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The setback suffered by the ruling party in the municipal elections forced Bukele to try to disguise the erosion of his popularity at the local level with half-truths. Contrary to the previous 2021 elections and those of the past February, where his popularity is unquestionable, the municipal elections of March 3rd have left him in a bad position. The undisputed winner of these elections was abstention (70%). The ruling party only obtained slightly more than 36 percent of the third that voted, slightly more than 8 percent of the electoral roll. Certainly, Bukele and his supporters marked a historical milestone in these elections: they only won in 103 of the 262 former municipal jurisdictions, which represent just under 40 percent of the national territory, but thanks to the adjustment of jurisdictions they obtained the majority of the municipalities with 11 percent of the vote.

The debacle indicates that Bukele’s popularity does not mechanically extend to mayors. In other words, acceptance at the presidential level, although relative, is not total and does not correspond at the local level. The first is abstract and very permeable to disguised training of information and great work. The other, on the other hand, is strongly felt in a long and pressing list of unmet needs. Therefore, it is out of reach of the distraction distributed in abundance by the Presidential House. In fact, it has always been this way. The national election is governed by a different criterion than the local election.

Bukele’s reelection did not include his local representatives for the simple reason that they have ignored the population they were supposed to govern. The national level is too large or distant for them to feel affected, unlike the daily challenge of surviving in precarious conditions. The ruling party’s electoral propaganda assumed that acceptance of reelection would boost the mayoral candidates. Even those who won, did so by little. They do not represent the majority of the municipal population. People rejected them, not because of ideology or preference for another flag, as the traditional parties are given to think, but because they have their eyes set on the Presidential House and not on the people. They have proven to be incapable of resolving such basic issues as garbage collection and disposal or improving infrastructure. They also do not listen to the communities in the municipalities but insensitively impose on them what they deem appropriate.

The municipal election result is also a personal defeat for Bukele. Trusting in his popularity, his candidates were content to support his administration. This was expressed by one of his favorite candidates, who stated, with the arrogance characteristic of the ruling party, that they did not need to make promises or announce plans because Bukele is everything to them. Not surprisingly, then, she suffered a resounding defeat at the polls. Not satisfied, she confirmed her allegiance by publicly apologizing for the disappointment her failure had caused him. Instead of voting for the official candidacies, the few who went to the polls voted for other options, with good reason.

In a typical opportunistic twist, Bukele disassociated himself from the shipwreck. He attributed the defeat to the poor management of some mayors. But the main responsible is himself because he chose them, he took away their initiative and funds, and he tolerated their inefficiency and corruption. Centralization and authoritarianism do not allow escape. In this sense, the defeated have been victims of a presidential administration that stripped them of motivation and initiative, creativity, and execution. Excusing himself now by saying that he denied them support for considering them a failure does not absolve him of responsibility. The maneuver is nothing more than a hypocritical hand washing.

In any case, if the municipal management of his pawns was so terrible, why did he not make use of authoritarianism, just as he does in other areas of public administration? He did not do it because he did not care, and because he thought the population is completely submissive to his will. He miscalculated. Entertained with grand spectacles, fun, and mega-projects with great acceptance among tourists and admirers from abroad, he forgot something essential: people’s lives. Perhaps there is not much to wait for the population to relate their situation to the ultimate responsible. When the contradiction between what the president preaches and promises, and the heroic effort of the majority to survive becomes unbearable, the end of the dictatorship will not be far away.

UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/descalabro-municipal

Descalabro municipal

El revés sufrido por el oficialismo en las elecciones municipales forzó a Bukele a intentar disimular la erosión de su popularidad en el nivel local con medias verdades. Contrario a las elecciones anteriores de 2021 y a las de febrero recién pasado, donde su popularidad es incuestionable, las municipales del 3 de marzo la han dejado mal parada. El ganador indiscutible de estas es la abstención (70%). El oficialismo solo obtuvo un poco más del 36 por ciento del tercio que votó, un poco más del 8 por ciento del padrón electoral. Ciertamente, Bukele y los suyos se apuntaron un hito histórico en estas elecciones: solo ganaron en 103 de las 262 antiguas jurisdicciones municipales, que representan un poco menos del 40 por ciento del territorio nacional, pero gracias al ajuste de las jurisdicciones consiguieron la mayoría de las alcaldías con el 11 por ciento del voto.

