The law is often presented as the great guarantor of justice and peaceful coexistence. It is frequently said that “no one is above the law” and that norms protect all people equally. However, daily experience and recent history reveal a different, uncomfortable reality: the law can also serve as an instrument of oppression, particularly in regimes where it is employed not to constrain power, but to shield it.
To speak of the oppressive exercise of the law is to address how norms, their interpretation, and their application become mechanisms of domination. This does not strictly concern openly unjust laws, but rather an intricate web of judicial, police, and administrative practices that legitimize inequalities and entrench the power of certain groups over others. By defining criminal conduct, the law shapes behavior, produces obedient subjects, and draws the line between the acceptable and the unacceptable. In a healthy democracy, this disciplinary power is reasonably checked. In an authoritarian regime, however, it becomes a weapon at the service of the ruler.
Criminal law is perhaps the most evident example. In theory, it protects society from serious offenses. In practice, it often targets its recipients with precision: the poor, youth from marginalized neighborhoods, and political minorities. Drug laws, for instance, rarely fall with the same force upon the children of the elite as they do upon the inhabitants of impoverished communities. In authoritarian regimes, this logic is taken to the extreme: ambiguous crimes such as “public disturbance” or “advocacy of terrorism” are created to allow for the imprisonment of opponents, journalists, or protesters. All “within the law.”
A similar dynamic occurs in the realm of labor. Labor law was born to protect the worker from the power of the employer. The employment contract is presented as a free agreement between equals, when in reality it masks a deeply unequal relationship: those with a need to work accept conditions they can rarely negotiate. In authoritarian contexts, where unions are persecuted or co-opted, labor law can become a shackle that legitimizes exploitation.
Laws regarding the family or domestic violence are not exempt from this logic. In many societies, norms have served to consolidate the subordination of women, justifying wage gaps or minimizing domestic violence. Legal discourse has been adept at concealing power dynamics behind the mask of tradition or “family harmony.” The law imposes a worldview that appears natural, when in reality it responds to the interests of those in command. The oppressive exercise of the law is not a matter of a few rogue elements within the system, but a structure tailored to suit power.
From a Christian perspective, this realization should sound every alarm. The Bible insists that the law exists to protect the weak, not to crush them. The prophets raised their voices against those who “make unjust laws” and “issue oppressive decrees, to deprive the poor of their rights” (Isaiah 10:1-2). Jesus Himself confronted the religious and political powers that used rules to place “heavy burdens” on others while they would not lift “a finger” to move them. The Gospel standard is clear: any law that humiliates, excludes, or dispossesses the vulnerable distances itself from the God of justice and mercy.
The challenge for Christians—and for anyone of good will—is not merely to obey the law, but to discern it and, when necessary, question it. It is insufficient to simply repeat that “if it is legal, it is right.” History is replete with perfectly legal horrors. What is required is a well-formed conscience that centers on human dignity and the mandate to love one’s neighbor, particularly the least among us.
The call is twofold: Those working within the legal system are asked to summon the courage not to turn the law into a shield for injustice, but into a tool for genuine protection. Christians are asked to move from indifference to prophecy: to accompany victims and support reforms that place the law at the service of life. Only then will faith cease to be a private ornament and become a force that paves the way for a justice more akin to the Kingdom that Jesus proclaimed.
Mario Vega
Senior Pastor of Misión Cristiana Elim
EDH: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/idolatrar-la-ley-y-olvidar-al-projimo/49685/2025/
Idolatrar la ley y olvidar al prójimo
El derecho suele presentarse como el gran garante de la justicia y la convivencia pacífica. Se repite que «nadie está por encima de la ley» y que las normas protegen por igual a todas las personas. Sin embargo, la experiencia cotidiana y la historia reciente muestran otra cara incómoda: el derecho también puede ser un instrumento de opresión, especialmente en regímenes donde la ley se usa no para limitar el poder, sino para blindarlo.
