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El Salvador has just borrowed $1,000 million in international markets, paying the highest interest rate in its history, 12%, and with unusual conditions. That rate could rise a quarter point if the country does not reach an agreement with the International Monetary Fund (IMF) by October 2025 and to 16% if it does not achieve it a year later. The government has been negotiating with the IMF for three years without reaching an agreement. We will probably end up paying a 16% rate. To issue these bonds, the government used the sovereign guarantee; they committed the country to pay that debt in six years.

That is a very high cost for a country to borrow money. Germany pays around 2.5%, the US 4.5%, Guatemala and Honduras less than 8%. And when we talk about billions, that turns into a lot of money. Compared to Guatemala, we will pay at least $40 million more per year for that same amount and, probably, in two years, $80 million more per year. That difference with what the neighboring country would pay, but which manages its finances better, would be enough to pay almost 70,000 people – and about 140,000 within two years if we end up paying a 16% interest – the monthly solidarity bonus for the elderly, on which most of the recipients depend month by month. Seen from another angle, the interest payment on the new debt is more than enough to pay off the debt to the University in one year.

We pay such a high rate for two main reasons: poor management of our public finances and a high country risk. The former is mainly due to higher spending than income and an increasingly larger debt to cover the deficit generated. The latter is due to the lack of legal security, fiscal transparency and accountability, the use of unregulated bitcoin, and an atmosphere of disrespect for citizens’ rights, among other causes.

For citizens, the above has serious implications in their daily lives. Greater debt implies a more expensive dollar, which leads to higher inflation, implying higher prices. The conditions of that debt put more pressure on fiscal austerity policies, i.e., for the government to spend less and increase its income, which could lead to less investment, job cuts in the public sector, and even an increase in VAT. All this also affects prices, especially the prices of products consumed by the lowest-income sectors. However, the greatest cost of these financial policies is the debt we leave to our children and grandchildren. In fact, now, out of every four dollars we produce, three are for debt repayment. We are leaving future generations a country with values and principles that are increasingly less respected, especially by those who should set the highest example – leaders. Every year, we have less transparency, accountability, dialogue, solidarity, respect for laws, and democracy.

Possible solutions to this serious problem are several, but they all involve applying the values we are losing. We need to stop corruption, which implies greater transparency; we need to spend according to our income, but we must do it without hurting the poorest, which implies solidarity, meaning the more someone has, the more they should pay; we need national agreements, which implies dialogue, the basis of democracy; we need a better investment and business climate, which implies ensuring respect for laws and the rule of law; we need rulers who can recognize mistakes and correct their course, as is the case with bitcoin; we need to ensure a climate of peace, which implies prioritizing public policies to reduce poverty; we need to analyze loans before approving them, which implies a separation of powers. We need a citizenship that demands its rights and fulfills its obligations, a citizenship responsible when voting. We need a change of course that alters the direction of fiscal policy and guides it towards genuinely inclusive growth and development.

LPG: https://www.laprensagrafica.com/opinion/El-costo-insolito-de-la-deuda-20240415-0053.html

El costo insólito de la deuda

El Salvador acaba de prestar $1,000 millones en los mercados internacionales pagando para ello la tasa de interés más alta en su historia, 12 %, y con condiciones inusuales. Esa tasa podría subir un cuarto de punto si el país no llega a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para octubre de 2025 y a 16 % si no lo logra un año después. El gobierno lleva tres años negociando con el FMI sin lograr acuerdo. Probablemente llegaremos a pagar una tasa de 16 %. Para emitir estos bonos el gobierno ocupó la garantía soberana; comprometieron al país a pagar esa deuda en seis años.

Eso es un costo muy alto para un país por la plata que presta. Alemania paga como 2.5 %, EUA 4.5 %, Guatemala y Honduras menos del 8 %. Y cuando hablamos de miles de millones, ello se convierte en mucho dinero. Comparado con Guatemala pagaremos por esa misma suma por lo menos $40 millones más al año y, probablemente, en dos años, $80 millones más por año. Esa diferencia con lo que pagaría el país hermano, pero que maneja mejor sus finanzas, alcanzaría para pagar a casi 70 mil personas –y a unas 140 mil dentro de dos años si llegamos a pagar un interés del 16 %–, el bono mensual solidario de tercera edad, con el que subsisten mes a mes la mayoría de las ancianas que lo reciben. Viéndolo de otro ángulo, el pago de intereses de la nueva deuda alcanza y sobra para pagar la deuda a la Universidad en un año.

Pagamos una tasa tan alta por dos razones principales: mal manejo de nuestras finanzas públicas y un alto riesgo país. Lo primero se da sobre todo por un gasto mayor que los ingresos y una deuda cada vez mayor para pagar el déficit que ello genera. Lo segundo se da debido a la falta de seguridad jurídica, de transparencia fiscal y rendición de cuentas, el bitcóin y su uso no regulado, y el clima de irrespeto a los derechos ciudadanos, entre otras causas.

Para la ciudadanía lo anterior tiene implicaciones serias en su diario vivir. Mayor deuda implica un dólar más caro, ello lleva a una mayor inflación, lo que implica precios más altos. Las condiciones de esa deuda ponen mayor presión por una política de austeridad fiscal, o sea, que el gobierno gaste menos e incremente sus ingresos, ello podría llevar a menor inversión, recorte de empleos en el sector público, e incluso aumento del IVA. Todo ello también impacta en los precios, especialmente en los precios de los productos que consumen los sectores de menores ingresos. Sin embargo, el mayor costo de esas políticas financieras es la deuda que dejamos a nuestros hijos y nietos. De hecho ahora, de cada cuatro dólares que producimos, tres son para pago de deuda. Les heredamos a las futuras generaciones un país con valores y principios cada vez menos respetados, especialmente por los que deberían dar mayor ejemplo –los líderes. Cada año tenemos menos transparencia, responsabilidad, diálogo, solidaridad, respeto a las leyes y a la democracia.

Las posibles soluciones a este grave problema son varias, pero todas pasan por la aplicación de esos valores que estamos perdiendo. Necesitamos parar la corrupción, ello implica mayor transparencia; necesitamos gastar de acuerdo con nuestros ingresos, pero ello lo debemos hacer sin golpear a los más pobres, ello implica solidaridad, es decir, que el que más tiene pague más; necesitamos acuerdos de nación, ello implica diálogo, base de la democracia; necesitamos un mejor clima de inversión y de negocios, ello implica garantizar el respeto a las leyes y al Estado de derecho; necesitamos gobernantes que puedan reconocer errores y corregir rumbo, como es el caso del bitcóin; necesitamos asegurar un clima de paz, ello implica priorizar políticas públicas para disminuir la pobreza; necesitamos analizar los préstamos antes de aprobarlos, ello implica separación de poderes. Necesitamos una ciudadanía que reclame sus derechos y cumpla sus obligaciones, una ciudadanía responsable a la hora de votar. Necesitamos un golpe de timón que cambie el rumbo de la política fiscal y que la oriente hacia un crecimiento y desarrollo genuinamente inclusivo.

LPG: https://www.laprensagrafica.com/opinion/El-costo-insolito-de-la-deuda-20240415-0053.html