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Defenseless in solitude, collective life allows individuals to protect themselves from dangers and threats. This implies the creation of an instrument for such purpose, institutionalized in professional agencies, with suitable personnel and operational rationality. And, of course, with the ability to use force to guarantee such protection.

This is the state. Within this web of relationships, the state’s primary obligation is to defend its territory against external threats and to preserve the rights of individuals against attempts at oppression, both external and internal.

The state provides goods and services, including enforcing property rights to reduce investor risk and create wealth. A relationship of mutual rights and obligations is established, a contractual link. Everything mentioned requires resources, essential for people to assume the responsibility of paying for these services and observing the laws that emanate from the state.

In other words, to pay taxes and obey. They will do so voluntarily as long as they consider the state legitimate. This is why its power cannot be exercised arbitrarily or absolutely. People have fundamental rights; protecting them implies that the use of such power is restricted a priori; that is, divided and limited by relatively stable norms.

This is the essence of liberal constitutionalism, the metaphor of the contract. In order for it to be fulfilled, it prescribes a specific form of government: representative democracy. Which is defined as a political order in which the government is the product of voting within a plural party regime and under an electoral system that guarantees competition; that is, it promotes alternation in power. This is based on the premise that perpetuation distorts the democratic system, corrupting and ultimately dismantling it.

Although voting takes place. Voting is a mere administrative excuse without substantive competition, either de jure, as in Cuba, or de facto, as in Venezuela, Nicaragua and El Salvador. If the same party or person retains power indefinitely, that government will slide into autocracy. It will become a self-referenced and self-legitimated bureaucracy, with a circular political logic that only answers to itself, because it has come to power through elections without rivals.

These considerations are of particular importance in regard to the always contradictory relationship between security and freedom, currently at stake in the crisis affecting the Western Hemisphere. Latin America is under occupation, not by a foreign army but by a transnational military organization: organized crime. The threat is external and internal at the same time, an expression of hybrid conflict in contexts of permeable and fragmented states.

The capture of portions of the state at a national and subnational level—as seen in Haiti, Sinaloa, or San Pedro Sula, among other examples—has turned organized crime into a political actor. It also constitutes a government in places where the capture is total, such as in Venezuela.

The result is the loss of statehood, a state that does not protect, does not collect taxes, and loses the monopoly of force, succumbing to its competitors. Productivity collapses in such a situation, and citizens live confined to their homes, entrenched by lawlessness and disorder. The term “narco-state” has gained relevance, I have used it myself.

How to address this issue is the central public policy debate in the region. The discussion now focuses on the “Bukele method,” which is increasingly popular, with mega-prisons, state of exception, qualified majority in Congress, control of the constitutional court, a supportive attorney general, de facto single party and unconstitutional re-election. It is a method based on the concentration of public power in the hands of the president. Is all this a necessary condition to address the issue of insecurity?

Daniel Noboa’s government in Ecuador, also plagued by organized crime, proposes another approach by declaring the existence of an “internal armed conflict,” as defined by international humanitarian law and authorizing the mobilization of military forces while respecting human rights during their operations. The government proceeded by identifying 22 criminal organizations as terrorists and belligerents against the Ecuadorian state.

Noboa did not co-opt or manipulate the other powers, ratified his decision in a pluralistic Congress, and did not change the letter or spirit of the constitution. The “Noboa method” proposes confronting organized crime forcefully but within the appropriate constitutional limits. A large part of democratic hope in the region lies in the success of this strategy.

The equation is quite simple. If the state discards its own limits, it is only a matter of time before citizens no longer fear cartels and gangs and start fearing another criminal organization: the state itself, now a police state. This is already happening in El Salvador, in fact. Accusations of arbitrary arrests without charges and with an identifiable pattern – targeting humble young people – are piling up. Many court hearings will not take place until 2025.

Without constitutional restrictions, there are no public policies against crime, and the state itself turns criminal.

Infobae: https://www.infobae.com/america/opinion/2024/03/17/seguridad-y-libertad-el-salvador-y-ecuador/

Seguridad y libertad: El Salvador y Ecuador

Indefensos en soledad, la vida colectiva permite a los individuos protegerse de peligros y amenazas. Ello implica la creación de un instrumento para tal efecto, institucionalizado en agencias profesionales, con personal idóneo y racionalidad operativa. Y, por supuesto, con la capacidad de utilizar la fuerza para garantizar dicha protección.

Se trata del Estado. Dentro de este tejido de relaciones, la obligación prioritaria del Estado es la defensa del territorio frente a amenazas externas y la preservación de los derechos de las personas ante intentos de opresión, tanto externos como internos.