Hablar del ejercicio opresor del derecho es referirse a la forma en que las normas, su interpretación y su aplicación se convierten en mecanismos de dominación. No se trata solo de leyes abiertamente injustas, sino de un entramado de prácticas judiciales, policiales y administrativas que legitiman desigualdades y consolidan el poder de algunos grupos sobre otros. Al definir qué conductas son delito, la ley moldea comportamientos, produce sujetos obedientes y traza la frontera entre lo aceptable y lo inaceptable. En una democracia sana, este poder disciplinario está medianamente controlado. En un régimen autoritario, en cambio, se convierte en un arma al servicio del gobernante.
El derecho penal es quizá el ejemplo más evidente. En teoría, protege a la sociedad de conductas graves. En la práctica, suele seleccionar con precisión a sus destinatarios: pobres, jóvenes de barrios marginados, minorías políticas. Las leyes sobre drogas, por ejemplo, rara vez caen con la misma fuerza sobre los hijos de las élites que sobre los habitantes de las comunidades. En regímenes autoritarios, esta lógica se extrema: se crean delitos ambiguos como «alteración del orden público» o «apología del terrorismo» que permiten encarcelar a opositores, periodistas o manifestantes. Todo «dentro de la ley».
En el campo laboral ocurre algo parecido. El derecho del trabajo nació para proteger al trabajador frente al poder del empleador. El contrato laboral se presenta como un acuerdo libre entre iguales, cuando en realidad encubre una relación profundamente desigual: quien tiene la necesidad de trabajar acepta condiciones que rara vez puede negociar. En contextos autoritarios, donde los sindicatos son perseguidos o controlados, la ley laboral puede convertirse en un candado que legitima la explotación.
Tampoco escapan a esta lógica las leyes sobre la familia o la violencia doméstica. En muchas sociedades, las normas han servido para consolidar la subordinación de las mujeres, justificando desigualdades salariales o minimizando la violencia en el hogar. El discurso jurídico ha sabido esconder relaciones de poder bajo la máscara de la tradición o de la «armonía familiar». El derecho impone una visión del mundo que parece natural, cuando en realidad responde a los intereses de quienes mandan. El ejercicio opresor del derecho no es un problema de malos elementos del sistema, sino una estructura creada a gusto del poder.
Desde una perspectiva cristiana, esta constatación debería encender todas las alarmas. La Biblia insiste en que la ley existe para proteger al débil, no para aplastarlo. Los profetas alzan la voz contra quienes «dictan leyes injustas» y «publican decretos tiránicos para negar la justicia a los pobres» (Isaías 10:1-2). Jesús mismo se enfrentó a los poderes religiosos y políticos quienes usaban la norma para colocar «pesadas cargas» sobre los demás mientras ellos no movían «ni un dedo» para levantarlas. El criterio evangélico es claro: toda ley que humilla, excluye o despoja al vulnerable se aleja del Dios de justicia y misericordia.
El desafío para los cristianos —y para cualquier persona de buena voluntad— no es solo obedecer la ley, sino discernirla y, cuando es necesario, cuestionarla. No basta con repetir que «si es legal, está bien». La historia está llena de horrores perfectamente legales. Se necesita una conciencia formada que ponga en el centro la dignidad humana y el mandato del amor al prójimo, especialmente al más pequeño.
El llamado es doble: A quienes trabajan dentro del sistema jurídico se les pide el coraje de no convertir la ley en escudo de la injusticia, sino en herramienta de protección real. Y a los cristianos se les pide pasar de la indiferencia a la profecía: acompañar a las víctimas y apoyar reformas que pongan el derecho al servicio de la vida. Solo así, la fe dejará de ser un adorno privado y se convertirá en una fuerza que abre camino a una justicia más parecida al Reino que Jesús anunció.
Mario Vega
Pastor General de la Misión Cristiana Elim
EDH: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/idolatrar-la-ley-y-olvidar-al-projimo/49685/2025/

