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El Salvador, the land of coffee, surfing, and volcanoes, is also the land of floods and landslides with nearly two dozen dead, thousands affected, and infrastructure in ruins. In the five years of reinvention, there has been little progress in mitigating and preventing natural disasters that periodically hit the country. The hardest hit are the majority, forced to live in high-risk areas because they have not found a safe place. Bukele’s country designers have ignored the structural vulnerability of the territory, climate change, and the increasing violence of natural phenomena. Recklessly, they decided to base their reinvention on very fragile foundations.

In their defense, they cannot argue the strength and persistence of last week’s rains, because it is well known that this phenomenon and others, such as earthquakes and droughts, are recurrent and devastating. The rise in temperature is new, but it has come to stay. Several qualified voices persistently warned of the worsening vulnerability of the country, which Bukele and his followers insist on reinventing. Avoiding natural phenomena is impossible, but mitigating the risks to minimize them is within the reach of both rulers and the organized community. The dictatorship, dazzled and inflated by messianism, thought it could create an entirely new country without considering the existing structural limitations. It did not pay attention to communities that, knowledgeable about their surroundings, warned of their recklessness.

Ironically, some of the most emblematic works of the new country fared poorly in this test, exposing the designer’s imprudence and the builder’s shoddy work. The damage left by the downpours is a reminder of the irresponsible abuse of an already overexploited environment, which punishes both the dictatorship’s mega-projects and the unprotected majority. The human tragedy and material destruction reveal how savage neoliberal capitalism drives the country towards the abyss.

The scale of the catastrophe and the inability to respond to the communities’ demand for relief seem to have left Bukele speechless. He spoke late and poorly. While the country and its people suffered the onslaughts of torrential rains, he talked about himself. Almost at the end of the storm, he reproduced the cover of a magazine specializing in business and finance, aimed at millionaires and aspiring members of that exclusive circle, showing his face. It was given to him not for merits but for having paid a substantial amount of dollars. He then stepped in to defend his Minister of Education, harshly criticized for calling students to classrooms in the midst of the storm. The defense was unfortunate. It was about balancing real risks with retaining students in educational institutions, even though most do not have the conditions to accommodate the affected, much less the students.

Last week’s environmental crisis unveiled another facet of the limitations to the security of Bukele’s country. The majority of its inhabitants are at the mercy of nature’s onslaught due to governmental poverty. The Presidential House is not prepared to deal with natural phenomena. Imprudently, it dismantled existing protection and foresight structures, and what remained was centralized in such a way that it nullified its ability to react. The calls for help from many communities went unanswered, and the large budget allocated to such tasks vanished without a trace.

If the millions of dollars spent on frivolities such as the June 1st show had been invested in mitigating and preventing the risks of a very fragile environment, the outcome would have been different. It is cynical that, afterwards, the legislative leadership asks the population for donations to attend to the affected when they are also responsible for the loss of human lives, public infrastructure, and productive means. It invokes the solidarity of a population it claims to represent but whose fate it does not care about.

Bukele missed an opportunity to present environmental security as another milestone in his administration. Instead of caring for the homeless, he was absent. The only presidential presence was the large team of photographers and cameramen who recorded the staging of several ministers who had come to the aid of the affected. Risk management is reckless. The country of coffee, surfing, and volcanoes crumbles.

* Rodolfo Cardenal, director of the Monseñor Romero Center.

UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/el-reinvento-se-derrumba

El reinvento se derrumba

El Salvador del café, del surf y de los volcanes es también el de las inundaciones y los derrumbes con casi dos decenas de muertos, miles de damnificados e infraestructura en ruinas. En los cinco años de reinvención no ha habido mayor avance en la mitigación y la prevención de las catástrofes naturales que periódicamente azotan al país. Las más castigadas son las mayorías, forzadas a vivir en sitios de alto riesgo, porque no han encontrado un lugar seguro. Los diseñadores del país de Bukele han ignorado la vulnerabilidad estructural del territorio, el cambio climático y la creciente violencia de los fenómenos naturales. Temerariamente, decidieron asentar su reinvención sobre bases muy frágiles.

