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The power addict’s anxiety overcame the prudence of the enlightened. Instead of waiting for the official results from an electoral authority favorable to his cause, Bukele self-proclaimed himself the absolute winner of the presidential and legislative election. Reelection was already assured. Therefore, the series of irregularities in all phases of the electoral process, which authorize its disqualification as fraud, was unnecessary. The excessive ambition for power tainted the process from beginning to end. The unconstitutionality of reelection led to self-proclamation when the preliminary counting had barely begun and no record of the legislative vote had been processed. Friendly countries, led by Washington, fell into the trap and played along by congratulating him without official data.

The self-proclamation and congratulations validated an election with more votes than registered voters, with fraudulent votes, with incongruous and contradictory records, with lost ballots and records, with serious logistical failures to safeguard vote security, and with the technological platform down. For lack of data, Bukele’s legislative victory is mere speculation. The absence of electronic support prevented the scrutiny. The fiasco is so glaring that the electoral authority ordered the opening of the ballot boxes to count the votes. Opposition parties are talking about annulment of the elections. In certain sectors of public opinion, fraud is being discussed. Not since the time of the military oligarchy and its hand party had there been a failure of this magnitude. In this, the ruling party has surpassed itself. In securing the sure, it went too far.

The debacle organized by the electoral authority comes as no surprise. It is a faithful reflection of how the dictatorship manages public administration. It is so incompetent that it could not even disguise the fraud. After Bukele’s self-proclamation, it cynically called the elections “a success.” If the debacle is a triumph, what will failure be? Since 1992, the electoral institution had not shown such scandalous incapacity, which not only ruins its credibility but has also cost the country millions of dollars. It would not be surprising, then, for abstention to increase in the municipal election.

Bukele’s victory is undeniable but must be qualified. There are solid indications that only about 40 percent of the population voted, meaning the majority of the citizenry did not go to the polls. Therefore, Bukele obtained an overwhelming majority only among that 40 percent who voted. In other words, the majority of the population did not vote for him. Neither did the diaspora. If confirmed, this data would show that if his popularity is real, it did not translate into votes, or that popularity is not as high as the polls claim.

With Bukele’s re-election consummated, it is healthy to ask what can be reasonably expected in the next five years. This question can be broken down into two others: the purpose and the beneficiaries of the re-election. So far, Bukele has been unable to specify what he will do in the second term. In the absence of innovations, more of the same can be expected: militarization, security and repression, internationally relevant events, and megaprojects like the new Chinese stadium. On the other hand, reelection is not for alleviating the hardships of the majorities, who will have to settle for more entertainment and an occasional food distribution. They are not the priority of the dictatorship. Before them are the presidential family and their partners, the direct beneficiaries of re-election.

The first phase of the general elections has highlighted the similarity of the ruling party with the traditional parties, Bukele’s nemesis. The ruling party is rooted in the worst tradition of national politics. In the name of governability for a supposed transformation that is not emerging anywhere, it has imposed a single party, reproducing the party of the old military. Atavism is more powerful than alleged aspirations for novelty. The ongoing transformation is disguised as security and prosperity to revisit a past that plunged the country into a bloody civil war.

The reelection could have been a clear and brilliant triumph for Bukele’s popularity. The recklessness of the total power addict derailed it. Bukele and his advisers have unnecessarily gotten themselves into a mess with unpredictable consequences. Delusion prevented him from convincingly consummating the unconstitutionality of his re-election.

UCA: https://noticias.uca.edu.sv/articulos/descalabro-electoral-innecesario

Descalabro electoral innecesario

La ansiedad del adicto al poder pudo más que la prudencia del ilustrado. En lugar de aguardar los resultados oficiales de una autoridad electoral favorable a su causa, Bukele se autoproclamó ganador absoluto de la elección presidencial y legislativa. La reelección estaba asegurada de antemano. Por tanto, la serie de irregularidades en todas las fases del proceso electoral, que autorizan a descalificarlo como fraude, era innecesaria. La ambición desmedida de poder vició el proceso de principio a fin. La inconstitucionalidad de la reelección desembocó en la autoproclamación cuando apenas había comenzado el conteo preliminar y no se había procesado ningún acta de la votación legislativa. Los países amigos, encabezados por Washington, cayeron en la trampa y le siguieron el juego al felicitarlo sin datos oficiales.

