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Bukele dictated the nation’s election results from the balcony of the National Palace. He declared himself reelected and owner of the legislature by overwhelming majorities. Hastily, friendly countries accepted the presidential dictation. The United States’ reservation about the observance of human rights is a mere formality, required by circumstances. Washington does not expect them to be observed and will not demand it. Meanwhile, the pawns are trying to give credibility to blatantly fraudulent elections. No matter how hard they try, the presidential and legislative elections are weighed down by a long chain of irregularities, increasingly clear and documented by social media. As Bukele remains silent since his dictum is law, the faithful defensively entrench themselves in the vote count captured by their idol, and the opposition calls for the election’s annulment.

The recklessness of the ruling party has, for the first time since 1992, cast a cloud over the legitimacy of an election. Emboldened, it decided to sweep the polls at any cost, convinced that a simple victory was insufficient for its totalitarian ambitions. Bukele is not content with just a triumph; he seeks to crush. Reelection and control of the legislature were a done deal; most would vote in favor. But Bukele aspires to a totality similar to that of his popularity polls; a totality that would definitively place him at the pinnacle touching the sky of the great and famous, presenting himself to the world as the “king of kings.” He did not achieve this; he fell short. Just over 40 percent of the electoral register voted for his reelection. He got twice the votes of 2019, but not the totality of the votes, not even half.

The untimely dictation of election results from the balcony of the Presidential Palace sought to disguise the disregard of more than half the local and foreign electorate, where the vote count, compared to the total diaspora, is significantly lower. This inconvenience has been aggravated by the incompetence of his pawns to put together a credible fraud. They could not deliver a clean electoral victory. The TSE, the ultimate responsible party for the process, has no convincing explanation for the chaos. It keeps silent, misinforms, and contradicts itself. The only evident conspiracy is its inability to guarantee reliable and secure elections. The created anarchy has made it more difficult to adjust the results to Bukele’s dictum plausibly.

The electoral fraud is a clear sign of weakness. Bukele seeks to cunningly snatch what he could have obtained cleanly and elegantly. The unconstitutionality of reelection drags along a massive and systematic fraud, which confirms his illegitimacy. Bukele and his hordes usurped the electoral institutionality, from the vote to the final scrutiny. There is no doubt that he has eliminated democratic institutionality, as boasted by his most qualified spokespeople. But this creates no novelty. He replaced a budding democracy with the oligarchical and military practices of the past. Experience shows that these practices lead to a dead-end, from which nobody comes out unscathed. The heaviest burden will fall on those with lower incomes and opportunities. The inherited democracy had much that was rotten, corrupt, and bloodthirsty, but Bukele’s newly minted dictatorship is no different, except for its remarkable ability to disguise even more voracious corruption than traditional politicians.

The fraud of the first round of elections justifies the indifference and disillusionment of those who did not go to the polls. It made no sense to mobilize and vote when a shamelessly dishonest authority had predetermined the outcome. There is even less sense in voting now in the municipal and Central American parliamentary election. The blunders of the ruling party demobilize a representative sector of the population.

Annulling the elections is not an option for an electoral authority obliged to adjust the final results to Bukele’s dictation. Nor is it within their reach to give them a minimum of legitimacy to keep up appearances. The bullying prevalent in the ruling party seems to indicate that the time has come to suppress, through another presidential dictation, the remnants of the institutionality. The elections have demonstrated that the country is governed by Bukele’s dictates. The regime has stripped itself of its remaining mask of respectability to show its true face.

UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/el-emdictumem-presidencial-es-ley

El dictum presidencial es ley

Bukele dictó a la nación los resultados de las elecciones desde el balcón del Palacio Nacional. Se autoproclamó reelecto y dueño de la legislatura por mayorías abrumadoras. Precipitadamente, los países amigos aceptaron el dictado presidencial. La reserva de Estados Unidos sobre la observancia de los derechos humanos es un mero formalismo, requerido por las circunstancias. Washington no espera que los observe ni se lo exigirá. Mientras tanto, los peones se las ingenian para revestir de credibilidad unas elecciones abiertamente fraudulentas. Por mucho que se esfuercen, las elecciones presidencial y legislativa están lastrada por una larga cadena de irregularidades, cada vez más clara y documentada por las redes sociales. Mientras Bukele guarda silencio, pues su dictum es ley, los fieles se atrincheran defensivamente en el caudal de votos captado por su ídolo y la oposición pide anular la elección.

