Select Page

Provocative, deceptive, and triumphalist. That’s how Bukele presented himself on one of the most stale conservative stages in the United States. He staged a colorful and noisy political entertainment show with conspiracy theories, cheap sensationalism, perverse insinuations, and hatred. He dared to tell his audience and the next President of the United States what they should do. He urged them to follow his example and to redesign from top to bottom the American democratic institutions in order to establish a dictatorship like his own.

Immediately after declaring the death of globalism and affirming isolationism, he took the liberty of intervening directly in the U.S. electoral campaign. He presented himself as a successful world leader and exposed the “ideals” that have given him fame, some of Trump’s and his own most beloved slogans. He told them what they wanted to hear, confirmed their beliefs, and guaranteed a success similar to his own. Just as he had made the slogan “El Salvador first” a reality, they too should do the same with the United States.

He warned them about the unidentified hidden forces conspiring to destroy the United States. At one point, he attributed the conspiracy to the international community, non-governmental organizations, and fake news. Later, he pointed to the global elite. The only alleged conspirator he could identify was the billionaire philanthropist George Soros. Irrefutable proof of the conspiracy’s advance is the expansion of crime and drugs, promoted and protected by the very U.S. authorities. He knows what he’s talking about, as these are the same conspirators that sunk El Salvador. His recommendation is to dismiss, as soon as possible, the corrupt authorities and establish a military dictatorship to impose law and order. He urged them to act quickly before the water boils and the frog can no longer jump.

At the end of the show, Bukele released an unusual financial theory. He encouraged his listeners not to pay taxes, which are already very high. The audience roared in approval. Not paying taxes is freedom. Bukele went even further. He told them they are forced to pay taxes to create the illusion that they contribute to the state’s financing. But the state is financed by printing paper money. Although he did not explain where the taxes went or how an economy like that of the United States could be sustained with paper, his audience clamored for their freedom.

Thus, Bukele raised the flag of freedom in Washington, while advocating for a dictatorship like his own. Tax liberation is only valid in the United States; here, he does not forgive the value-added tax on the basic basket and medicines. It is a tremendous absurdity to propose a dictatorship in the capital of a nation proud of freedom. Its founders replaced absolute monarchy with a careful balance of state powers, designed to prevent abuse. The contradiction is not a problem for a deranged audience that demands both freedom and dictatorship.

National Bukele does not admit interference in his affairs, but the international one had no qualms about meddling in U.S. domestic politics. The hero who buried globalism in his country dusted it off in Washington to campaign for Trump. Logic finds these contradictions incomprehensible, but deranged minds digest them without difficulty. They live in unrelated compartments and stick with what they like best.

The international presentation of Salvadoran success is another example of this imbalance. Bukele defended freedom of the press but did not mention that he harasses his critics and denies them information. He attacked fake news but omitted that it is one of his tools to manipulate public opinion. He boasted of the forcible removal of judges and prosecutors for releasing gang members but forgot that he did the same with some of their leaders. He called for free and clean elections but overlooked electoral fraud. He presented himself as the absolute winner of those elections but disregarded that he was re-elected by just a little over 40 percent of the electorate.

The series of impertinences was met with repeated standing ovations by an audience ecstatic with what they considered an extraordinary performance. Bukele enjoyed bathing in the Republican masses of Trump. He also demonstrated an enormous ability to adapt to their tastes. Bukele does not reveal what he really thinks, but what his listeners want to hear, in exchange for their applause, their praise, and their admiration. In it, he takes pleasure and finds security.

UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/comedia-politica-en-washington

Comedia política en Washington

Provocador, engañoso y triunfalista. Así se presentó Bukele en uno de los escenarios del conservadurismo estadounidense más rancio. Escenificó un colorido y ruidoso espectáculo de entretenimiento político con teorías conspirativas, sensacionalismo barato, insinuaciones perversas y odio. Tuvo el atrevimiento de indicarle a su auditorio y al próximo presidente de Estados Unidos lo que debían hacer. Los exhortó a seguir su ejemplo y a rediseñar de arriba abajo la institucionalidad democrática estadounidense para instaurar una dictadura como la suya.

