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President Nayib Bukele will go down in the history of El Salvador as the person who put an end to the traditional parties, those that he and bukelismo, his political current, call “the Cold War parties.” Since the 2019 presidential elections that he overwhelmingly won, he has not stopped accumulating electoral successes. 

In the legislative and local elections that followed in  2021, his party — Nuevas Ideas (New Ideas) — accumulated such a number of votes that practically all the mayorships in the country are under his banner. The same holds true with legislative seats. Of 84 deputies, 55 are under his control, and this is without counting the deputies of other allied parties or those who have ended up bowing to the president’s designs. Without exaggeration, we could say that President Bukele won everything, politically. At the electoral level, El Salvador had never seen a phenomenon of this type. However, as a fellow journalist recently told me, “Bukele did not appear from a puff of smoke.” To understand the political phenomenon that bukelismo represents, we first have to understand those who, at least within its narrative, are its enemies.

Nayib Bukele comes from a family of Palestinian origin, and his father Armado Bukele was a close friend and benefactor of one of the top leaders of the Salvadoran left, Shafick Handal, one of the guerrilla leaders of the 1980s who, after the war ended, positioned himself as the political leader of the Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) party. 

The closeness of the Bukele family with this party led the younger Bukele to run for mayor of Nuevo Cuscatlán, a small municipality in the department of San Salvador, in 2014. From here, he began to create the narrative that now keeps him in power. 

The propaganda deployed by Bukele built a narrative where that small town of under 10,000 people took off dizzyingly towards the highest levels of development. Mayor Bukele built an alternate reality where Nuevo Cuscatlán became an example of development for the entire country, and — why not? — for the entire region. 

It did not matter that in that same municipality, in that same period, the clique, or faction, of the Teclas Locos Salvatruchos, a faction of the MS-13 criminal organization, accumulated, according to police reports, at least 26 bodies in a clandestine grave. That new Bukelian reality was creeping in everywhere. While his political opponents continued to campaign with songs and by giving away cups and T-shirts, Bukele took over social networks, filling Facebook and Twitter with propaganda. Suddenly, Salvadoran society, so used to seeing political proposals materialized in brooms and baskets with the flag of a party emblazoned on them, found itself exposed to a new form of political marketing.

For the 2019 presidential elections, he definitively separated from the FMLN and eventually consolidated his own New Ideas party. Society could not pay attention to the alleged cases of corruption or the illegal hiring he carried out while being mayor of the capital, because the alternate reality, that Bukelian reality, was imposed as soon as you opened the phone or the computer. He left the classic politicians in the dust, dancing to their jingles and compulsively giving away T-shirts and calendars. By the hundreds there were, and still are, YouTubers and sudden digital “newspapers” praising the young president of El Salvador, the destroyer of the old corrupt structures of the past.

It was easy to rally the Salvadorans around him, to make them play for his team. The four previous presidents, two from the FMLN and two from ARENA, were found guilty of serious corruption cases. 

“What else do these politicians have to do to us?” Bukele asked in one of his interactions with the press. And he was right. Of course, this reflection, over time, would also include him.

Right now, Nayib Bukele is practically alone in power. He has managed to displace almost all the classes that competed against him, with almost the same strategy: Get close, wait for them to drop their guard and bite.

Salvadorans still celebrate the defeat of the gangs and celebrate Bukele as their savior. The mafia he presides over does not steal in the streets or kill on the buses, and for Salvadorans, that is enough for now. For this society, democracy, freedom of the press, the division of powers and alternation in power are valid offerings, sacrifices given to bukelismo to free themselves from the yoke of the gangs. Those things are missed in the long term, they are treasures that only those who have lost them can miss. For the moment El Salvador is satisfied. El Salvador celebrates its champion.

The savior is satisfied…for the moment.

The full text is available in English…

Truth Dig: https://www.truthdig.com/articles/el-salvadors-champion/

El campeón de El Salvador

El presidente Nayib Bukele pasará a la historia de El Salvador como la persona que acabó con los partidos tradicionales, esos que él y el bukelismo, su corriente política, llaman «los partidos de la Guerra Fría.» Desde las elecciones presidenciales de 2019, que ganó por abrumadora mayoría, no ha dejado de acumular éxitos electorales. 

