El Salvador endures its most intense period of police oversight in decades, yet burdens an entire generation raised amid patrols, prisons, and security pledges—bereft of the employment or education necessary to envision a different future. Under the state of exception, arrests dominate the statistics, not scholarships, jobs, or opportunities for those never entangled in gangs, who now shoulder the price of a model built on fear.
The extension of the state of exception in El Salvador fosters an illusion of order that many applaud, yet it rests on profoundly unstable ground: a youth population stripped of work and schooling, and a state that appears to have forgotten its mandate extends beyond incarceration to forging pathways forward. The uncomfortable question is stark: what unfolds when the clamor of arrests fades, and we are forced to confront the social fallout of a nation ruled from the prison cell rather than the school or the workplace?
Security as the New Normal
The state of exception began as an extraordinary measure but has morphed into the standard mode of governance. Month after month, the suspension of fundamental rights renews like a bureaucratic routine, even as international bodies warn that the country has grown inured to mass detentions, collective hearings, and a judiciary reduced to rubber-stamping executive decrees.
Proponents of the model insist it was “worth it” if homicides declined, dismissing any critique as “pro-gang.” Yet this reductive logic overlooks a core truth: a democracy is measured not merely by the criminals it imprisons, but by the opportunities it extends to the powerless—especially youth from impoverished neighborhoods.
The Invisible Generation: Youth Without Jobs or Classrooms
Amid the triumphalist rhetoric, one figure should trigger unrelenting alarm: more than 450,000 young people between the ages of 15 and 29—nearly 27 percent of that cohort—neither study nor work. This is no abstract datum, but a brutal diagnosis of state failure: an entire generation stranded in limbo, without classrooms or wages, watching the government pour resources into megaprisons rather than scholarships, vocational training, or dignified employment.
Youth unemployment hovers near 12 percent, with most “workers” relegated to the informal sector—earnings precarious, social protections absent. In essence, the true message many young people absorb is not “this country needs you,” but “this country watches you.” A state that surveils more than it nurtures can hardly feign surprise when, sooner or later, it reaps resentment and alienation.
Security Without a Social Vision
The government’s emblem—a prison, not a university, hospital, or technical institute—lays bare a profound truth. Official narratives flaunt cells, lines of shackled bodies, and dazzling arrest tallies, yet fall silent on reintegration policies, robust youth employment programs, or sustained investment in public education.
The notion of “solving” violence through bars and badges ignores persistent roots: poverty, inequality, wholesale community neglect, and a labor market too rigid to absorb those branded “risks” merely for their zip code or attire. The country is reshaping the geography of violence—fewer visible homicides—but not necessarily its seed: exclusion, frustration, and daily humiliation.
What Happens When the Tide Recedes?
Any exception-based model thrives only as long as fear eclipses inquiry. Yet fear proves fleeting, ushering in questions power prefers to dodge: How will the state reintegrate those unjustly detained? What becomes of youth who matured witnessing state presence solely as raids and patrols? What prospects await families gutted by years of lost income in judicial limbo?
Experts caution that the combination of weakened institutions, excluded youth, and normalized repression is a familiar recipe: sooner or later, it yields mass migration, social upheavals, or novel forms of criminality that defy old categories. A country can brim with prisons, but if it empties its schools of purpose and its youth of hope, it forges not security, but a brittle calm primed to shatter at the next crisis.
The Real Underlying Question
Debate on the state of exception often snares in a false binary: “either back this or back the gangs.” This sidesteps the vital reckoning: Why, after years and regimes aplenty, does El Salvador still spawn vast ranks of opportunity-starved youth, now offered police oversight as their sole public policy?
Perhaps the question the government truly owes is not how many prisoners it holds, but how many youth it lifted from “NEET” statistics, how many schools it upgraded, and how many dignified jobs it spawned in former violence hotspots. For if this era’s chief legacy proves to be a land with fewer homicides yet fewer rights and futures, the true price of “security” will have exacted far too much.
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La otra cara del régimen de excepción: un país de jóvenes sin trabajo ni aulas
El Salvador vive su periodo de mayor control policial en décadas, pero también arrastra una generación que crece entre patrullas, cárceles y promesas de seguridad, sin empleo ni educación que le permitan imaginar un futuro distinto. Bajo el régimen de excepción, la estadística que se repite es la de capturas, no la de becas, trabajos ni oportunidades para quienes nunca fueron parte de las pandillas, pero hoy pagan el costo de un modelo construido sobre el miedo.
La prolongación del régimen de excepción en El Salvador ha creado una sensación de orden que muchos aplauden, pero descansa sobre un terreno profundamente inestable: una juventud sin trabajo ni educación, y un Estado que parece haber olvidado que su función no es solo encerrar, sino también abrir caminos de futuro. La pregunta incómoda es simple: ¿qué pasa cuando se apague el ruido de las capturas y tengamos que vivir con las consecuencias sociales de un país gobernado desde la cárcel y no desde la escuela o el empleo?
