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In 2021, the European Parliament condemned the “electoral farce” in Nicaragua. Why? Because they considered the elections to be rigged, as the Nicaraguan ruling party destroyed the integrity of the electoral process. Three years later, the same bloc applauded the elections and reaffirmed that they seek to work with Nayib Bukele.

What part of the 2024 elections did the European diplomatic delegation that will attend the inauguration not see, as they now openly applaud the illegalities in El Salvador?

Did they miss the coup that led five lawyers to usurp the seats of the constitutional judges? Or the resolution in which these puppets of the Presidency distorted the Constitution itself to allow the president’s reelection, despite the clear and explicit prohibition? Or didn’t their ambassadors in El Salvador tell them that the election rules changed months before the vote to favor only the president’s party?

If this happened in Spain or France, where laws are respected, and a president used his power to stay in power at all costs, these same ambassadors who now applaud would cry out for adherence to legality.

But since this happens on the farm, far from civilization, the show can go on.

The European Union and other democracies with diplomatic missions in El Salvador rushed to applaud Nayib Bukele’s triumph, ignoring that the Salvadoran electoral process was fraught with irregularities that not only cast doubt on the integrity of the elections: they completely buried them.

Perhaps their approach is intended to be pragmatic. That is, to be friendly with a popular government and president, disregarding the legalities and adhering to the reality on the ground: that continuity rests on breaking laws, intimidating critical voices, and financially suffocating the opposition.

Popularity does not mean correctness, ambassadors.

Their approach might earn them meetings and friendly photos from the adorned offices of the Presidency. What they will not earn is coherence.

In the face of attempts in countries like Venezuela or Nicaragua to perpetuate corrupt elites in power, there have been numerous and forceful condemnations. In the face of similar acts in El Salvador, where the president himself announced aspirations for a single-party system, they display a dangerous silence.

A silent cowardice that is becoming a habit.

Diplomacy should be the friendship between peoples, united by common aspirations such as progress or peace, not the complicity between governments: some despotic and repressive, others who choose to remain silent out of “prudence.”

What is the international community waiting for to call Nayib Bukele’s government by its real name?

Are they waiting for him to place the presidential sash on himself on June 1 and thus label him a dictator or de facto president? Or do they wait for his popularity to wane and resort to the same violence suffered by Nicaraguans or Venezuelans?

Or do they expect that, as in May 2021, he’ll deceive them again, laugh in their faces, and still get their applause?

The illusions of the international community are in excess: their pragmatism will not open doors to gain a little influence on the causes their foreign ministries prioritize.

On the contrary, applauding a tyrant will always give the same result: being on the wrong side of history. The violent, corrupt, and blood-stained side.

How will they explain that to their citizens?

Revista Factum: https://www.revistafactum.com/editorial-diplomacia/

La traición de la diplomacia

En 2021, el Parlamento Europeo condenó la “farsa electoral” en Nicaragua. ¿Por qué? Porque consideraron que las elecciones fueron amañadas, pues el oficialismo nicaragüense destruyó la integridad del proceso electoral. Tres años después, el mismo bloque aplaudió las elecciones y reafirmó que busca trabajar con Nayib Bukele.

¿Qué parte de las elecciones 2024 no vio la delegación diplomática europea que asistirá a la investidura y que hoy aplaude abiertamente las ilegalidades en El Salvador?

¿Se habrán perdido el golpe de Estado que llevó a cinco abogados a usurpar las sillas de los magistrados constitucionales? ¿O la resolución en la que estos títeres de la Presidencia trastocaron la misma Constitución para permitir la reelección del presidente, pese a la prohibición clara y explícita? ¿O sus embajadores en El Salvador no les contaron que las reglas de las elecciones cambiaron meses antes de las votaciones para favorecer únicamente al partido del presidente?

Si esto pasara en España, o en Francia donde se jactan del respeto a las leyes, y un presidente usara su poder para mantenerse a toda costa en el poder, estos mismos embajadores que ahora aplauden pondrían el grito en el cielo y clamarían por el respeto a la legalidad.

Pero como esto pasa en la finca, lejos de la civilización, entonces el show puede continuar.

La Unión Europea, y otras democracias con misiones diplomáticas en El Salvador, se apresuraron a aplaudir el triunfo de Nayib Bukele, obviando que el proceso electoral salvadoreño estuvo cargado de irregularidades que no solo ponen dudas sobre la integridad de las elecciones: la sepultaron por completo.

Puede que su abordaje pretenda ser pragmático. Es decir, mostrarse amigables con un gobierno y un presidente popular, dejando de juzgar el deber ser, amparado en la legalidad, y apegándose a la realidad en el terreno: que el continuismo descansa sobre el rompimiento de las leyes, la intimidación a las voces críticas y el ahogamiento financiero de la oposición.

Que sea popular, embajadores, no significa que sea correcto.

Su abordaje podrá ganarles reuniones y fotos amables desde las adornadas oficinas de la Presidencia. Lo que no ganarán es coherencia.

Ante intentos, en países como Venezuela o Nicaragua, de perpetuar a élites corruptas en el poder, ha habido numerosas y enérgicas condenas. Ante actos similares en El Salvador, donde el mismo presidente anunció que aspira a un sistema de partido único, muestran un peligroso silencio.

Una cobardía silenciosa que ya se está haciendo costumbre.

La diplomacia debería ser la amistad entre pueblos, unidos por aspiraciones comunes como el progreso o la paz, y no la complicidad entre gobiernos: unos despóticos y represivos, y otros que por “prudencia” optan por guardar silencio.

¿Qué espera la comunidad internacional para llamar al gobierno de Nayib Bukele por su verdadero nombre?

¿Esperan que se ponga a sí mismo la banda presidencial el 1 de junio y así poder calificarlo de dictador o presidente de facto? ¿O esperan que, una vez merme su popularidad, recurra a la misma violencia que han sufrido nicaragüenses o venezolanos?

¿O esperan que, como en mayo de 2021, los vuelva a engañar, reírse en sus caras, y de todas formas aplaudirle?

Las ilusiones de la comunidad internacional sobran: su pragmatismo no les abrirá puertas para ganar un poco de influencia en las causas que sus cancillerías priorizan.

Por el contrario, aplaudir a un tirano siempre dará el mismo resultado: el estar del lado equivocado de la historia. El lado violento, corrupto y que tiene las manos llenas de sangre.

¿Cómo le explicarán eso a sus ciudadanos?

Revista Factum: https://www.revistafactum.com/editorial-diplomacia/