La autoproclamación y las congratulaciones validaron una elección con más votos que empadronados, con votos fraudulentos, con actas incongruentes y contradictorias, con papeletas y actas extraviadas, con fallas graves de logística para resguardar la seguridad del voto y con la plataforma informática caída. Por falta de datos, el triunfo legislativo de Bukele es mera especulación. La ausencia de soporte electrónico impidió el escrutinio. El fiasco es tan clamoroso que la autoridad electoral dispuso abrir las urnas para contar los votos. Los partidos de la oposición hablan de anular las elecciones. En ciertos sectores de la opinión pública se habla de fraude. Desde los tiempos de la oligarquía militar y su partido de las manitas no había habido un fracaso de esta envergadura. En esto, el oficialismo se ha superado. Por asegurar lo seguro, se pasó.

El descalabro organizado por la autoridad electoral no sorprende. Es reflejo fiel de cómo la dictadura gestiona la administración pública. Es tan incompetente que ni siquiera pudo disimular el fraude. Después de la autoproclamación de Bukele, calificó cínicamente las elecciones como “un éxito”. Si la debacle es triunfo, qué será el fracaso. Desde 1992, la institucionalidad electoral no había dado muestras de una incapacidad tan escandalosa, que no solo deja por el suelo su credibilidad, sino que también le ha costado al país millones de dólares. No sería extraño, entonces, que la abstención aumente en la elección municipal.

El triunfo de Bukele es indudable, pero debe ser matizado. Hay indicios sólidos de que solo votó alrededor del 40 por ciento, es decir, la mayoría de la ciudadanía no acudió a las urnas. Por tanto, Bukele obtuvo una abrumadora mayoría solo entre ese 40 por ciento que votó. Dicho de otra manera, la mayoría de la población no votó por él. Tampoco la de la diáspora. De confirmarse, este dato demostraría que si su popularidad es real, no se tradujo en votos, o bien, esa popularidad no es tan alta como dicen las encuestas.

Consumada la reelección de Bukele es saludable preguntar qué se puede esperar razonablemente en los próximos cinco años. Esa cuestión se puede desglosar en otras dos: el para qué y el para quién de la reelección. Hasta ahora, Bukele ha sido incapaz de concretar qué hará en el segundo mandato. Ante la falta de novedades, cabe esperar más de lo mismo: militarización, seguridad y represión, eventos con repercusión internacional y megaproyectos como el nuevo estadio chino. Por otro lado, la reelección no es para aliviar las penurias de las mayorías, que tendrán que conformarse con más diversión y algún que otro reparto de alimentos. Ellas no son la prioridad de la dictadura. Antes que ellas se encuentran la familia presidencial y sus socios, los beneficiarios directos de la reelección.

La primera fase de las elecciones generales ha puesto en evidencia la similitud del oficialismo con los partidos tradicionales, la némesis de Bukele. El oficialismo hunde sus raíces en la peor tradición de la política nacional. En nombre de la gobernabilidad para una presunta transformación que no asoma por ningún lado, ha impuesto un partido único, que reproduce el partido de los militares de antaño. El atavismo es más poderoso que unas presuntas aspiraciones de novedad. La transformación en marcha se disfraza de seguridad y prosperidad para revisitar un pasado que sumió al país en una sangrienta guerra civil.

La reelección pudo haber sido un triunfo nítido y brillante de la popularidad de Bukele. La insensatez del adicto al poder total la descarriló. Bukele y sus consejeros se han metido innecesariamente en un berenjenal de consecuencias imprevisibles. El delirio le impidió consumar convincentemente la inconstitucionalidad de su reelección.

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