Bukele, the Antiglobalist — Bukele, el antiglobalista

Aug 8, 2025

He will be able to secure election as many times as he wishes. The path lies clear before him: he controls the three branches of government and the entire political landscape. — Podrá hacerse elegir las veces que quiera. El camino lo tiene despejado: controla las tres ramas del poder y todo el campo político.

As it turns out, this was anti-globalism: a young president who had joked about being the world’s “coolest” dictator, criticizing moral universalism and international organizations at the UN, and then explaining to his followers why the political prescriptions that worked in Europe were useless—bad medicine—when applied in El Salvador. That president took pride in rejecting any form of international oversight, any global democratic benchmark, any definition of democracy from the developed world, or any moral yardstick forged in the West. Nayib Bukele claimed for his country the right to seek its own solutions and apply them in its own way, regardless of what cosmopolitan liberals might think. The only doctor with solutions for El Salvador, he said on the day of his second inauguration, was himself. The foreign technocrats who came to tell them how to solve their problems were nothing more than quacks who did not understand El Salvador, and whose potions were useless. The only medicine that worked, however bitter, was the one he had administered to his homeland.

Today, after El Salvador’s Asamblea Legislativa (Legislative Assembly) amended five articles of the Constitution that had barred indefinite presidential reelection, we know that this medicine was not only bitter but also protracted. Thanks to this maneuver, which completes the cycle of Latin American *caudillismo* that begins by ignoring the red lines of international organizations and ends by annihilating democracy, Bukele will be able to get himself reelected as many times as he wishes. The path is clear: he controls the three branches of government, the resources of the state, and the entire political landscape. That was the bitter medicine with which he crushed the gangs, and administering it required jettisoning the entire Western democratic experience—its regard for human rights and due process, for habeas corpus, judicial independence, and freedom of the press. And, of course, any institutions that, like Human Rights Watch or the NGO Cristosal, tried to hold his government to account. For them, Bukele also had bitter medicine: a Ley de Agentes Extranjeros (Foreign Agents Law), which authorizes tax and political harassment of any official from globalist institutions who travels to El Salvador to denounce anti-democratic abuses.

So yes, that was anti-globalism: an appeal to sovereignty and to doing things one’s own way, which disregards every international benchmark, and the knowledge and experience the West has accumulated in moral and democratic matters, only to perpetuate Latin America’s most persistent tradition. That of the delusional dictator who steps onto the balcony in Napoleonic regalia, demanding respect for his sovereignty and his cultural identity.

ABC: https://www.abc.es/opinion/carlos-granes-bukele-antiglobalista-20250808190734-nt.html

Bukele, el antiglobalista

Resultó que el antiglobalismo era eso: un joven presidente que había bromeado con la idea de ser el dictador más ‘cool’ del mundo, criticando en la ONU el universalismo moral y los organismos internacionales, y luego explicándoles a sus seguidores por qué las recetas políticas que servían en Europa resultaban inútiles, medicina mala, cuando se aplicaban en El Salvador. Aquel presidente se enorgulleció de haber rechazado cualquier tipo de supervisión internacional, cualquier parámetro democrático global, cualquier definición de democracia que viniera del mundo desarrollado o cualquier vara moral forjada en Occidente. Nayib Bukele reclamaba para su país el derecho a buscar sus propias soluciones y de aplicarlas a su manera, independientemente de lo que pudieran pensar los liberales cosmopolitas. El único médico que tenía soluciones para El Salvador, dijo el día de su segunda posesión, era él. Los tecnócratas extranjeros que venían a decirles cómo solucionar sus problemas no pasaban de ser unos curanderos que no entendían El Salvador, y cuyas pócimas no servían de nada. La única medicina que funcionaba, así fuera amarga, era la que él le había administrado a su patria.

Hoy, después de que la Asamblea Legislativa salvadoreña modificara cinco artículos de la Constitución que impedían la reelección presidencial indefinida, sabemos que esa medicina no solo era amarga sino prolongada. Gracias a esta jugada, que viene a cerrar el ciclo del caudillismo latinoamericano que empieza ignorando las líneas rojas de los organismos internacionales y termina aniquilando la democracia, Bukele podrá hacerse elegir las veces que quiera. El camino lo tiene despejado: controla las tres ramas del poder, los recursos del Estado y todo el campo político. Esa fue la medicina amarga con la que acabó con las pandillas, y cuya aplicación demandó deshacerse de toda la experiencia democrática occidental, de todas sus consideraciones por los derechos humanos y el debido proceso, por el ‘habeas corpus’, la independencia judicial y la libertad de prensa. Y, por supuesto, de todas las instituciones que, como Human Rights Watch o la ONG Cristosal, trataron de fiscalizar su acción de gobierno. Para ellos Bukele también tenía medicina amarga: una Ley de Agentes Extranjeros que autoriza el acoso fiscal y político a cualquier funcionario de instituciones globalistas que vaya a El Salvador a denunciar los abusos antidemocráticos.

De manera que sí, eso era el antiglobalismo: un recurso a la soberanía y a los modos propios de hacer las cosas, que se desentiende de todos los parámetros internacionales, del conocimiento y de la experiencia acumulada por Occidente en asuntos morales y democráticos, para reproducir la más persistente tradición latinoamericana. La del dictador alucinado que sale al balcón con trajes napoleónicos reclamando respeto a su soberanía y a su identidad cultural.

ABC: https://www.abc.es/opinion/carlos-granes-bukele-antiglobalista-20250808190734-nt.html