Inmediatamente después de declarar la muerte del globalismo y de afirmar el aislacionismo, se tomó la libertad de intervenir directamente en la campaña electoral de Estados Unidos. Se presentó como un líder mundial exitoso y expuso el “ideario” que le ha dado renombre, algunos de los eslóganes más queridos de Trump y los suyos. Les dijo lo que querían oír, confirmó sus creencias y garantizó un triunfo similar al suyo. De la misma manera que había hecho realidad el eslogan “El Salvador primero”, ellos también debían hacer lo mismo con Estados Unidos.

Los puso sobre aviso acerca de las fuerzas ocultas no identificadas que conspiraban para destruir a Estados Unidos. En un segundo momento, atribuyó la conspiración a la comunidad internacional, las organizaciones no gubernamentales y las noticias falsas. Luego, señaló a la elite global. El único presunto conspirador que pudo identificar fue el millonario filántropo George Soros. Prueba irrefutable del avance de la conspiración es la expansión del crimen y la droga, promovida y protegida por las mismas autoridades estadounidenses. Sabe de lo que habla, ya que son los mismos conspiradores que hundieron a El Salvador. Su recomendación es destituir cuanto antes y sin contemplaciones a las autoridades corruptas e instaurar una dictadura militar, que imponga la ley y el orden. Los conminó a actuar rápido, antes de que el agua hierva y la rana ya no pueda saltar.

Al final del espectáculo, Bukele soltó una insólita teoría financiera. Animó a sus oyentes a no pagar impuestos, de por sí, muy altos. El auditorio rugió complacido. No pagar impuestos es la libertad. Bukele fue más allá. Les dijo que los obligan a pagarlos para crear la ilusión de que contribuyen con el financiamiento del Estado. Pero este se financia con la impresión de papel moneda. Aunque no les explicó a dónde iban a parar los impuestos ni como se sostiene con papel una economía como la de Estados Unidos, su público reaccionó clamando por su libertad.

Es así como Bukele enarboló la bandera de la libertad en Washington, mientras abogaba por una dictadura como la suya. La liberación de los impuestos solo es válida en Estados Unidos, aquí no perdona el impuesto al valor agregado de la canasta básica y los medicamentos. Es un despropósito mayúsculo proponer una dictadura en la capital de una nación orgullosa de la libertad. Sus fundadores sustituyeron la monarquía absoluta por un cuidadoso equilibrio de los poderes estatales, diseñado para impedir el abuso. El contrasentido no es problema para un auditorio desquiciado, que exige a gritos libertad y dictadura.

El Bukele nacional no admite la injerencia en sus asuntos, pero el internacional no tuvo reparos en entrometerse en la política interna de Estados Unidos. El héroe que enterró el globalismo en el país, lo desempolvó en Washington para hacer campaña electoral a favor de Trump. La lógica encuentra incomprensible estas contradicciones, pero las mentes desquiciadas las digieren sin dificultad. Viven en compartimentos inconexos y se quedan con aquellos que más les agradan.

La presentación internacional del éxito salvadoreño es otra muestra de ese desajuste. Bukele defendió la libertad de prensa, pero calló que acosa a sus críticos y les niega la información. Atacó las noticias falsas, pero omitió que es una de sus herramientas para manipular a la opinión pública. Se vanaglorió de la remoción forzada de jueces y fiscales por liberar a los pandilleros, pero olvidó que él hizo lo mismo con algunos de sus líderes. Pidió elecciones libres y limpias, pero pasó por alto el fraude electoral. Se presentó como ganador absoluto de esas elecciones, pero desconoció que fue reelegido por solo un poco más del 40 por ciento del padrón.

La serie de impertinencias fue recibida con repetidas ovaciones en pie por un auditorio extasiado con lo que consideró una representación extraordinaria. Bukele disfrutó el baño de las masas republicanas de Trump. También demostró una enorme habilidad para adaptarse a sus gustos. Bukele no revela lo que realmente piensa, sino aquello que sus oyentes desean escuchar, a cambio de sus aplausos, sus elogios y su admiración. En ello se complace y encuentra seguridad.

UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/comedia-politica-en-washington