El Estado suministra bienes y servicios, entre ellos sancionar derechos de propiedad para reducir el riesgo del inversor y crear riqueza. Se establece así una relación de derechos y obligaciones mutuas, un vínculo contractual. Pues todo lo anterior requiere recursos, indispensables, a su vez, para que las personas asuman la obligación de pagar por dichos servicios y de observar las leyes que de dicho Estado emanan.

Es decir, que tributen y obedezcan. Lo harán voluntariamente en tanto consideren a dicho Estado legítimo. Por ello, su poder no puede ser ejercido de manera absoluta ni arbitraria. Las personas tienen derechos fundamentales, protegerlos implica que el uso de dicho poder esté restringido a priori; o sea, dividido y limitado por normas relativamente estables.

He allí, en la metáfora del contrato, la matriz del constitucionalismo liberal. A efectos de que se cumpla, prescribe una forma de gobierno específica: la democracia representativa. Que a su vez se define como un orden político en el que el gobierno es producto del voto, dentro de un régimen plural de partidos y bajo un sistema electoral que garantiza la competencia; es decir, que fomenta la alternancia en el poder. Ello dada la premisa que la perpetuación desvirtúa el sistema democrático, lo corrompe y en definitiva lo desmantela.

Aunque se vote. El voto es una mera excusa administrativa sin competencia sustantiva, ya sea que ocurra de jure, como en Cuba, o de facto, como en Venezuela, Nicaragua y El Salvador. Si el mismo partido o la misma persona retienen el poder indefinidamente, ese gobierno se irá deslizando hacia la autocracia. Se irá convirtiendo en una burocracia auto-referenciada y auto-legitimada, con una lógica política circular y que no rinde cuentas sino a sí misma, pues ha llegado al poder por medio de elecciones sin rivales.

Estas consideraciones revisten especial importancia en cuanto a la relación, siempre contradictoria, entre seguridad y libertad, hoy en juego en la crisis que afecta al hemisferio occidental. América Latina está bajo ocupación, no de un ejército extranjero sino de una organización militar transnacional: el crimen organizado. La amenaza es externa e interna al mismo tiempo, una expresión del conflicto híbrido en contextos de Estados permeables y fragmentados.

La captura de porciones del Estado a nivel nacional y subnacional—como en Haití, en Sinaloa o en San Pedro Sula, entre otros ejemplos—ha convertido al crimen organizado en actor político. Además, lo constituye en gobierno en dichos sitios donde la captura es total, como en Venezuela.

El resultado es la desestatización, un Estado que no protege, no recauda impuestos y pierde el monopolio de la fuerza, sucumbiendo frente a sus competidores. Desde luego, allí la productividad de la economía colapsa. Y los ciudadanos viven presos, pero en sus casas, atrincherados por la ausencia de ley y orden. El término narcoestado ha adquirido relevancia, yo mismo lo he utilizado.

Cómo abordar este tema es la discusión fundamental de políticas públicas en la región. El debate se enfoca hoy en el “método Bukele”, crecientemente popular, con mega-cárceles, régimen de excepción, mayoría calificada en el Congreso, control del tribunal constitucional, un fiscal general adepto, partido único de facto y reelección inconstitucional. Es decir un método basado en la suma del poder público en manos del presidente. ¿Es todo esto condición necesaria para abordar la problemática de la inseguridad?

El gobierno de Daniel Noboa en Ecuador, también acosado por el crimen organizado, propone otro abordaje al declarar la existencia de un “conflicto armado interno”, según lo define el derecho internacional humanitario y que autoriza a movilizar fuerzas militares, debiendo observar los derechos humanos en sus operaciones. Así procedió el gobierno al tiempo que identificó 22 organizaciones criminales como terroristas y beligerantes con el Estado ecuatoriano.

Noboa no cooptó ni manipuló a los otros poderes, refrendó su decisión en un Congreso plural, no modificó la letra ni el espíritu de la constitución. El “método Noboa” propone enfrentarse al crimen organizado con mano dura, pero bajo los límites constitucionales pertinentes. En el éxito de su estrategia reside una buena parte de la esperanza democrática en la región.

La ecuación es muy simple. Si el Estado se deshace de sus propios límites, pues es solo cuestión de tiempo hasta que la ciudadanía deje de temer a los carteles y las pandillas para temer a otra organización criminal: el propio Estado, ahora policial. Ya sucede en El Salvador, de hecho. Se acumulan las denuncias de arrestos arbitrarios, sin cargos y con un patrón identificable: jóvenes humildes. Muchas audiencias judiciales no ocurrirán sino hasta 2025.

Es que sin restricciones constitucionales no hay políticas públicas contra el crimen, es el mismo Estado el que se vuelve criminal.

Infobae: https://www.infobae.com/america/opinion/2024/03/17/seguridad-y-libertad-el-salvador-y-ecuador/