En las legislativas y locales que siguieron en 2021, su partido -Nuevas Ideas- acumuló tal cantidad de votos que prácticamente todas las alcaldías del país están bajo su bandera. Lo mismo ocurre con los escaños legislativos. De 84 diputados, 55 están bajo su control, y eso sin contar los diputados de otros partidos aliados o los que han acabado plegándose a los designios del presidente. Sin exagerar, podríamos decir que el presidente Bukele lo ha ganado todo, políticamente. A nivel electoral, El Salvador nunca había visto un fenómeno de este tipo. Sin embargo, como me dijo recientemente un colega periodista, «Bukele no apareció de una nube de humo». Para entender el fenómeno político que representa el bukelismo, primero tenemos que entender a quienes, al menos dentro de su narrativa, son sus enemigos.

Nayib Bukele proviene de una familia de origen palestino, y su padre Armado Bukele era íntimo amigo y benefactor de uno de los máximos dirigentes de la izquierda salvadoreña, Shafick Handal, uno de los líderes guerrilleros de los años ochenta que, una vez finalizada la guerra, se posicionó como líder político del partido Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). 

La cercanía de la familia Bukele con este partido llevó al menor de los Bukele a presentarse como candidato a la alcaldía de Nuevo Cuscatlán, un pequeño municipio del departamento de San Salvador, en 2014. A partir de aquí, comenzó a crear la narrativa que ahora lo mantiene en el poder.

La propaganda desplegada por Bukele construyó una narrativa donde aquel pequeño pueblo de menos de 10 mil habitantes despegaba vertiginosamente hacia los más altos niveles de desarrollo. El alcalde Bukele construyó una realidad alterna donde Nuevo Cuscatlán se convirtió en un ejemplo de desarrollo para todo el país, y -¿por qué no? – para toda la región. 

No importó que en ese mismo municipio, en ese mismo periodo, la camarilla, o facción, de los Teclas Locos Salvatruchos, facción de la organización criminal MS-13, acumulara, según informes policiales, al menos 26 cadáveres en una fosa clandestina. Esa nueva realidad bukeliana se colaba por todas partes. Mientras sus adversarios políticos seguían haciendo campaña con canciones y regalando tazas y camisetas, Bukele se apoderó de las redes sociales, llenando Facebook y Twitter de propaganda. De repente, la sociedad salvadoreña, tan acostumbrada a ver las propuestas políticas materializadas en escobas y cestas con la bandera de un partido blasonada, se vio expuesta a una nueva forma de marketing político.

Para las elecciones presidenciales de 2019, se separó definitivamente del FMLN y terminó por consolidar su propio partido Nuevas Ideas. La sociedad no podía prestar atención a los supuestos casos de corrupción o a las contrataciones ilegales que realizó mientras fue alcalde de la capital, porque la realidad alterna, esa realidad bukeliana, se imponía en cuanto abrías el teléfono o el ordenador. Dejó por los suelos a los políticos clásicos, bailando al son de sus jingles y regalando compulsivamente camisetas y calendarios. Se contaban por cientos los YouTubers y los repentinos «periódicos» digitales que alababan al joven presidente de El Salvador, el destructor de las viejas estructuras corruptas del pasado.

Fue fácil reunir a los salvadoreños en torno a él, hacerlos jugar para su equipo. Los cuatro presidentes anteriores, dos del FMLN y dos de ARENA, fueron declarados culpables de graves casos de corrupción. 

«¿Qué más nos tienen que hacer estos políticos?». preguntó Bukele en una de sus interacciones con la prensa. Y tenía razón. Por supuesto, esta reflexión, con el tiempo, también le incluiría a él.

Ahora mismo, Nayib Bukele está prácticamente solo en el poder. Ha conseguido desplazar a casi todas las clases que competían contra él, casi con la misma estrategia: Acercarse, esperar a que bajen la guardia y morder.

Truth Dig: https://www.truthdig.com/articles/el-salvadors-champion/