El descalabro indica que la popularidad de Bukele no abarca mecánicamente a los alcaldes. Dicho de otra manera, la aceptación en el nivel presidencial, aunque relativa, no es total, no tiene correspondencia en el orden local. La primera es abstracta y muy permeable al entrenamiento disfrazado de información y de obra grande. La otra, en cambio, se hace sentir con fuerza en una larga y apremiante lista de necesidades no satisfechas. Por tanto, está fuera del alcance de la distracción repartida a manos llenas por Casa Presidencial. De hecho, esto siempre ha sido así. La elección nacional se rige por un criterio diferente al de la elección local.

La reelección de Bukele no incluyó a sus representantes locales por la sencilla razón de que se han desentendido de la población que supuestamente gobernaban. Lo nacional le resulta demasiado grande o lejano como para sentirse afectada, no así el desafío cotidiano de sobrevivir en la precariedad. La propaganda electoral del oficialismo asumió que la aceptación de la reelección impulsaría las candidaturas de los alcaldes. Incluso los que ganaron, lo hicieron por poco. No representan a la mayoría de la población municipal. La gente los rechazó, no por ideología ni por preferir otra bandera, tal como son dados a pensar los partidos tradicionales, sino porque tienen la mirada puesta en Casa Presidencial y no en ella. Han demostrado ser incapaces para resolver cosas tan elementales como la recolección y la disposición de la basura, o la mejora de la infraestructura. Tampoco escuchan a las comunidades de los municipios, sino que les imponen insensiblemente lo que a ellos les parece adecuado.

El resultado de la elección municipal es también una derrota personal para Bukele. Confiados en su popularidad, sus candidatos se contentaron con respaldar su gestión. Así lo expresó una de sus candidatas favoritas, quien declaró, con la arrogancia propia del oficialismo, que no necesitaban hacer promesas ni anunciar planes, porque Bukele es todo para ellas. Nada extraño, entonces, que haya sufrido una estruendosa derrota en las urnas. No satisfecha, corroboró su pleitesía pidiéndole disculpas públicas por la decepción que le había causado su fracaso. En lugar de votar por las candidaturas oficiales, los pocos que acudieron a las urnas votaron por otras opciones, con sobrada razón.

En un típico giro oportunista, Bukele se desentendió del naufragio. Achacó la derrota a la pésima gestión de algunos alcaldes. Pero el principal responsable es él mismo, porque él los escogió, él les quitó la iniciativa y los fondos, y él toleró su ineficiencia y corrupción. La centralización y el autoritarismo no admiten escapatoria. En este sentido, los derrotados han sido víctimas de una gestión presidencial que los despojó de motivación e iniciativa, de creatividad y ejecución. Excusarse ahora diciendo que les negó su apoyo por considerarlos un fracaso, no lo libra de responsabilidad. La maniobra no es más que un hipócrita lavado de manos.

En todo caso, si la gestión municipal de sus peones era tan pésima, por qué no hizo uso del autoritarismo, tal como lo hace en otras áreas de la administración pública. No lo hizo porque no le importó y porque pensó que la población es totalmente dócil a sus designios. Calculó mal. Entretenido con los grandes espectáculos, la diversión y los megaproyectos de gran aceptación entre turistas y admiradores del exterior, olvidó algo fundamental: la vida de la gente. Tal vez no haya que aguardar mucho para que esta relacione su situación con el responsable último. Cuando sea insoportable la contradicción entre lo que el mandatario predica y promete, y el heroico esfuerzo de la mayoría para sobrevivir, el final de la dictadura no estará lejos.

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