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As another ingredient in its recipe for attracting foreign direct investment, the government proposed to its deputies to reform the Income Tax Law to exclude from these taxes the companies that bring their capital to El Salvador.

It is not a new idea and it adds to the list of messages the regime has launched in recent years, after failing in its negotiations to get support from the International Monetary Fund, and at this moment it seems even more interested in deepening its role in providing incentives to potential investors in the face of the declaration of the new presidency of the Central American Bank for Economic Integration that it will no longer serve as an oxygen pump for the Salvadoran and Nicaraguan governments.

The initiatives are not good or bad, they are only useful or useless to the extent that they are part of an articulated policy and respond to a comprehensive vision; in the case of Bukele’s second five-year term, turning El Salvador into an attractive destination for private investors would have to be a transversal axis, the backbone of the government program but as there has been no orchestrated plan but only improvisation and reactivity, there are governmental objectives that counteract each other. The effect is the progress of some, for example in the area of the war against gangs, and the paralysis of others, such as the aforementioned attraction of new capital.

To combat gangs – a brutal change in security policy after talking with their leaders and agreeing to certain prison benefits in the first years of the five-year term, according to the U.S. Department of Justice – the government suppressed constitutional guarantees and intensified reservations of information related to the awards, contracts, and purchases of almost the entire apparatus of the State. The result has been an affront to the legal order that international diplomacy has denounced in different forums and instances.

The reactivation of the state of emergency is no longer news, the population no longer pays attention to it, the opposition also does not address the issue because it has already surrendered, because the government does not listen to reason and because it seems obvious that this loop of illegalities continues for strict procedural needs of the public ministry. Exhausted politically, turned into one of the leitmotifs of the recent presidential campaign, the exceptional state is one of the main stumbling blocks for foreign investment in El Salvador. Without legal security, there are no tax exemptions or profusion of tariffs worth mentioning.

Something similar has happened with the Bitcoin whim, a personal project of the president that cost Salvadorans a so far secret amount of millions of dollars with mediocre domestic results and that attracted only a few evangelists of the subject, the only ones benefited from the adoption of that digital asset as legal currency. In exchange for being a trend in the conversation of that international niche, the country lost ground in its negotiation with the Monetary Fund and continues in those conditions although public opinion surveys, even those commissioned by the government itself, say that the country believes that this experiment was a mistake.

Some adventurer may invest in El Salvador, encouraged by whims and anecdotes, by the attractions of lax control if not for more serious characteristics; but the investment the country needs will be impossible without a long-term strategy, designed by economists and experts, not by the architects of populism and propaganda.

LPG: https://www.laprensagrafica.com/opinion/La-inversion-se-atrae-con-politicas-no-con-ocurrencias-20240310-0045.html

La inversión se atrae con políticas, no con ocurrencias

Como un ingrediente más en su receta para atraer inversión extranjera directa, el gobierno le propuso a sus diputados reformar la Ley del Impuesto sobre la Renta para excluir de esos tributos a las compañías que traigan sus capitales a El Salvador.

No es una idea nueva y se suma a la lista de mensajes que el régimen ha lanzado en los últimos años, luego de fracasar en sus negociaciones por conseguir apoyo del Fondo Monetario Internacional, y en este momento parece aún más interesado en profundizar en el rol de incentivos a los potenciales inversionistas ante la declaratoria de la nueva presidencia del Banco Centroamericano de Integración Económica de ya no servir como una bomba de oxígeno a los gobiernos salvadoreño y nicaragüense.

Las iniciativas no son buenas ni malas, sólo son útiles o inútiles en la medida que forman parte de una política articulada y responden a una visión integral; en el caso del segundo quinquenio de Bukele, convertir a El Salvador en un destino atractivo para los inversionistas privados tendría que ser un eje transversal, la columna vertebral del programa de gobierno pero como no ha habido un plan orquestado sino sólo improvisación y reactividad, hay objetivos gubernamentales que se contraponen unos con otros. El efecto es el del progreso de algunos, por ejemplo en el tema de la guerra contra las pandillas, y la parálisis de otros, como la apuntada atracción de nuevos capitales.

Para combatir a las pandillas -un cambio brutal en la política de seguridad luego de conversar con sus líderes y acceder a ciertos beneficios carcelarios en los primeros años del quinquenio, según sostiene el Departamento de Justicia estadounidense-, el gobierno suprimió garantías constitucionales y recrudeció las reservas de información relativas a las adjudicaciones, contrataciones y compras de casi todo el aparato del Estado. El resultado ha sido un agravio al orden jurídico del que la diplomacia internacional ha denunciado en diferentes foros e instancias.

La reactivación del régimen de excepción ya no es noticia, la población ya no le presta atención, la oposición tampoco aborda el tema porque ya se rindió, porque el gobierno no atiende razones y porque le parece obvio que ese bucle de ilegalidades continúa por estrictas necesidades procesales del ministerio público. Agotada en lo político, convertida en uno de los leitmotivs de la reciente campaña presidencial, la excepcionalidad es una de las principales piedras de tropiezo para la inversión extranjera en El Salvador. Sin seguridad jurídica, no hay exención de impuestos ni profusión de aranceles que valgan.

Algo parecido ha ocurrido con la ocurrencia del bitcóin, un proyecto personal del presidente que le costó a los salvadoreños una cantidad hasta ahora secreta de millones de dólares con mediocres resultados en lo doméstico y que atrajo apenas a unos cuantos evangelistas del tema, los únicos que se han beneficiado con la adopción de ese activo digital como moneda de curso legal. A cambio de ser tendencia en la conversación de ese nicho internacional, el país perdió enteros en la negociación con el Fondo Monetario y continúa en esas condiciones pese a que los estudios de opinión, incluso los encargados por el mismo gobierno, dicen que el país cree que ese experimento fue un desacierto.

Algún aventurero puede invertir en El Salvador, alentado por las ocurrencias y anécdotas, por los atractivos de un control laxo si no es por características más graves; pero la inversión que el país requiere será imposible sin una estrategia a largo plazo, diseñada por economistas y expertos, no por los arquitectos del populismo y la propaganda.

LPG: https://www.laprensagrafica.com/opinion/La-inversion-se-atrae-con-politicas-no-con-ocurrencias-20240310-0045.html