le reprochan a Trump que no votaron por un gobierno agresor ni comercial ni militar. Este 6 de enero -después de ir por Maduro a Caracas- un Trump inseguro y ansioso exhortó a colectivos que aún lo apoyan: “No voy a decir que cancelen las elecciones; deberían cancelarlas”. Para Trump, su partido republicano debe triunfar “porque si no las ganamos…quiero decir ellos (los demócratas) encontrarán un motivo para someterme a juicio político”.
El universal guatemalteco Augusto Monterroso nos aleccionó que “cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Confío que cuando nosotros abramos los ojos, los finitos usurpadores ya no estén allí.
* Napoleón Campos, Especialista salvadoreño en Relaciones Internacionales, integración regional y migraciones
EDH: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/finitos-usurpadores/56904/2026/
