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There is nothing alarmist in the title of this column, but rather the conclusion that for now, El Salvador will continue to slide down the path it began five years ago. All available evidence points to a future not only with fewer freedoms but also fewer opportunities for the vast majority of Salvadorans.

During its first five-year term, Bukeleism stormed justice, annulled other checks and balances, virtually eliminated political opposition, closed spaces for civic participation and independent journalism, accelerated the militarization of society, stigmatized human rights and their defenders, and spread misinformation and polarizing hate speech. The re-election, imposed by breaking the Constitution, guarantees that Bukeleism will become entrenched in power and foreshadows the worsening of its symptoms.

Without having to decipher the content of the empty speech on June 1st, what is coming is a time of more shallow ideas, closing of public debate, repression, censorship and self-censorship, more state impunity, and shielding the electoral system to ensure that the winners are always the same. What is coming is a stage of consolidation of a dictatorial project that no longer hides its intentions to remain in power indefinitely at any cost.

As it became clear from the staging that day, this is a government that wants subjects from us, not citizens. This is the real “Bukele model”: a form of government that claims to govern for the people while stripping them of their rights and dignity.

The “model” does not even need a government plan; in its first 5 years, the government was unable to produce one and now has even fewer reasons to do so. Bullying, single-mindedness, and the cult of the leader’s personality do not admit contradiction, do not offer explanations, will never hold themselves accountable, and only need enough believers and, apparently, a larger number of disenchanted with democracy and its results.

But behind the propaganda, this government, which now clings to power illegitimately – just like the dictatorships in Cuba, Venezuela, and Nicaragua in the region – is nothing but a handful of flashy measures and projects without a vision for the future; some doubtful “successful” results they adamantly refuse to explain; and a long list of fanciful promises, all seasoned with bullying, improvisation, incompetence, and the deepest contempt for the people and their rights.

After five years, there is not a single economic policy that offers answers to the challenges of low growth, low productivity of our economy, scarce quality and well-paid work, and the exclusion of the majority of Salvadorans from the opportunity to build a dignified life for themselves and their families. On the contrary, the government has brought the country to a historical level of debt, driven away foreign direct investment, demonstrated incapacity for public investment, and has no economic idea beyond the next spending and debt cycle.

Moreover, as poverty grows and we fall in all human development indicators, it has been deceitfully incapable of proposing social policies that give people the opportunity to improve their current living conditions. Neither health, nor education, nor gender equality, nor the environment has been or will be priorities for those who control each and every one of the public power institutions.

It is true that in such an environment there will always be “winners” who know how to parasitize a government interested only in remaining and profiting from power. But it is also true that for now, nobody – not workers, entrepreneurs, farmers, professionals, public servants, nor anyone else – will have any guarantee that the fruit of their labor, their freedom, and their life will be respected. This is a government that has already proven itself capable of spying, persecuting, depriving people of their assets, and even condemning them to exile, prison, or death, allies and enemies alike.

Although we may not have seen its worst face or think ourselves safe, the dictatorship is already here and it is for everyone.

What happens in El Salvador from now on will continue to reverberate in the discourse and political practice of the region. Just as it already happens, more Latin American opportunistic politicians will ride on the “model” as an alternative to the cumbersome rule of law and promise quick and easy solutions to the most pressing problems of their countries. A regional franchise of lies has been inaugurated.

All while the democratic international community looks on indolently as the latest Latin American dictatorship is inaugurated and – by action or omission – helps to normalize its absurd variant of a single-party democracy without citizens’ rights. A genuine favor it does to the global advance of authoritarianism against which it defends itself in other latitudes.

There is nothing pessimistic in this column. On the contrary: history teaches us that no political experiment in which citizens hand over their rights and future to the tyrant of the moment can last forever. This one will also end, and although it may be difficult to see now, I am optimistic that perhaps we will be better prepared to ensure this does not happen again.

However – and as much as I would like to be wrong – after the pomp and lights of June 1st fade, the country will still have to descend further down the slope of madness it has chosen.

EDH: https://www.elsalvador.com/opinion/editoriales/editoriales-/1147327/2024/

Lo peor está por venir

No hay nada de alarmista en el título de esta columna, sino la conclusión de que por ahora El Salvador continuará deslizándose por el camino que inició hace cinco años. Toda la evidencia disponible apunta a que esa vía desciende a un futuro no solo de menos libertades, sino también de menos oportunidades para la gran mayoría de salvadoreños.

Durante su primer quinquenio, el bukelismo tomó por asalto la justicia, anuló el resto de frenos y contrapesos, virtualmente eliminó a la oposición política, cerró espacios para la participación cívica y el periodismo independiente, aceleró la militarización de la sociedad, estigmatizó los derechos humanos y a sus defensores, y propagó mucha desinformación y un polarizante discurso de odio. La reelección, impuesta rompiendo la Constitución, garantiza que el bukelismo se enquiste en el poder y presagia el agravamiento de sus síntomas.