En su defensa no pueden alegar la fuerza y persistencia de las lluvias de la semana pasada, porque es bien sabido que este fenómeno y otros como los terremotos y las sequías son recurrentes y devastadores. El aumento de la temperatura es nuevo, pero vino para quedarse. Varias voces cualificadas advirtieron insistentemente de la agudización de la vulnerabilidad del país, que Bukele y los suyos se empeñan en reinventar. Evitar los fenómenos naturales es imposible, pero mitigar los riesgos hasta minimizarlos está al alcance de los gobernantes y la comunidad organizada. La dictadura, encandilada y ensoberbecida por el mesianismo, pensó que podía crear un país totalmente nuevo sin considerar las limitaciones estructurales existentes. No prestó atención a las comunidades que, conocedoras de su entorno, advirtieron su temeridad.

Irónicamente, algunas de las obras más emblemáticas del nuevo país salieron mal paradas de este trance, dejando al descubierto la imprudencia del diseñador y la mala obra del constructor. Los estragos dejados por los aguaceros son un recordatorio del abuso irresponsable de un medioambiente ya sobreexplotado, que castiga tanto a los megaproyectos de la dictadura como a las mayorías desprotegidas. La tragedia humana y la destrucción material evidencian cómo el capitalismo neoliberal salvaje conduce al país hacia el precipicio.

La dimensión de la catástrofe y la incapacidad para responder a las demandas de ayuda de las comunidades parecen haber dejado a Bukele sin palabra. Habló tarde y mal. Mientras el país y su gente padecían las inclemencias de lluvias torrenciales, habló de sí mismo. Casi al final del temporal, reprodujo la portada de una revista especializada en negocios y finanzas, destinada a los millonarios y a los aspirantes a ingresar en ese círculo exclusivo, donde aparece su cara. Se la cedieron no por méritos, sino por haber pagado una abultada cantidad de dólares. Luego, terció para defender a su ministro de Educación, duramente criticado por llamar a las aulas en medio de la tormenta. La defensa fue desafortunada. Se trataba de equilibrar los riesgos reales con la retención de los escolares en los centros educativos, aun cuando la mayoría no reúne condiciones para albergar a los damnificados, muchos menos a los estudiantes.

La crisis medioambiental de la semana pasada develó otra faceta de las limitaciones de la seguridad del país de Bukele. La mayoría de sus habitantes está a merced de los embates de la naturaleza por la inopia gubernamental. Casa Presidencial no está preparada para lidiar con los fenómenos naturales. Imprudentemente, desmanteló las estructuras de protección y previsión existentes, y lo que dejó lo centralizó de tal manera que anuló su capacidad para reaccionar. Los llamados de auxilio de muchas comunidades quedaron sin respuesta y el abultado presupuesto asignado a esas labores se esfumó sin dejar rastro.

Si los millones de dólares empleados en frivolidades como el espectáculo del 1 de junio hubieran sido invertidos en mitigar y prevenir los riesgos de un medioambiente muy frágil, el resultado hubiera sido otro. Es cínico que, a posteriori, la cúpula de la legislatura pida a la población donativos para atender a los damnificados, cuando ella es también responsable de la pérdida de vidas humanas, de infraestructura pública y de medios productivos. Invoca la solidaridad de una población a la cual dice representar, pero cuya suerte le tiene sin cuidado.

Bukele perdió una oportunidad para presentar la seguridad medioambiental como otro hito de su gestión. En vez de cuidar de los desamparados, se ausentó. La única presencia presidencial fue el nutrido equipo de fotógrafos y camarógrafos que registró la escenificación de varios ministros que habrían salido al rescate de los damnificados. La gestión de los riesgos es temeraria. El país del café, del surf y de los volcanes se derrumba.

* Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.

UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/el-reinvento-se-derrumba