La seguridad convertida en rutina
El régimen de excepción nació como una medida extraordinaria, pero terminó convertido en el modo normal de gobernar. Mes tras mes, la suspensión de derechos fundamentales se renueva casi como un trámite burocrático, mientras organismos internacionales advierten que el país se ha acostumbrado a detenciones masivas, audiencias colectivas y un sistema judicial reducido a sellar decisiones tomadas desde el Ejecutivo.
Defensores del modelo repiten que “valió la pena” si los homicidios bajaron, y cualquier crítica se tacha de “pro pandillas”. Pero esa lógica simplista ignora algo esencial: una democracia no se mide solo por cuántos delincuentes encarcela, sino por cuántas oportunidades ofrece a quienes nunca tuvieron poder ni armas, especialmente a los jóvenes de los barrios pobres.
La generación invisible: jóvenes sin empleo ni aulas
En medio del discurso triunfalista, hay una cifra que debería sonar como alarma constante: más de 450,000 jóvenes entre 15 y 29 años no estudian ni trabajan, casi un 27% de esa población. Esa no es una estadística fría, es un diagnóstico brutal de fracaso estatal: una generación entera estacionada en el limbo, sin aula y sin salario, viendo cómo el gobierno invierte más en megaprisiones que en becas, formación técnica o empleos dignos.
La tasa de desempleo juvenil ronda el 12%, y la mayoría de los que “sí trabajan” lo hacen en la informalidad, con ingresos inestables y sin protección social. En otras palabras, el mensaje real que reciben muchos jóvenes no es “este país te necesita”, sino “este país te vigila”. Y un Estado que vigila más de lo que cuida no puede sorprenderse si, tarde o temprano, cosecha rabia y desafección.
Seguridad sin proyecto social
Hay algo profundamente revelador en el hecho de que el símbolo del gobierno sea una cárcel y no una universidad, un hospital o un instituto técnico. La narrativa oficial exhibe celdas, filas de cuerpos esposados y cifras espectaculares de capturas, pero guarda silencio cuando se pregunta por políticas de reinserción, por programas serios de empleo juvenil o por inversión sostenida en educación pública.
La idea de “resolver” la violencia con barrotes y uniformes ignora que las raíces del problema siguen vivas: pobreza, desigualdad, abandono de comunidades enteras y un mercado laboral incapaz de integrar a quienes hoy son etiquetados como “riesgo” solo por el lugar donde viven o por cómo se visten. El país está cambiando la geografía de la violencia (menos homicidios visibles), pero no necesariamente su semilla: exclusión, frustración, humillación cotidiana.
¿Qué pasa cuando baje la marea?
Todo modelo basado en la excepción funciona mientras el miedo sea más fuerte que las preguntas. El problema es que el miedo no dura para siempre, y entonces llegan las preguntas que el poder prefiere esquivar: ¿cómo se reinsertarán quienes fueron detenidos injustamente?, ¿qué hará el Estado con los jóvenes que crecieron viendo que la única presencia estatal en su comunidad eran patrullas y allanamientos?, ¿qué futuro se ofrece a las familias que perdieron años de ingresos en procesos judiciales?
Especialistas advierten que la combinación de instituciones debilitadas, juventud excluida y normalización de la represión es una receta conocida: tarde o temprano, produce migración masiva, estallidos sociales o nuevas formas de criminalidad que ya no caben en las categorías de antes. Un país puede llenarse de cárceles, pero si vacía de sentido sus escuelas y de esperanza a su juventud, lo que está construyendo no es seguridad, sino una calma tensa, lista para romperse con la próxima crisis.
La verdadera pregunta de fondo
La discusión sobre el régimen de excepción suele quedarse atrapada en un falso dilema: “o apoyas esto o apoyas a las pandillas”. Esa es la trampa perfecta para evitar el debate incómodo: ¿por qué, después de tantos años y tantos gobiernos, El Salvador sigue produciendo una masa enorme de jóvenes sin oportunidades reales, a los que ahora se les ofrece como única política pública el control policial?
Tal vez la pregunta que habría que empezar a hacerle al gobierno no es cuántos presos tiene, sino cuántos jóvenes logró sacar de la estadística de “ninis”, cuántas escuelas mejoraron, cuántos empleos dignos se crearon en los territorios que antes eran sinónimo de violencia. Porque si dentro de unos años el principal legado de esta época es un país con menos homicidios, pero también con menos derechos y menos futuro, entonces el costo de la “seguridad” habrá sido, en realidad, demasiado alto.
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