Sin que haga falta descifrar el contenido del vacío discurso del 1º de junio, lo que viene es un tiempo de más ideas chatas, de cierre del debate público, de represión, censura y autocensura, de más impunidad estatal, y de blindar el sistema electoral para que tengamos elecciones en que los ganadores siempre sean los mismos. Lo que viene es una etapa de consolidación de un proyecto dictatorial que ya no esconde sus intenciones de perpetuarse indefinidamente en el poder a cualquier costo.

Como quedó claro de la puesta en escena de ese día, este es un gobierno que quiere de nosotros súbditos y no ciudadanos. Este es el verdadero “modelo Bukele”: una forma de gobierno que dice gobernar para la gente mientras la despoja de sus derechos y dignidad.

El “modelo” no necesita ni siquiera de un plan de gobierno; en sus primeros 5 años el gobierno fue incapaz de producirlo y ahora tiene menos razones para hacerlo. La matonería, el pensamiento único y el culto a la personalidad del caudillo no admiten réplica, no ofrecen explicaciones, jamás rendirían cuentas y solo necesitan de suficientes creyentes y, según parece, un número mayor de desencantados de la democracia y sus resultados.

Pero atrás de la propaganda, este gobierno que ahora se aferra al poder de forma ilegítima -igual que lo hacen en la región las dictaduras en Cuba, Venezuela y Nicaragua-, no es sino un puñado de medidas y proyectos vistosos, pero sin visión de futuro; unos dudosos resultados “exitosos” que rabiosamente se niega a explicar; y una larga lista de promesas fantasiosas, todo aderezado de matonería, improvisación, incapacidad y el más profundo desprecio por la gente y sus derechos.

Tras cinco años, no hay una sola política económica que ofrezca respuestas a los retos del bajo crecimiento, de la baja productividad de nuestra economía, del escaso trabajo de calidad y bien remunerado y de la exclusión de la mayoría de los salvadoreños de la oportunidad de construirse una vida digna para ellos y sus familias. Por el contrario, el gobierno ha llevado al país a un endeudamiento histórico, ha alejado la inversión extranjera directa, ha demostrado incapacidad para la inversión pública y no tiene idea económica alguna más allá del siguiente ciclo de gasto y endeudamiento.

Y, además, mientras crece la pobreza y caemos en todos los indicadores de desarrollo humano, ha sido dolosamente incapaz de proponer políticas sociales que brinden a la gente la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida actuales. Ni la salud, ni la educación, ni la equidad de género, ni el medioambiente ha sido -ni serán- prioridades para quien controla a todas y cada una de las instituciones del poder público.

Es cierto que en un entorno así habrá siempre “ganadores” que sepan parasitar de un gobierno interesado solo en permanecer y lucrarse del poder. Pero también es cierto que por ahora nadie -ni trabajadores, empresarios, agricultores, profesionales, servidores públicos, ni nadie más- tendrá garantía alguna de que el fruto de su trabajo, su libertad y o vida se respetarán. Este es un gobierno que ya demostró ser capaz de espiar, perseguir, despojar de sus bienes, y hasta condenar al exilio, a la cárcel o la muerte a aliados y enemigos por igual.

Aunque no hayamos visto su peor cara o nos pensemos a salvo, la dictadura ya está acá y es para todos.

Lo que pase en El Salvador a partir de ahora también seguirá repercutiendo en el discurso y en la práctica política de la región. Tal como ya ocurre, más políticos oportunistas latinoamericanos se montarán en el “modelo” como una alternativa al margen del molesto Estado de derecho y prometerán soluciones rápidas y fáciles a los problemas más acuciantes de sus países. Se ha inaugurado una franquicia regional de la mentira.

Todo mientras la comunidad democrática internacional ve indolente como se inaugura la más reciente de las dictaduras latinoamericanas y -por acción u omisión- le ayuda a normalizar su absurda variante de democracia de un solo partido y sin derechos ciudadanos. Auténtico favor le hace al avance global del autoritarismo contra el que se defiende en otras latitudes.

No hay nada de pesimista en esta columna. Por el contrario: la historia nos enseña que ningún experimento político en que los ciudadanos entreguen sus derechos y futuro al tirano de turno puede durar para siempre. Este también terminará y, aunque ahora cueste verlo, soy optimista de que quizá estaremos mejor preparados para que esto no nos vuelva a pasar.

Sin embargo -y como me gustaría equivocarme-, después de que la pompa y las luces del 1º de junio terminen de apagarse, el país aún deberá descender más por la pendiente de la locura que ha elegido.

EDH: https://www.elsalvador.com/opinion/editoriales/editoriales-/1147327/2024/