La insensatez del oficialismo puso por primera vez en entredicho una elección desde 1992. Envalentonado, decidió arrasar en las urnas a cualquier precio, convencido de que un simple triunfo era insuficiente para sus ambiciones totalitarias. Bukele no se contenta con un triunfo, busca aplastar. La reelección y el control de la legislatura eran cosa hecha; la mayoría votaría a favor. Pero Bukele aspira a una totalidad similar a la de sus encuestas de popularidad; una totalidad que lo encumbre definitivamente en el pináculo que roza el cielo de los grandes y famosos, y así presentarse ante el mundo como “rey de reyes”. No lo logró, se quedó corto. Apenas un poco más del 40 por ciento del padrón votó por su reelección. Obtuvo el doble de los votos de 2019, pero no la totalidad del sufragio, ni siquiera la mitad.

El dictado intempestivo de los resultados electorales desde el balcón del Palacio Presidencial pretendía disimular el desaire de más de la mitad del electorado, tanto del local como el del extranjero, donde el caudal de votos, respecto a la totalidad de la diáspora, es todavía mucho menor. Este inconveniente se ha visto agravado por la ineptitud de sus peones para montar un fraude creíble. No pudieron entregar un triunfo electoral limpio. El TSE, último responsable del proceso, no tiene explicación convincente del caos. Calla, desinforma y se desdice. La única conspiración evidente es su incapacidad para garantizar unas elecciones confiables y seguras. La anarquía creada ha hecho más difícil ajustar los resultados al dictum de Bukele de manera plausible.

El fraude electoral es muestra clara de debilidad. Bukele busca arrebatar mañosamente lo que pudo haber obtenido limpia y elegantemente. La inconstitucionalidad de la reelección arrastra consigo un fraude masivo y sistemático, que ratifica su ilegitimidad. Bukele y sus huestes usurparon la institucionalidad electoral, desde el sufragio hasta el escrutinio final. No cabe duda de que ha eliminado la institucionalidad democrática, tal como alardean sus voceros más cualificados. Pero no crea novedad. Reemplazó una democracia en ciernes con las prácticas oligárquicas y militares del pasado. La experiencia demuestra que esas prácticas conducen a un callejón sin salida, del cual nadie sale indemne. La carga más pesada recaerá sobre los sectores con menos ingresos y oportunidades. La democracia heredada tenía mucho de podrido, corrupto y sanguinario, pero la dictadura de nuevo cuño de Bukele no es diferente, excepto por su notable habilidad para disfrazar una corrupción más voraz que la de los políticos tradicionales.

El fraude de la primera ronda de elecciones da la razón a los indiferentes y los desengañados que no acudieron a las urnas. No tenía sentido movilizarse y votar cuando una autoridad desvergonzadamente deshonesta había determinado de antemano el resultado. Mucho menos sentido tiene ahora votar en la elección municipal y del parlamento centroamericano. Las torpezas del oficialismo desmovilizan a un sector representativo de la población.

Anular las elecciones no es opción para una autoridad electoral obligada a ajustar los resultados definitivos al dictado de Bukele. Tampoco está a su alcance revestirlos de un mínimo de legitimidad para guardar las apariencias. La matonería predominante en el oficialismo pareciera indicar que ha llegado el momento de suprimir, mediante otro dictado presidencial, los restos de la institucionalidad. Las elecciones han demostrado que el país es gobernado por los dictados de Bukele. El régimen se ha despojado de lo que quedaba de su máscara de respetabilidad para mostrar su verdadero rostro.

UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/el-emdictumem-presidencial-es-ley